domingo, septiembre 30, 2007

Esta es la historia de 8 seres humanos que viven a 20 escasos metros, uno de otros, y en una gran ciudad impersonal y repleta de sonidos metálicos, llamada Santiago de Chile. Este es el pensamiento efímero que cuelga en 60 segundos de su existencia. Que se sustenta sólo por lo que queda de idea, de lo que alguna vez fue la vida en comunidad.


Alejandro y Javier viven en el segundo piso del edificio. Su departamento es pequeño, sin grandes lujos y dos gatas mal criadas. El domingo lo pasan en familia. En paz, cada uno se sienta en sus computadores, escuchan a Depeche Mode y se aman en silencio. En aquellos 60 segundos ambos están enfrascados en sus respectivos sueños de lucha contra la adversidad. Juntos inventan regalos para la próxima navidad. La premisa es no consumir y gastar dinero dentro del maldito círculo de consumismo. Ambos se apoyan y mientras Alejandro busca trabajo para solventar los gastos básicos, Javier lo mira callado tratando de imaginar la manera, la forma de decirle que nunca lo dejará sólo, que siempre lo apoyará. Se le queda contemplando por los próximos 15 segundos y así se van los 60 segundos de esta pareja. El teléfono suena y Javier salta a contestar…


Julia lleva dos semanas en Chile. Vive en el primer piso, debajo de Alejandro y Javier. Sentada y con un cigarrillo a medio terminar piensa en Colombia. Se imagina su Cali natal. La cumbia que sonaba eterna en su radio de feria. Los sonidos de los bichos cuando acurrucados fingían el amor entre artrópodos. Julia está de ilegal, no ha salido del departamento, porque le teme al gran Santiago. Los microbuses surcan las calles llenas de baches, como veleros en una competencia. No se percata que la ceniza se asoma entre sus dedos. Se cae sin poder evitarlo y así terminan sus 60 segundos de soledad, en un país extraño, con comienzo incierto, con cara de mulata desconcertada…


Martín mira por la ventana las luces de las farolas. Lentamente la plaza se ilumina para ahuyentar a los ladrones y violadores. Desde la calle hacen eco en sus pensamientos las risas frenéticas de los niños. 1920 y él estaba descalzo jugando en la misma plaza del Roto Chileno, en el barrio Yungay de Santiago de Chile. 1920 y sus pulmones rebosaban de juventud y plenitud. Se levantaba a las 6 de la mañana y partía a la vega a trabajar. Transportó papas y cebollas hasta los 25 años. En la primavera de 1935 conoce a la que sería su mujer toda la vida. Lucila le enseña a leer. Su mujer – maestra le recita Neruda y Mario Benedetti y con infinita ternura lo instruye en el amor, como en las poesías. Tuvieron 6 hijos todos profesionales, desde médicos, arquitectas, periodistas y actores. Los nietos llegaron luego, aunque pocas veces lo visitan. La última vez que vinieron a chantarle un beso en la frente, su nieta Sofía le comentó que era una EMO, y que estaba todo el día triste. Martín no supo que decirle, pero recordó que su bello brazo tenía unos cortes superficiales. Sus 60 segundos son los últimos, de los bien vividos 87 años. Sus ojos cerrados, ya no se abrirán más…


George y Julio son dos Elders que viven en el tercer piso. Llegaron hace un mes y han recorrido medio barrio Yungay en busca de nuevos miembros para la Iglesia de los Mormones. En sus sesenta segundos George llora porque extraña a sus padres. Julio se acerca y lo abraza, lo acurruca y lo consuela. George apoya su cabeza en las piernas de Julio, y deja que éste le acaricie la sien con una ternura desbordante. George piensa en Salt Lake y sus amigos. Julio en las planicies extensas de Bolivia, su tierra natal. Julio mira su entrepierna y está con una erección de proporciones. George no se molesta y ahora es él quien acaricia a Julio…


Sor Juana y Sor Magdalena viven en el cuarto piso, hace 5 años en el mismo edificio, que los demás inquilinos. El domingo van a misa a la Iglesia de San Saturnino (el santo de los terremotos) frente a la Plaza Yungay. Rezan el rosario a las 8 de la mañana y el resto del día ven tele y leen un poco de las escrituras sagradas. Sor Juana sentada piensa en como su cuerpo ha cambiado con los años. Recuerda el único beso que le dieron a los 17 años. Ese joven llamado Manuel se acercó decidido y plantó sus labios tibios en los de ella. Se ruboriza y Sor Magdalena le pregunta que le sucede. Sor Juana responde que sólo es un bochorno debido a la menopausia…


Ninguno de estos individuos ha transado palabra alguna. Sus vidas, aunque tan cerca unas de otras, transcurren en perfecto aislamiento. Ninguno saluda en las mañanas, ni les desea feliz navidad o año nuevo al prójimo. Ninguno sabe los nombres de los demás, ni sus sueños y menos los recuerdos. Todos relativamente ermitaños, en los escasos metros cuadrados, que las constructoras entregan como calidad de vida. Todos en sus nichos de cemento, en sus cubículos de vidas pasajeras y en sus departamentos que los mantiene tan alejados de la humanidad…
 
posted by Vicente Moran at 8:25 p. m.
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