martes, febrero 26, 2008

11:00 de la mañana. Por lo general mi abuela se levanta a las 9:00 de la mañana y se demora como dos horas en salir del baño primorosa y bella como actriz de cine. Al verme manchado con harina me grita (porque es sorda): ¡qué grande estás?. Claro ya tengo siete años y casi mido 1,30 centímetro. Me siento orgullo que lo haya notado. Me dice ven, con su vozarrón que da miedo, y me mete en su pieza. Me tira en la cama y de su caja fuerte gigante saca unas bolsas llenas de monedas y me pregunta si sé sumar. Le respondo que sí y acto seguido lanza una de las bolsas y nos ponemos a contar plata ella y yo. Los billetes los cuenta ellas y yo hago montoncitos con las monedas de 10 pesos hasta hacer 100. Por supuesto que me paga: 100 pesos al final del día; no obstante, si me quedo ayudándola en la pastelería me regala 5 repollitos con manjar, tres con crema pastelera y un empolvado. Yo feliz me quedo. Todo el tiempo me cuenta en como tubo a mi tío y mi papá. En todo caso yo no le creo mucho porque resultaría un poco imposible tener dos hijos, el primero 7 mesinos y el segundo 6 mesinos. Es cosa de verlos mi tío es rubio de ojos verdes y mi papa negro como el carbón. El enigma sólo se solucionaría con prueba de ADN, aunque para eso mejor ni hablar.
 
posted by Vicente Moran at 12:00 a. m. 0 comments
sábado, febrero 23, 2008


10:00 de la mañana. Mis 6 años han sido turbulentos. En la escuela casi me han echado tres veces por arrancarme y ser travieso. Mi padre me ha castigado y me prometió, que me dejaría en un orfanato sino cambiaba. Mejor seré bueno, ya que no podría vivir sin él. Ahora voy de la mano hacia donde mi abuela. Mi madre hace el pastel de choclo de todos los veranos. Mi abuela y mi madre nunca han sido muy amigas, aunque yo igual quiero a mi abuela. Esa señora, madre de mi papá es como un monumento a la belleza. Alta y blanca como la leche desnatada. Tiene un olor dulzón que no me gusta y es muy rica. Dueña de botillerías, pastelerías y tres prostíbulos. En las afueras de la casa los amigos borrachos de mi papá siempre hacen guardia esperando que una petaca de vino les caiga del cielo. El que más me da risa es “el loco maría”: profesor de música que se ha volcado al frasco del pisco, tras una decepción amorosa con una chiquilla de Chuquicamata. Siempre me relata historias de los planetas del universo, de las guerras del mundo y en como él combatió en la segunda guerra mundial al frente de las fuerzas aliadas. Dice que conoció a Hitler en persona y que estuvo a punto de mandarle un tiro en Berlín, ya que él era un afamado espía del FBI norteamericano. No sé si creerle, aunque en su espalda tiene miles de marcas que le dejó una granada que le explotó en un campo de batalla cerca de Córdoba en España, según él cuando Franco estaba a punto de aniquilar a los últimos desertores de su gobierno. Me relató sus horas dentro de la mezquita, que ahora es una catedral y en como se escabullo por entre las callejuelas de la Judería. Yo le escucho, porque igual me imagino esos pasajes pequeños con casas blancas y señoras viejitas preparando las macetas ante la inminente primavera. Cuando me aburro me meto en la panadería de mi abuela y los maestros me sientan en un mesón de madera gigante. Mi trabajo es colocar las aceitunas a las empanadas de pino. Sin embargo, atisbo mucho más que eso. Veo como vierten la harina a la mezcladora, la manteca, la salmuera y la levadura. Luego sale una masa que la alisan en la sobadora. Este hombre debe ser bien fuerte, con brazos musculosos y bien torneados. Toma y lanza la masa con fuerza para que pase por el rollo que la aplana, hasta que está lista. Después viene la segunda tarea, que tengo asignada. Con un gran uslero con clavos voy pasándolo sobre la masa y dejando tras de mí unos agujeritos en la masa. Viene “El Guata” y como un robot cibernético y sin equivocarse corta con las rosquillas de lata los panes que se meten al horno incandescente. A mí me da miedo eso. Siempre me imagino quemándome ahí. Un día le pregunté a mi papá como hacían ese pan batido o francés tan rico. Y me respondió, que la masa debe dejarse madurar de un día para otro, para que la levadura haga su efecto. Además de un secreto muy bien guardado de la panadería de mi abuela era, que los panaderos, incluyendo a mi padre meaban la masa antes de la medianoche. Con eso la masa subía y el pan quedaba crujiente y listo para que en la mañana se comiera con manjar o mantequilla.
 
posted by Vicente Moran at 9:54 p. m. 0 comments
miércoles, febrero 20, 2008
8:00 de la mañana y mi padre me despierta para salir a la vega. Yo con cuatro años me levanto a regañadientes y sólo deseo seguir envuelto en las sábanas soñadoras, que mi madre almidona con tanta paciencia. Camino a la vega, mi padre me dice que estoy chuñiento y acto seguido me pone el apodo de “Chuñito”, que quiere decir que soy un niño no muy amigo del agua y el jabón. Me agarra del cabello y me aprieta contra su pecho. Siento su barba y me duele y me declara que me quiere mucho. Yo feliz me bajo del Suzuki amarillo que se compró y que lo ha dejado en la bancarrota, gracias a un desajuste que nadie entiende en las bolsas mundiales. Lo acompaño por los recovecos de la feria más colorinche que he visto. De fondo se escucha un ritmo tropical y es bien difícil sacudirse esa sangre mestiza que nos caracteriza. Entremedio de mangos, guayabas y maracuyas me doy vueltas percibiendo los aromas del mercado. Los pescados abofetean por su olor característico y la casera de mi padre me abre la boca, y sin permiso vierte sobre mis papilas gustativas un ceviche recién picado. El limón hace fluir saliva a borbotones y mi papá con cara de risa exclama: ¿Rico no?. Yo medio embobado frunzo el ceño y con mi cara agria le respondo que para mí ese mariscal frió sabe a océano pacífico. Así tropezando y saltando me lleva de la mano con una bolsa, que a cada paso se llena más y más. Todo lo necesario para que mi madre fabrique su famoso pastel de choclo. 30 choclos calameños, lomo vetado de res, ajos, cebollas, aceitunas de Azapa amargas, pasas sultanas, mucha albahaca y de postre una gran sandia con harina tostada. Los gritos de los comensales me hacen reír y saltar de alegría. Escuchar aquellas artimañas, que te hacen comprar y regatear. Mi padre reclamando sobre el arbitraje del último partido de Cobreloa con Colo Colo, donde a 2000 msnm pierde sin vergüenza, el equipo de mi papá. Yo me obnubilo en el acaramelado color de un mote con huesillo frío, como la nieve de los andes.

9:00 de la mañana y a mis 5 años ya me dejan picar la carne con un inmenso cuchillo carnicero. Mi padre está con una cerveza en la mano y sintonizando la radio para el partido de Cobreloa con el Colo Colo. Siente dentro de sus entrañas que ahora si ganarán una copa del campeonato nacional. Mis hermanas rayan el choclo con parsimonia. La leche de los choclos cae suave y sedosa en bolo. Mi madre la usa luego para sancochar el choclo con albahaca. Entre los comerciales unas cumbias sandungonas hacen brincar a mi padre de felicidad y agarra a mi madre por la cintura. La da vuelta y se pone a danzar, no muy agraciado. El baile nunca ha sido lo suyo. Mi madre medio en broma se enoja y le dice que debe seguir cocinando, pero esas ancas de matrona latina vuelven loco a mi padre y le es imposible no cortejarla con piropos al oído. Nunca he sabido lo que le dice, aunque pienso que deben ser frases cochinas, porque mi madre acto seguido se voltea y le abofetea suave en su cara barbuda. Y el como buen macho latino le planta un beso jugoso en su boca, metiéndole la lengua casi a la fuerza. Mi madre lo tira hacia atrás y me mira con complicidad. Yo sé que están jugando a amarse. Sigo en mis menesteres con la carne. Que la pico chiquitita, hasta que mi mamá me la quita y la lanza a una sartén gigante con la cebolla, los ajos picados, más albaca, pasas y aceitunas. Se me olvidaban los aliños: orégano, pimienta, comino, sal gruesa, aceite de oliva, merkén, chimichurri y un largo etc. Me quedo al lado de ella. Subo a una silla para mirar como se cuece ese caldo maravilloso. Todo cambia de color: la cebolla queda transparente y la carne se torna oscura soltando un jugo suculento y envolvente. Me pica la nariz y mi madre viene con un pañuelo y me limpia los mocos. Mi padre me agarra de la cintura y me levanta por los aires y me lleva donde mi abuela que vive unas cuadras más abajo.

 
posted by Vicente Moran at 6:26 p. m. 0 comments