miércoles, noviembre 29, 2006
Todas la mañanas me levanto tratando de entender para que mierda me sirve haber estudiado tanto. No encuentro trabajo. Soy un inepto inadaptable que jamás logrará las metas autoimpuestas por mi súper yo. La nevera está llena de fideos recocidos, los cuales recaliento y los ingiero sin percatarme si lo que va a dar a mi estómago es comida o caca. Sólo logro ver felicidad dibujada en las revistas y un futuro promisorio en los comerciales de la tele, mi fiel compañera de cada santo día.
Hoy a un amigo veterinario le robé un frasco de KETAMINA. En la farmacia compré un suero de un litro. Bote 750 ml que no me servían de nada y en los 250 ml restantes coloqué el frasco entero de Ketamina. Puse una película llamada: “bajo el sol de toscaza” – quiero morirme suspirando - y un, dos, tres golpecitos y la vena apareció. El pinchazo dolió un poquito. Con el émbolo verifiqué si estaba dentro de la vena. Y estaba, así que relajadamente me suicidé...

Anoche fui golpeada. Mientras planchaba la ropa del “hombre de la casa”. Éste llegó con copas de más y de un punta pié abrió la puerta. Yo aterrorizada acudí a la pieza de los niños. Siempre he pensado que con ellos al lado se le pasará esa rabia que lleva mascando hace tanto tiempo. No pues, no se va ese odio que me tiene y de las mechas me saca de la pieza. Me lleva al baño y ahí con una toalla mojada me pega en la ducha. Yo no grito, porque no quiero preocupar a mis hijos. Me lanza los latigazos uno tras otros hasta dejarme como un trapo sucio y sin uso tirada en el piso. Y no pues, ahí no termina la cosa. Para despertarme me lanza agua helada en la cabeza. Cuando reacciono me vuelve a pegar. Mientras lo hace me muestra su verga dura y erecta, que me mira como un tuerto odioso y burlesco. Yo trato de zafarme de los golpes que llegan secos a las costillas. Y no para pues, porque luego me lleva a rastras desde el baño a la pieza. Me tira como muñeco viejo en la cama y de un manotazo me saca el calzón para violarme. Me lo mete tan fuerte y duele tanto que muerdo la almohada para no despertar a mis queridos muñequitos. Aunque muchas veces los he visto ahí parados en la puerta con sus ojos infantiles impotentes de no poder auxiliar a su madre. El mayor ya le tiene rabia y sé que cuando sea grande le sacará la mierda a este energúmeno de esposo con el que me casé...

Cuando escucho a mi padre llegar me dan ganas de mear, pero me aguanto, pues sé que me retará si se percata que me he meado en la cama. Un día se dio cuenta y de una patada me levantó de la cama. Me dijo que los maricones se meaban en la cama. Yo traté de explicarle que me daba miedo el pasillo oscuro y justo en ese momento un puñete fugaz me dio en la nariz. Desde entonces la tengo chueca como loro.

Mis compañeros se burlan de mí, porque no sé jugar a la pelota, no me gusta pelear con mis amigos y también porque tengo más amigas que amigos. Todas las mañanas es un martirio llegar a clases. El Felipe es más grande que yo y ha repetido dos veces. Él tiene 14 y yo 12 no más. Siempre me abraza y me dice que tengo que darle un beso y a mí él no me gusta. Yo sólo quiero hacer figuras de greda y hablar de música con mis amigas. La palabra maricón ya no me hace tanto daño y me hago el tonto cuando en la esquina me esperan para lanzarme piedras y decirme que soy un “fleto”, un “mariposón” y “una mujercita”. Siempre lloro mientras camino a mi casa. A veces la señora del almacén me pregunta que me pasa y yo sigo mi camino sin decir nada, sólo con la boca llena de sangre por morderme la lengua, por cuanto sé que yo soy el que está mal. Siempre trato de cambiar. En la iglesia dicen que me iré al infierno si me gustan los hombres, pero mi único amigo Jorge es tan bueno, aunque ahora se ha alejado de mí. Me dijo que como yo era maricón no podía juntarse más conmigo. Lloré y lloré toda la noche.
Un día en la escuela el felipe me llevó a las duchas y me dijo que tenía que chuparle el pico. Yo le dije que no quería y de los baños salieron tres compañeros más de mi curso. Me agarraron del brazo y el felipe me meó encima. Después se le paro el pene y me lo paso por la boca. Yo me puse a vomitar. No le conté a mi mamá, ya que la vergüenza era más grande que todo.
El profesor me obliga a jugar a la pelota y también me ha dicho que yo para ser hombre debo meterme en el equipo, pero a mí no me interesa en lo más mínimo pegarle a una pelota con el pie. Sólo quiero pintar y bailar escondido en mi pieza cuando no hay nadie en la casa. Me gusta cantar las canciones de la “Madonna”, “Mónica Naranjo” y la última de la “Gloria Trevi”.
Hoy me levanté triste y sin ganas de ir a la escuela. En internet leí que para descansar uno puede tomar varias pastillas a la vez. Sé que me moriré pronto, aunque primero debo descubrir como hacerlo sin gastar plata. Creo que nunca seré feliz y que jamás me entenderán mis padres; mejor es no existir, quizás así todos descansarán más...

Ayer el chofer del bus me pidió que bajara de la máquina. Mis 100 kilos ocupaban dos asientos y yo sólo había pagado uno. Estoy aburrida de mi cuerpo, de sentir el asco dibujado en los rostros de los transeúntes. Sus pensamientos son tan permeables que con un vistazo sé lo que ven en mí: un monstruo apoteósico, sudado y hediondo. Yo quisiera adelgazar y ser bella como las demás. Mi guata me cuelga y debajo tengo todo cosido y putrefacto. Mi mamá a veces tiene que ayudarme a levantar ese pedazo de cuerpo inútil que cuelga, para que el aire pueda secar las heridas y orear el mal olor.
Soy virgen, nunca he dado un beso, no sé lo que es ser amada. Siempre atisbo que la sociedad está basada en una belleza inalcanzable para mí, así que siempre me pregunto: ¿para que seguir en este mundo?. Antes de ayer una amiga también obesa me invitó salir. Ambas lloramos por nuestra desdicha y quedamos en juntarnos el próximo jueves: ella pondrá el auto y yo la manguera...

FINAL PÓSTUMO: HAN OCURRIDO 5 SUICIDIOS EN SANTIAGO DE CHILE. Yo estoy preparando un kuchen de manzana. Quedo petrificado al saber las edades de los muertos y sus breves historias. Me siento en el sillón todo empolvado y pienso en ellos. Coloco “Stop” en mi mente y medito: ¿por qué mierda no había nadie que los ayudara?. Luego me levanto y voy al baño. Lloro desconsolado – la cocina se apagó y el gas no – me tiré en la cama para esperar a mi novio...

10 PM y las ambulancias están en mi departamento. Subo apresurado a ver que pasa y dentro de mi pecho un dolor me oprime sin dejarme respirar. ¡No mi novio! Y ruego que nada haya pasado. Ingreso atolondrado a la casa y en el piso estoy yo. Sobre mí mi pareja llorando y un montón de gente triste. Estoy muerto.

¡¡¡¡¡aaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!!! Vicente despierta, se te quemó el kuchen de manzanas. Me levanto de un salto y la casa está llena de humo. La tele prendida a todo volumen y yo que me había quedado dormido pensando en el suicidio. Al frente se escuchan los quejidos de la pareja que siempre folla orquestadamente. Debajo tienen la ropa tendida en una hilera de miles de colores salidos de un cuento de fantasía y de fondo tocan una marcha afrancesada, que se mezcla con el compás de la música tropical que escuchan sagradamente mis vecinos panameños. Y más afuera el otoño está que agarra a Santiago por los caminos adoquinados de hojas doradas, marrones, verde-limón y rosadas. La primera estrella aparece tímida y eso quizás quiera decir que nuevamente en una parte remota de este mundo un ser humano se ha cansado de su vida, se percatado que no es parte de la sociedad y está cansado de sentirse excluido y solitario.
Miles de misántropos que pululan por las arterias unidireccionales de nuestra sociedad. Cientos de ermitaños que no saben hablar a su prójimo, encerrados en sus casas de papel maché y hasta un lacónico masturbándose sin parar pensando que quizás así morirá...


Pd: dedicado a todos aquellos seres humanos que por culpa de nosotros deciden partir al más allá...
 
posted by Vicente Moran at 9:24 p. m. 6 comments
martes, noviembre 28, 2006
Eran las 6 de la tarde y en mi casa había un olor fuerte a levadura caliente. Del horno emanaban los aromas, que poco a poco iban tomando consistencia y sabor. Los panecillos eran la debilidad de mi novio, más aún en aquellas tardes frías de invierno. Sabía que llegaría a las 8 de la noche y mientras él buscaba los últimos tarros para reciclar, yo me encontraba enfrascado en las tareas domésticas. Para el día siguiente estaba preparando el itinerario. Saldría a las 6 de la mañana con el carro a buscar cartón. No podía desperdiciar las mañanas del mercado. Por lo general el puerto comenzaba sus faenas a las 5 de la madrugada, así que a las 7 ya estaban todas las cajas usadas botadas en la calle esperando que yo las recogiera.
Mientras estaba ordenando la ropa que había lavado comencé a sentir las primeras gotas que caían suaves en el techo. Primero como un cariño y luego como un estruendo de lluvia torrencial del trópico, sólo que afuera la temperatura no sobrepasaba los 5 grados sobre cero. Me asusté y de inmediato subí al techo para tapar con bolsas de plástico las hendiduras por donde cada año, sagradamente, entraba el agua a nuestro humilde hogar.


Cuando estoy sólo me siento un poco desamparado, ya que casi siempre mi compañero tiene esa imaginación práctica para solucionar los problemas cotidianos de la vida. A él se le ocurre qué cocinar cuando no tenemos nada que colocar en la olla. Casi siempre me lleva a la feria y nos ponemos a recolectar frutas y verduras, que los locatarios desechan por putrefactas. Yo les saco lo malo y lo bueno lo lavo para no enfermarnos y así cocinamos los platos más exquisitos: un día pantrucas con choclo o hasta charquicán, aunque sin carne. Siempre me río con mi amado, especialmente, cuando caminamos por la playa recolectando cochayuyo y nos olvidamos que estamos en un país donde casi nadie entiende nuestro amor.
Pero bueno, mientras estaba tratando de evitar que nuestra morada se volviera a inundar se me olvidó que los panecillos estaban en la salamandra y se me quemaron un poco. Me puse triste y casi lloré. No tenía nada más para cocinar; sin embargo, cuando mi estimado llegó al hogar me dijo: no importa ven te invitaré a comer afuera. Yo pensé: ¿cómo comer afuera si no tenemos ni para una marraqueta de pan?. No obstante, ya me había acostumbrado a aquellas noches de fantasías, cuando juntos salíamos a pasear por las calles tortuosas y laberínticas del puerto. Donde veíamos las casas de los ricos y nos imaginábamos la tristeza de aquellas personas. Él siempre me dice que hay que ser feliz y que la vida tienen tan diversas riquezas que obsesionarse con una es como caer en la rueda infinita de la desazón.
Entonces nos fuimos a pasear. La lluvia no me dejaba ver mucho y mis trapos harapientos se mojaron rápidamente. No importó nada, porque en esos percances el cuerpo de mi amado también lo estaba, así que recordábamos cuando éramos niños y jugábamos en el basural de la ciudad en los días de lluvia. Al final quedábamos desnudos y nos abrazábamos para entregarnos calor. 30 años después aún repetíamos el mismo rito.
Al llegar a la playa me detuvo frente al mar. Yo intrigado le pregunté que qué hacíamos ahí parados viendo como las olas se estrellaban en el mar. Me contestó con un largo suspiro. Tomó mi mano y colocando un anillo de lata de bebidas, que él mismo había confeccionado, me pidió que me casara con él. Yo me quedé tieso y cuando pude hablar le contesté que sí quería casarme con él, pero que yo no tenía anillo para darle. Él trato de ponerme el anillo, pero no entró en mi dedo anular. Le dije que no era de mi talla y ambos reventamos en carcajadas estridentes.
Aquella noche de lluvia se me olvidó que tenía hambre. A mi lado estaba la persona que cuidaría de mí por el resto de mi vida. Al final me quedé dormido escuchando las lluvia hasta que desperté cuando el cielo estaba ardiendo en el amanecer. Me levanté en silencio para no despertar a mi “oso” que dormía soñando quizás en que fantasía. Prendí el computador me preparé una taza de té con canela y me puse a transcribir el sueño que había tenido. Y cada frase que surgía en mi mente, me hacía comprender el real significado de la unión: en la adversidad, en los momentos más difíciles de la vida, no debería existir nada que rompa el lazo que con tanto ahínco se forja. Y entendiendo, que uno no necesita nada salvo al compañero, para hacer de tu vida el logro más grande.
Cuando eran las 8 de la mañana se levantó y me preguntó que qué hacía tan temprano. Le dije que tenía que escribir, que ya le había dado comida a la “Michelle” nuestra gata y al pececito único que nada en nuestro acuario. Luego le dije que viniera a tomar desayuno y que se sentara a mi lado antes de partir al trabajo. Saqué un quequito que había horneado el día anterior y le enterré un papelito. Al verlo pensó en mis notas de niño chico, sólo que lo que pedía nunca se lo imaginó. Respondió que había dicho que sí, desde el primer día que me conoció, y aquello ha sido lo más rimbombante que me ha dicho hasta ahora. Revente en risas y él también. Rematando la oración con un: ¡no necesitamos que avalen nuestro amor, así la tarea de amar se hace más ardua, pero mucho más entretenida!. Asentí con un gran beso y con ese gesto ya estaba casado por la eternidad.

Sólo espero que sea como en los cuentos: ...Y vivieron felices por siempre.
 
posted by Vicente Moran at 6:21 p. m. 3 comments
jueves, noviembre 23, 2006
Juan sale del trabajo a las 18:00. Camina por Huérfanos y un tipo se acerca para ofrecerle sexo-express. Juan lleva tres meses sin fornicar. Es feo y no tiene gracia alguna que pueda hacer que una mujer se enamore de él. Es enjuto y con un cabello grasoso. Sus dientes están todos montados y sus orejas son grandes, que lo hacen ver ridículo ante el espejo. Decide entrar al edificio. Pasa por varios pasillo y llega a un departamento subdividido en varias habitaciones. Le pasan un catálogo para que elija al tipo de mujer que desea. Se demora un rato y finalmente se decide por una chilena de piel blanca y ojos color almendra. Cancela los $10.000 pesos y lo dirigen a una pieza oscura de 4mts2 en donde lo espera Rocío. Rocío le baja la cremallera en un acto reflejo y se mete el pene fláccido de Juan en la boca. No logra erectarlo. Juan desea tocar sus senos y ella no se lo permite. Finalmente la erección llega y Juan se conforma con sentir los músculos vulgares de la vagina de Rocio aprisionando los cuerpos cavernosos del pene de Juan. Eyacula sin gritar y con las manos vacías. Rocío se para y sale de la habitación. Grita que está lista para el siguiente. En el baño se lava con un chorro de agua helada e ingresa a otra habitación. Juan sale del edificio y se va caminando a tomar la micro pensando que mejor se hubiese masturbado, para no gastar esos $10.000 pesos que tanto le costo ganar.
Rocío ingresa al siguiente box de atención sexual. Dentro se encuentra Julia una veterana lesbiana de 50 años. Julia ha pagado $20.000 pesos para succionar la vagina de Rocío. Se presentan fraternales. Rocío se abre de piernas y Julia comienza a meterle la lengua. Rocío siente el jadeo estertóreo de Julia, pero su entrepierna está muerta. Julia se enoja y le pide que coopere. Rocío le espeta que ella no está obligada a sentir placer y le dice: eres tú la que debe jadear y gritar. Julia sale enojada camino al colegio donde prepara la comida para los alumnos durante la noche.


Rocío termina su turno a las 10 de la noche y compra pan en la amasandería antes de irse a su casa. Allá la espera su hija de 10 años con la tetera puesta y en la mesa margarita y mermelada de ciruela. Al verla grita de felicidad y va a su encuentro. Le pregunta como le fue en el trabajo y Rocío le comenta que su jefe le hizo escribir muchos formularios y que viene muy cansada, y que mañana tendrá que quedarse toda la noche frente al computador para terminar el trabajo.
Antes de acostarse dicen oraciones y piden para que en el día del Juicio Final, Dios las tenga en consideración y no las olvide en la tierra. Ellas también quieren ser arrebatadas junto a los hermanos de la iglesia evangélica a la cual asisten.

Juan se levanta a las 5 de la mañana para llegar justo a las 8 al trabajo en Santiago Centro. Se acuerda de su encuentro sexual y le da una pena tremenda. Se percata de la soledad que invade la pieza que arrienda y se muere de envidia de los personajes de las telenovelas. En la micro se queda dormido y sólo lo despierta una mujer que se sienta a su lado. Roció no reconoce a Juan; sin embargo, el olor de su piel se le quedó pegado a Juan y sabe que aquella mujer es la misma de ayer. La saluda y Rocío no lo reconoce. Se van conversando todo el camino. Juan por primera vez se relaja y fue ameno y caballero. Rocío lo observa deteniéndose en cada imperfección. Juan se ruboriza por ser tan feo. Rocío piensa que dentro de aquel espantapájaros hay un buen hombre. Antes de bajarse en Huérfanos, Juan invita a Rocío un Café después del trabajo. Ella dice que no puede ese día. Quedan para el jueves y se despiden con un beso torpe en la mejilla.

Rocío se lavó exactamente 15 veces su vulva ese día. Estaba asustada porque uno de los condones se le rompió. Al salir del edificio se encuentra en la esquina con un grupo de prostitutas de la calle. Le piden fuego y un cigarro. Rocío les convida a todas y se va después de una lluvia de besos que estas comadronas, ya pasadas en años para trabajar en los burdeles de edificios, le propinan en toda la cara. Rocío llega a su casa y su hija duerme plácidamente.

El jueves fue distinto para Juan. El sol entró furioso por su ventana y le dio directo en la cara. El día estaba diáfano y transparente. Hasta creyó verse guapo ante el espejo. Se baño parsimoniosamente y no le preocupaba llegar tarde a su trabajo. Estaba aburrido de esa explotación desconsiderada que ejercía su jefe, que era empleado y subempleado de otros tantos jefes más. Ese día vería a Rocío y aquello importaba. El día transcurrió monótono llevando cartas y papeles entre las oficinas todo el día. A las 18:00 horas marcó su tarjeta. Tampoco se apresuró. En el baño se mojó el cabello y se colocó un poco de pino silvestre que su madre le había regalado. A sus 34 años aún era soltero y deseaba con todo el ímpetu de la vida ser padre.
Rocío estaba en la esquina de Huérfanos con Ahumada. Caminaron hacia el poniente hasta llegar a la Avenida Brasil y allí en un pequeño café comieron un trozo de torta de zanahoria con chocolate y un café con leche. Rocío no se comió todo su trozo y guardó un poco en una servilleta para su hija. Juan lo impidió y compró otro para aquella hija desconocida.

Después de aquel café ambos abordaron la micro y marcharon a sus respectivos aposentos. Rocío pensó que no sería justo enamorarse de este bello hombre. Nunca entendería que antes su trabajo era vender un poco de placer a los extraños. Al bajar ella se despidió con un gran beso en la mejilla derecha de Juan. La micro del transantiago partió y Juan se volteó para ver como se perdía la figura de la mujer más bella de la tierra. No la vio más durante mucho tiempo.

El 25 de Diciembre del 2007 Rocío se resfrió. Siguió trabajando bajo los efectos febriles de la enfermedad. Tubo orgasmos imaginando a Juan entre sus piernas y repetía su nombre orate y empapada de sudor. La dueña del departamento se percató que Rocío estaba mal y mandó a uno de los captadores de clientes a dejarla en la casa. Rocío se encontró tirada en la cama y sólo escuchó los besos lejanos que le daba su hija asustada. La vecina preocupada llamó a una ambulancia y partieron las tres al hospital. Rocío quedó internada 3 semanas. Miles de exámenes buscaron la causa de la neumonía tan poderosa que la aquejaba. Y el 31 de Diciembre el doctor le comunicó que era VIH positivo y que estaba cursando con SIDA. Quedó helada y sin respiración. Pensó: maldito condón que se rompió.
Las drogas levantaron su alicaído sistema inmunológico y el 2 de Enero del 2008 le dieron el alta para volver a su casa.

Una tarde a la salida del burdel donde siguió trabajando se cruzó con Juan. Este hizo caso omiso de la procedencia de Rocío y la invitó feliz a comerse un helado. El verano estaba en plenitud y los 28°C animaban a un barquillo del Emporio la Rosa. Juan sabía que ese lugar era caro, sin embargo, por una única vez no pasaría nada en su escuálido presupuesto. Rocío pidió un helado de chocolate con ají y frutos del bosque. Juan uno de naranja con jengibre y ciruela. Se sentaron en el parque forestal y Rocío le contó todo lo que había pasado en su vida. Juan fue reservado y no contó que él había sido uno de los clientes. Al contrario le pidió que no se alejara como antes y que le permitiera ayudarla en todo lo que quisiera. Ambos se abrazaron por largos minutos y desde entonces Rocío y Juan se iban juntos en la micro a sus casas. Pronto comenzaron a visitarse y a la hija de Rocío le agradó ese caballero callado y torpe. Luego todo fue más fraternal y se habituaron los unos a los otros.
El 23 de mayo de 2009 Rocío quedó embarazada de Juan. Lo habían planeado muchos meses y aunque los médicos decían que había muy pocas probabilidades que su hijo naciera con VIH era mejor evitar que curar. Ellos desobedecieron y engendraron un varón. Desde entonces Rocío dejó su trabajo y se quedó en casa. Horneaba repollitos rellenos con manjar, alfajores o calzones rotos, que servían para subsistir. El sueldo de Juan era escaso, no obstante, el se lo entregaba entero a Rocío. Así pasaron los 9 meses de embarazos. Rocío lucía bella y Juan no cabía en la felicidad, que le causaba saber que pronto sería padre. El 23 de Febrero Martín vino al mundo en una cesárea planificada. Nació sin rastro del virus y sano como un roble. Su madre quedó débil como una lechuga mustia bajo el sol. El virus aprovecho aquel espacio de inmunosupresión y la atacó con todas sus armas.

Rocío murió a las dos semanas de dar a luz. Juan quedó destrozado y junto a sus dos hijos enterró a su mujer en el cementerio general. Durante toda una semana no fue a trabajar. Su jefe le comunicó que lo despedirían y que debía recoger su finiquito. Con ese dinero compró tres pasajes de ida a la Isla Juan Fernández y partió con la hija de Rocío y su hijo Martín para nunca más volver.

Juan cada mañana se levanta para ir a trabajar como un pescador más. Allá lejos en medio del océano pacífico vive feliz con el recuerdo de la única mujer que lo amó de verdad. Su hijo Martín se parece a su madre y da gracias a Dios por aquello. Siempre lo ve cuando vuelve de las excursiones que lleva a cabo hacia los atractivos de la isla. Su hija prepara exquisitos platos típicos para los turistas que visitan una de los archipiélagos más hermosos del planeta. Ella es igual a su madre y está que se casa con un pescador de apellido Recabarren.

Cada fin de semana Juan sube los cerros y desde lo alto observa el horizonte. Sabe que ya está más viejo y que sus 44 años no han pasado en vano. Cree que ha sido feliz y que haber dejado esa ciudad infernal fue lo mejor. Se queda entre los acantilados por largas horas y cuando el sol está a punto de ponerse en el horizonte decide volver a su casa con paso lento y meditabundo.

Mientras en el mundo todo sigue de mal en peor. Las especies se extinguen macabramente. Dos religiones se enfrascaron en una lucha sin límites y un asteroide gigante amenaza con hacer desaparecer toda la vida de la faz de la tierra.

Pd: A cuidarse mierda!!!
 
posted by Vicente Moran at 12:29 p. m. 7 comments
martes, noviembre 21, 2006
Me imagino que conocen la película y si no la han visto vayan al cine, porque no se arrepentirán, para nada. Fue precisamente el título de la película y la historia que se cuenta, lo que me sirvió ayer para percatarme que quizás algún día termine operada; convirtiéndome en una mujer con clítoris, labios menores y mayores, y dos buenas pechugas hermosas. Todo fue como una predicción de uno de los futuros alternativos que mi vida puede tomar. Y el desencadenante de aquello fue un hombre al cual no conozco y al que llamaré “el Atrón”. El nombre viene de una conversación que tuve con mi amiga “Güenchoro” en el Cuzco hace tres años, en donde nos autoanalizamos para comprender por qué los hombres nos hacían sufrir tanto. Llegamos a la conclusión, que aquellos machos que revolucionan nuestras neuronas, son precisamente en los cuales jamás deberíamos poner nuestros anhelos o sueños de princesa.
Un “Atrón” es un hombre que camina como pavo, como dando zancadas en vez de pasos armónicos. Es un misántropo a rompe y raja, y uno lo ve en la calle caminando entre la multitud con su cabeza siempre lejos en otro lugar. Por lo general en un problema de corte filosófico o científico. Tienen peinados raídos, o mejor dicho no tienen nada definido en sus cabellos y menos en sus cerebros. Su barba es descuidada y siempre andan vestidos hasta el cogote, aún cuando afuera la temperatura te invite a desvestirte.
Así fue como camino a mi trabajo, donde me esperaba mi amado novio con desayuno, me topé con este espécimen en el “metro de Santiago”. Mi vagina imaginaria involuntariamente comenzó a humedecerse. Corrí escalera abajo para comprar el boleto rápido y darle alcance, y así escudriñar en sus gestos y movimientos. Puede que muchos digan que fui infiel, y claro que lo fui (mentalmente): ¿acaso ustedes nunca lo han sido?. Quizás la diferencia es que con mi novio lo hablamos y nos permitimos tener fantasías sólo en los pensamientos, como esta historia, que les contaré...
Al subir al vagón, “Atrón” abrió el libro que traía bajo el brazo y comenzó a mover la boca como leyendo en voz alta, pero sin emitir ningún sonido. Yo lo observaba ensimismada y poco a poco me forme la historia: me imaginé en otro país, al cual llegaba a seguir mis eternos perfeccionamientos en el saber. La casa que me recibía estaba habitada por varios jóvenes investigadores y uno de ellos era este ser varonil con olor a ajiaco en las axilas y un aroma de almizcle y sudor en la entrepierna.
Por supuesto “el Atrón” era un heterosexual “open mind” y yo ahí quedaba negra de rabia al percatarme que jamás me daría una oportunidad para amarlo debido a mi condición de hombre. En eso llegamos a la estación “Plaza de Armas” y tuve que poner “stop” en mi propia película, porque un hombre que estaba detrás de mí tubo una erección matutina. Me incomodé, entonces me moví un poco para dejar de sentir ese pene falto de sexo. Y retomé la historia en mi mente.
Como estaba estudiando en otro país y como el amor de mi vida ahora era este desconocido, yo debía de alguna forma generar un plan, para que me deseara y así quedar eclipsada de amor, felicidad y pasión. Así que dentro de todo este rollo mental, yo decidía operarme. “Atrón se enteraba de mi decisión y me acompañaba como amigo en todo el proceso: desde el psicológico, en donde tenía que convencer a los siquiatras de que era una mujer encerrada en un cuerpo de hombre, pasando por el tratamiento hormonal previo, que me ayudaría en la eliminación de aquellos vellos indeseable, en la activación de mis atrofiadas glándulas mamarias y en transformar mi voz ronca en una tal dulce como las sílabas melosas de una princesa.
La operación me la imaginé dolorosa. Nunca he sabido fehacientemente como la llevan a cabo. Sin embargo, en la mía ocurría que con mi glande modelaban un bello clítoris y con mi escroto formaban los labios de mi futura vagina. Además como mantendría la próstata podría acabar un líquido seminal, para sentir así un clímax único de mujer metamorfoseada. También tendría que comprar un lubricante bueno y como había visto uno nuevo que te produce un calorcito por dentro, me dije: ¡Tate vicentico! Adquieres ese lubricante para sentir más rico y listo san se acabo.
En eso llegué a la estación donde debía bajar y tuve que despedirme de mi “Atrón” platónico. Entonces fijé mi mirada en su nuca y con la mente repetí: mírame, mírame. Y como soy media telépata levantó el rostro suavemente y yo con un cerrar de ojos cadencioso y en cámara lenta me despedí. No obstante, mientras subía las escaleras seguí mi cuento mental, tenía que terminarlo y con final feliz.
Entonces: mi amigo el “Atron” llegaba a verme a la clínica. Venía con un ramo de orquídeas rojas y yo reventaba en llanto como mujer marítima, porque ahora tenía todo el derecho de ser la mujer más exacerbada de la tierra. El “Atrón” me abrazaba suavemente y me decía que me quedara tranquila, que todo saldría bien y mágicamente pronunciaba las palabras que tanto había esperado: ¡ahora eres una mujer real y única y deseo con toda la energía del mundo, que seas mi mujer!. Entonces agarraba mi cara y con un dulce beso sellaba el pacto de unión.
Mientras caminaba las últimas cuadras antes de llegar a la clínica, me reía solo y me decía mentalmente: Vicente estás loco de remate. Aunque más tarde pensándolo con la cabeza fría me reproché: quizás algún día termine como mi vecina del condominio, que pasa medio año en Chile y el resto en Paris, donde su difunto esposo le tiene de todo. Lo particular es que ella no siempre fue esa dama tan distinguida querendona de sus mascotas. Nació con un penecito igual que yo, sólo que la maravilla de la ciencia la convirtió en lo que siempre fue, una mujer de verdad.

...Estoy confundido, ¿qué seré yo?, tengo que averiguarlo...
 
posted by Vicente Moran at 8:46 a. m. 4 comments
viernes, noviembre 17, 2006
Aquella madrugada la tormenta arreciaba intensa sobre los techos de paja del pueblo. Recuerdo que tocaron la puerta suavemente, lo justo para que mi madre percibiera el ruido seco de la madera. Al levantarse estaba parado en el lumbral el viejo Juan con un ramo de flores de su huerto. Le pidió prestado a su hijo, o sea a mí. Le dijo que los suyos se habían ido todos a la ciudad, y que necesitaba ayuda para matar a un cordero justo en el alba. No podía ser en la mañana sino ahora en el limbo entre noche y día, cuando Venus despidiera a las demás estrellas. Así que mi madre me despertó zamarreándome fuertemente. Yo al principio no comprendía, qué era lo que deseaba. Cuando ya mi cerebro estuvo con los sentidos a flor de piel comprendí su pedido. Al comienzo no quise, porque no me gustaba andar matando animales, yo en ese entonces me los comía y nada más. Entonces mi madre me urgió a obedecer y me tironeó el pelo para que acatara su orden. Iba enrabiado y de mala gana me vestí. Don Juan la apuraba y mi madre me tiraba la ropa apresurada.
Camino a casa de Don Juan divisé en el horizonte las luces del día. Las estrellas a las 6 de la mañana brillan como nunca y como Don Juan iba hablando Kunza, la lengua de los Atacameños (que no entiendo), yo iba mirando la belleza del cielo.

Al llegar a su casa percibí un olor extraño. Quizás era carne quemada o ese olor a animal tan característico que hay en los establos. En la entrada nos esperaba Doña Juanita delgada como un esqueleto y sin ningún diente en las encías. Me asustó su semblante, más aún en aquella noche tan extraña y misteriosa.

Don Juan me tomó de las manos y pasamos a través de su pequeña casa, la cual sólo consistía en dos habitaciones: una era la cocina y la siguiente el dormitorio matrimonial. En el patio había un cobertizo y dentro de él estaba el cordero con cara lastimosa y presintiendo la muerte. Don Juan con una fuerza sobrehumana tomó el animal de 50 Kg y lo puso sobre una mesa. Agarró su cabeza fuertemente hacia atrás y me pidió que la mantuviera en esa posición. Yo asustado accedí sudando y temblando de pavor. En ese instante una mano esquelética, curtida y morena se asomó con un inmenso cuchillo. Era la mano de doña juanita, que con movimientos lentos y recitando unas palabras en su lengua enterró el filo brilloso en el cuello latiente del animal. La sangre, de un rojo oscuro, brotó como un arroyo. Yo atisbaba de reojo lo ojos del animal y en ellos no encontré ningún sentimiento, no había dolor, ni siquiera estaba reclamando, ni tampoco pataleaba para arrancar. Ese cordero estaba tranquilo y pienso que quizás aquella oración tántrica que Doña Juanita recitaba lo tranquilizaba. Mientras un plato de greda ubicado en la tierra recibía aquel tejido líquido del animal.

Una vez que el animal expiró, lo destripamos. Un corte bajo las esternebras y sacamos como una tapa con media costilla la parte ventral del tórax. Luego retiramos los pulmones y el corazón que aún latían levemente. Luego con un corte limpio en el abdomen sacamos las víceras y sólo dejamos los riñones pegados a las vértebras lumbares. Ahí quedó el animal exangüe con los ojos abiertos y yo tieso mirándolo pensando que así un día quedaría yo también. Sin embargo, la mano de Don Juan nuevamente agarró la mía y no pude seguir pensando. De súbito me llevó al campo de atrás, donde había una plantación de Gladiolos y bajo un peral de pascua y comenzó a cantar. Doña Juanita con una rama de espino me pegó en el poto y me instó a bailar. A la sangre le colocaron hojas de Coca y humo de un cigarro, que ambos fumaban. Bailé tres horas seguidas estaba cansadísimo y ellos seguían como si no hubiese nada mejor que hacer en la vida. Aunque en un momento determinado caí en un trance profundo. Y bailaba por inercia, hasta creo que cantaba la canción sin saber lo que decía. Daba saltos en círculos y cuando caí rendido estaba manchado en sangre. Al parecer había tomado un poco de esa sangre y el resto había sido esparcida en la tierra adorar a la Pachamama.

Con Don Juan bajamos al río a lavarnos y yo estaba en shock. No podía pensar ni hablar. Al subir me prestaba a ir a mi casa y descansar, mas no era el final de toda esta experiencia. Don Juan me paró en secó tomándome del brazo; sin embargo, no nos fuimos para su casa, sino hasta la última de las terrazas y allá arriba nos sentamos. Eran las 2 de la tarde y yo no había comido nada. Mi estómago pedía a gritos comida y Don Juan se percató de mi decaimiento y no dijo nada. Al rato sacó de su bolsillo una pequeña tabla plana de madera, que en un extremo presentaba figuras antropomorfas decoradas con piedras de jade o lapislázuli, realmente nunca lo sabré. Luego del otro bolsillo apareció una pequeña piedra de color negro la cual raspó con una roca de cobre y de ella un polvo blanco apareció. Pacientemente el polvo se fue acumulando en la tabla y una vez que hubo suficiente me miró. Me dijo algo en Kunza, que nunca comprendí y con un hueso de animal decorado con signos ininteligibles sopló el polvo directo en mi cara, tan cerca que aspiré gran parte de él. Al principio comencé a toser y me enojé. Me paré encolerizado y cuando iba bajando el mundo cambió.

Don Juan me abrazó y su rostro era otro. Estaba joven y vestido con ponchos de lana de Vicuña bellamente decorado con figuras geométricas perfectas. Era un hombre bello, de piel canela y ojos negros como las aceitunas. Su pelo liso caía sobre sus hombros y tenía unas hermosas piernas lampiñas que asomaban por un corto faldón que usaba. Sonriendo me dijo que teníamos que bailar más, que aún no habíamos terminado el rito. Paradójicamente me hablaba en Kunza y yo entendía todo. Le respondí con una sonrisa. Por supuesto bailaría con aquel medio pedazo de hombre musculoso y sudado. Y durante todo el camino me llevó de la mano. En un momento miré al cielo y Dios me escribía en un televisor. No alcancé a ver que era lo que decía, porque Don Juan de un tirón me dijo: hoy bailaremos para ella y apuntando hacia el horizonte estaba una bella india desnuda - debe ser pachamama - me repliqué inmediatamente y levantando mi mano la saludé.

Al llegar a la plaza había una gran fiesta. Era ya de noche y el cielo estaba encendido con luces de colores. Don Juan tenía el animal, que habíamos sacrificado en el centro del anfiteatro y otros bailarines con otros corderos muertos nos esperaban para comenzar el baile. Don Juan tomó mis vestimentas y las rompió. Quedé desnudo ante todo el público. También lo hicieron los demás. Don Juan agarró una pata de animal y me pidió que hiciera lo mismo. Yo le sonreí y no pude evitar desviar mis ojos a la inmensa virilidad que le colgaba. Me retó: ¡concéntrate y baila!. Y el baile empezó lento pero en ascenso. A cada vuelta los tambores sonaban más fuerte, estaban dentro de mí y en un momento inesperado me poseyeron con una energía desconocida por mí hasta entonces. Recuerdo que golpeaba al animal en la roca junto a mi acompañante y la sangre saltaba por los aires manchando mi cuerpo y aquello nos excitaba de sobremanera. Luego nuevamente la música se calmaba y de a poco los decibeles otra vez comenzaban a subir, hasta llegar por segunda vez al éxtasis. Creo que en algunas ocasiones me caí sobre el animal. Don Juan me levantaba y me alentaba a seguir.

Bailé toda la noche tratando de destrozar los miembros del animal. Mi cuerpo tiritaba de placer y dolor. Aún así proseguí con mi compañero el rito. Fuimos los últimos en terminar. Aunque de aquello no recuerdo nada, sólo tengo a Venus despidiéndose otra vez y yo gritando de júbilo, por cuanto había logrado desprender la pata del cordero, que ahora era mía.

Muchos me abrazaban y felicitaban. Quería volar y me dirigí al abismo, porque tenía alas con plumas de verdad y quería lanzarme como una golondrina a surcar los cielos como una cometa. Mis amigos me pararon y mi madre también.

Al día siguiente desperté en el pueblo viejo con fiebre y tiritando de frío, aún manchado de sangre y con mi pierna de cordero cocinándose en una rica cazuela de cordero. Mi madre estaba contenta cuidándome y Don Juan había vuelto a ser el viejito sin dientes, con la cara ajada y malograda por un accidente de antaño; no obstante, igual me guiñó el ojo. Yo interpreté aquello como una afirmación de que lo vivido había sido realidad.

Sólo una vez interpreté “El Baile de los Cuartos” y espero algún día volver a repetir aquella hazaña. Desearía nuevamente revivir esa especie de estado atemporal y sentir por segunda vez que mi esencia inerte se volvía, a través de un estado evolutivo en carne viva, que siente y resiente todo a su alrededor. Al menos así tendría como comprobarles al alemán Lipmann, al inglés Haldane, al ruso Oparin, al francés Dauvilier y al estadounidense Wald, que el origen de la vida está en mancomunar las energías cósmicas y geológicas, que a través de un proceso milenario da origen a maravillas tan inverosímiles como un grupo de humanos entendiendo aquel concepto a través de la danza y el rito.

No sé si seguir con este relato, ya que en este punto la vida me dio un vuelco y desde entonces no soy le mismo. Y quizás puede que aquello haya sido el comienzo de una vida errática, de la cual a veces reniego, pero que a fin de cuantas he elegido, quizás para entender las diferentes interrogantes que me planteo. Puede, tal vez, que me anime a contar otra aventura entre las montañas...

 
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martes, noviembre 14, 2006
El anterior relato lo dejamos cuando estuve al borde de la muerte. Gracias a los acontecimientos imprevisibles de las vida, aún no era mi hora, y sólo fue un aviso de un destino improvisado.
Luego de maravillarme con los astros y volver al camino al lado de mi madre un sueño infernal invadió mis sentidos y apoyando la cabeza en la ventana me quedé dormido meciéndome con los saltos violentos de bus. Realmente no recuerdo la llegada. Estaba entre el mundo de lo onírico y el mundo real. Y sólo me quedó gravado el ruido suave de un río que corría al frente de mi nueva casa. Mi madre me tapó con una frazada, no obstante, una frisa fresca se colaba por los agujeros que mi manta tenía y me daban cosquillas.
A la mañana siguiente me desperté muy temprano casi a las 7 de la mañana y me asuste al percatarme que mi mamá no estaba en ninguna parte. Entonces abrí la puerta de la nueva casa y justo al lado de ella había un gran damasco. Estaba lleno de frutas y mi madre estaba cosechándolas para el desayuno. Al asomarme aún más afuera pude contemplar el lugar donde viviría por un buen tiempo. Mi casa estaba a dos metros de un pequeño río, el cual tenía sobre la superficie una alfombra de pasto acuático llena de flores blancas, amarillas y rosadas. Más allá pastaban ovejas, alpacas, llamas y burros salvajes. Y luego una pared vertical de casi 100 metros de alto se levantaba imponente con miles de agujeros donde los “Periquitos andinos”
(Bolborhynchus aurifrons margaritae) vivían. Por costado el acantilado se abría y desde los alto bajaban cientos de terrazas todas cultivadas, algunas de ellas con gladiolos, otras con suspiros blancos, otras con rosales y también con conejitos de muchos colores. Más arriba se divisaban plantaciones de tunas, damascos, peras de pascuas, manzanas y membrillos. Entre medio existían pequeñas casas de piedras con techo de paja y corrales donde se guardaban los animales (en otras palabras estaba en el país de Heidi, pero en Latinoamérica).


Para mí, un crío acostumbrado a los monos animados y a los autos, fue como llegar a otro planeta. En el ambiente habían ruidos, mas éstos eran muy distintos: en vez de bocinas escuchaba aves cantando, a cambio de televisores estaba el ruido de los truenos que anunciaban copiosas lluvias estivales.
Día a día fui descubriendo cada rincón de este nuevo mundo y tiempo me sobraba. Acá no llegaba nada sobre el mundo actual. Todo estaba como estático. No llegaba ningún canal de televisión, sólo había una radio AM que siempre relataba partidos de fútbol (y como yo era gay de chico eso no me agradaba). Los diarios no llegaban jamás y lo único que nos mantenía conectado de cierta forma con el resto de la civilización eran los turistas que llegaban a conocer el pueblo a eso de las 9 de la mañana.
Mi madre mujer emprendedora se percató que los turistas llegaban muertos de hambre, así que les ofrecía desayuno o almuerzo dependiendo del horario. Y yo me entretenía mostrándole todos los recovecos del valle. Primero los llevaba al pueblo viejo, donde ya casi nadie vive. Éste se enclava sobre un gran peñasco, que cayó de una de las laderas de la quebrada mayor. Ahí les contaba sobe el “Baile de los Cuartos” y también de la procesión de la “Virgen de la Candelaria” que se celebra a fine de febrero. Luego los paseaba por las terrazas de cultivo y les describía cada ave que pasaba a nuestra vista. Mi favorito era el picaflor de la puna
(Oreotrochilus estella). Les decía a los turistas que nos sentáramos en medio de las flores y que se quedaran quietos por unos 5 minutos. Para la mayoría era una tarea titánica estar en silencio apenas 5 minutos (para mi novio sería bien fácil), sin embargo, para aquellos que lo lograban veían frente a sus narices un picaflor en vuelo estático tomando néctar de las flores y si tenías suerte hasta se posaban en tus hombros y ahí sentías como un vacío en el estómago, ya que es difícil entender cómo algo tan pequeño y bello está vivo.

Lo ecológico lo tuve desde chico y siempre andaba preocupado de no dejar sucio. Un día me tocaron unos Israelitas que se reían de todas nuestras costumbres y eran muy cochinos. Nunca he sido xenófobo, aunque en ese momento me dieron ganas de echarlos del pueblo a patadas y que jamás volvieran por irrespetuosos. Yo como era chico no dije nada, pero mi mamá los subió y los bajó a groserías por la mala educación para con nuestras tradiciones locales, ya que los muy patudos se metieron al cementerio de los abuelos.
Al principio debo reconocer, que no fue fácil. Acostumbrarse a estar lejos es difícil y a veces lloraba sólo arriba en la quebrada, donde podía ver a los volcanes gemelos. Ambos siempre tienen nieve y las luz que reflejan en la tarde es sobrecogedora, así que cuando me sentía inútil o no sabía que haría con mi vida partía allá arriba. En aquel lugar no había nadie y podía gritar hasta reventar de rabia y ninguna persona jamás se percataría que alguien como yo estaba desahogando su ira, sus penas o la impotencia de no saber quien ser – creo que aún no lo sé – Luego bajaba con los ojos hinchados y aunque trataba de esconder la cara, mi madre igual se percataba; olía cuando algo andaba mal. Me paraba en el pasillo y me interrogaba sobre todo. Yo le decía que sólo tenía ganas de llorar y que no sabía cual era la razón. Entonces me aconsejaba que tenía que aprender a controlar mis emociones, que no podía seguir así tan “déficit atencional” y que por ende debía aprender a pillar Golondrinas (Tachycineta meyeni). Al principio lo encontré tan emocionante. Ahí estábamos mi mamá y yo con un gran balde de agua y dos jarros al borde de una pared esperando a las golondrinas. Y éstas pasaban raudas como una flecha y yo les lanzaba el chorro del agua que siempre llegaba tarde y jamás las mojaba. Al menos alcanzaba a verlas bien y maravillarme con su dorso tornasolado. Y vuelta de nuevo a intentar. Ahí estábamos los dos tratando de mojar a una de ellas, para tocarla y verla de cerca. Mi madre sabía que nunca atraparíamos una, aún así lo hacía para que yo empezara a domar mi temperamento. Te enojas cuando estás toda una tarde tratado y tratando de empapar a unas golondrinas que son como cohetes naturales. Años después cuando era un ornitólogo por pasión aprendí que estas bellas criaturas hacen todo volando, desde comer, copular, dormir y cagar. Lo único que no hacen en el aire por supuesto es anidar. Sus patitas son tan frágiles que no sirven para caminar. Así que años después me pregunté: ¿en alguna parte deben estar las casas de las golondrinas?. Así que ya siendo adolescente me encaminé por la quebrada río abajo. Caminé y caminé como 7 horas hasta que llegué a una parte donde la quebrada se estrechaba de manera irreal, y ahí ante mis ojos estaban los nidos de las golondrinas colgando del acantilado. Miles de ella volando y planeando sobre mi cabeza. Debajo al costado del río había una gran piedra en forma de plato y sobre ella unos hermosos petroglifos. Debe de haber tenido cientos sino miles de años aquellos dibujos. Habían llamas, humanos, figuras como marcianos y por supuestos muchas golondrinas. Al parecer mi descubrimiento sobre el lugar donde anidaban las golondrinas no era nada nuevo, ya mucho antes mis antepasados habían arribado a este lugar.

Volviendo a mis 10 años y cuando estaba tardes enteras tratando de pillar golondrinas aprendí a ser paciente. Aunque no dejé de tener la ilusión de pillar aves – algo que hoy en día jamás haría – así que con mis amigos nos hicimos jaulas para atrapar diferentes aves. La primera ave en conseguir era la más difícil y por lo general dejábamos nuestra jaula toda la noche. Al otro día por lo general encontrábamos un Jilguero negros de alas amarillas (Carduelis atrata) cantando y atrayendo a sus compañeros. Otras veces el que caía en la trampa era un Cometocino de Gay (Phrygilus gayi gayi) con su pecho rojizo y su cabeza negra. Jamás pude atrapar dormilonas (Muscisaxicola cinerea), pero sí periquitos usando trocitos de peras de pascuas que eran muy apetecidas por ellos. Mi madre nunca me dejó tener aves en jaulas y apenas llegaba a la casa si me las veía las tenía que soltar. Así que las escondía y después las vendía (sí, fui traficante de animales exóticos y estoy arrepentido). Mi mamá siempre me decía que para qué quería animales si afuera habían tantos y era verdad, pero todos eran salvajes y yo quería una mascota.
Una vez cuando estaba sentado afuera de mi puerta oí un leve chasquido que provino de debajo del basurero. Lo levanté y ahí estaba una mamá ratón de campo con sus hijos peladitos. Me miró con cara de pena así que no quise hacerle nada. En las mañanas antes de ir a la escuela, me guardaba las migas de pan amasado que mi mamá me daba y yo alimentaba a mi ratona. Estaba tan feliz por primera vez tenía una mascota y aquello me hacía importante. En las tardes yo la llamaba por su nombre: Lucrecia y ella al principio tímida salía para comer su ración de alimento, ahora eso sí, con todos sus hijos. Y no me tenían miedo, porque hasta se me montaban en la palma de mi mano. Un día mi madre me pilló y yo pensé que aniquilaría a todos mis amigos ratones. No obstante, le gustaron y me dijo que tenía que deshacerme de los hijos y dejar a la Lucrecia no más. Así que tomé a todos los demás y me fui al cerro a soltarlos. Fue una despedida conmovedora, ya que sabía que entendían que debían irse. Quizás muchos ahora pensarán que soy un loco al creer que estos pequeños animales saben lo que hacen, pero también pensaron eso de muchos otros como
Svante August Arrhenius, que sugirió en 1903 que la vida se transportaba por medio de una rayo luminoso de un planeta a otro y que aquellos pequeños esporos eran los responsables de la vida en la tierra. Bueno aunque toda su teoría desde el punto de vista electromagnético es posible, quien podía hace 100 años imaginarse a una bacteria realizando viajes intergalácticos. Loco pero posible.
Después de despedir a mis amiguitos llegué a la casa triste y desolado. Mi madre me había cocinado panqueques con manjar y mermelada. Al instante mi semblante cambió y comí con alevosía, le dejé un poco a la Lucrecia y me fui a la cama sin saber lo que me esperaba a la mañana siguiente...

 
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viernes, noviembre 10, 2006
Hace exactamente 18 años mi madre había decidido aislarse de la vida cosmopolita de las ciudades y cambiar todo aquello por un pueblo perdido en las montañas. Para mí, que en aquel entonces era un crío de apenas 10 años, fue toda una aventura. Recuerdo que en la víspera de nuestra partida comenzamos por arreglar todas las cosas necesarias para vivir: la ropa y muchos alimentos. Mi madre solía aconsejarme, que las cosas materiales son prescindidles y que la vida de un humano estaba llena de dicha si tenía un poncho para abrigarse y un buen plato de comida cada día. Así, durante la mañana siguiente, nos embarcamos hacia nuestra nueva vida. Aquel poblado, donde iríamos a vivir, llegaba una vez al mes un viejísimo bus, que apenas andaba a 30 o 40 Km por hora, así que el viaje duraba algo así como 6 horas.


La cultura Lican Antay, a la cual pertenezco tiene un fuerte lazo con la tierra, así que entremedio de los asientos del bus, también iban los animales: corderitos, gallinas y a veces hasta llamitas recién nacidas. Además de víveres que no se encontraban en el poblado. Y a eso de las 5 de la tarde comenzaba el recorrido a través del desierto más árido del mundo y rumbo a las montañas más jóvenes de la tierra. Mi nueva casa estaba ahí entremedio de volcanes y géiseres. Donde la naturaleza comandaba cada palmo de la tierra.
Mientras íbamos subiendo yo miraba hacia el infinito por la ventana. El olor fuerte de los animales se mezclaba con el nuestro y aunque para muchos es un olor incomodo y hasta desagradable, para mí aquel aroma evoca todas mis raíces ancestrales. A medida que subíamos lentamente, la orografía del terreno iba mutando. Primero dunas extensas y una cruz perdida en la arena del desierto. Le pregunté a mi madre sobre aquella cruz y ella me contó que en aquel lugar habían dinamitado a tres hombres durante la dictadura. Me imaginé a esos hombres llorando con un cartucho de dinamita pegado al cuerpo y luego volando por los aires, muertos injustamente y desperdigados en la inmensidad del desierto.


Luego llegamos a Chiu-Chiu, el poblado más cercano a la civilización. Su silencio eterno es lo que más caracteriza a este pueblo. Su iglesia la más antigua de Chile es pequeñita y está que se cae. Es blanca como la nieve y en su interior los santos son de madera, algunos de ellos dan miedo, ya que sus rostros en sí no son muy agraciados. Mi madre me decía que nunca debía trepar por los muros de la iglesia, ya que los abuelos se enojarían y me molestarían en la noche – esos abuelos eran los antiguos atacameños, aquellos que los españoles doblegaron en la antigüedad – así que yo miraba las tumbas de los abuelos y les rendía pleitesía. En Chiu-chiu parábamos para recoger algunos pasajeros y también aprovechábamos de comer sopaipillas fritas, antes de proseguir el viaje. Cuando volvíamos a empezar el recorrido, el sol comenzaba a esconderse y las luces tornasoladas que las rocas reflejaban antes de entrar a la noche te dejaban obnubilado. Te das cuenta que todo está vivo y que aquellos colores marrones y ocres de un momento a otro se transforman en bellos morados, rosados, rojos, naranjas, verdes iridiscentes y todo es un arco iris en movimiento. La vastedad se hace tan patente, que si uno pudiese volar por los aires vería que entre medio de la nada va un pequeño e ínfimo bus traqueteando el polvoriento camino.


Antes que el sol dijera adiós pasamos por la laguna de Chiu-chiu y mi madre tan didáctica me hizo notar que era de una redondez perfecta y me preguntó por qué creía que era así. Yo no supe contestar, sólo dije que porque es así no más. Sin embargo, mi madre cargada por un surrealismo hipertrofiado me contó que aquella laguna se había formado por las lágrimas de una princesa atacameña, que se había enamorado de un español maloliente, que la había dejado encinta y que luego se había marchado. Fue tanto lo que lloró, que aquella laguna se formó sin fondo y luego se lanzó para morir ahogada en las salobres aguas de su propio llanto. Yo quedé petrificado pensando en esa pobre mujer y me la imaginé llorando día y noche hasta que la laguna se formó. Y por mucho tiempo yo creía en ese cuento, hasta que un día leí en un reportaje de Jacques Yves Cousteau que “la laguna de Chiu-chiu” era en realidad el cráter de un volcán extinto y esa era la razón de su redondez. Nadie a determinado su profundidad aún, ni siquiera este famoso oceanógrafo, que en paz descanse.
Y la noche nos abordó. No obstante, la noche como tal en los desiertos no es una oscuridad que da miedo, al contrario, quizás rivaliza en belleza con el atardecer y sólo me percaté de aquello cuando al bus se le salió una rueda y casi nos volcamos en un gran precipicio. Me desperté de súbito asustado pensando que habíamos chocado con una piedra. Gracias a la providencia nada ocurrió y tuvimos que parar para arreglar el desperfecto. Entonces aproveche de estirar los pies y me bajé un momento para caminar. Mi madre me dijo que no fuera muy lejos y que me quedara cerca, ya que las mujeres aprovecharían de hacer “Patasca” para cenar (comida típica de la cultura altiplánica: guiso a base de maíz deshidratado). El ambiente estaba fresco y hasta húmedo. En el aire se olía un aroma intenso a hierbas y con ese antecedente supe que estábamos más cerca de las montañas y que el desierto aquí daba paso a las planicies y vegas del Altiplano.


Allí a 3000 metros sobre el nivel del mar crees que el cielo se caerá encima tuyo. La noche como dije, no es obscura, sino una caverna llena de brillosos astros celestiales. Parecen millones de gemas preciosas compitiendo por ser las más refulgente. Y ahí me entretuve con los amigos que conocí en el viaje. Mirábamos las estrellas fugaces, que caían por doquier y a los astros más importantes del firmamento como venus y su brillo estático, el rojo inconfundible de martes y la fuerza de Júpiter que aunque lejos de la tierra brillaba como si estuviese al lado de nuestro planeta. Además se podía ver en su total magnitud la vía láctea y las manchas magallánicas. Un amigo me enseñó a encontrar el sur usando la cruz del sur, por cuanto quizás algún día me podía extraviar en ese inmenso desierto. También con mis amigos nos preguntábamos sobre la creación de todo ésto y nos decíamos: ¿Si la Pachamama es la madre tierra y la creadora de la vida sobre la misma, quién habrá hecho todas esas estrellas?. Yo no me tragaba eso de un Dios omnipresente y todopoderoso con la capacidad de hacer todo. Además me decía: ¿por qué tiene que ser hombre y no una mujer?. Aún cuando tenía 10 años, ya sabía que había algo extraño en todo eso. Posteriormente aprendería sobre las diferentes teorías de la creación y conocería las hipótesis más bellas que nosotros los seres humanos nos hemos formulado para entender como se originó la vida. Quizás en ese momento no sabía quienes habían sido “Justus Von Liebig” y “Hermann Helmholtz”, ambos autores de la teoría de la “Panspermia”, que colocaron el fenómeno de la creación de la vida en un contexto cósmico. Algo así como que la vida carece de la dimensión tiempo y que existe desde siempre al igual que la materia inerte. Así esta vida perpetua se fue diseminando a través de cometas y meteoritos al resto del universo. En ese momento a mis 10 años no tenía idea de estas diversas teorías, que aún nos siguen intrigando. En ese entonces sólo sentía que todo era tan grande y que mi cerebro apenas podía entender, en sus términos más básico, el origen de la vida. El microbús estuvo en funcionamiento a eso de las 10 de la noche. Todos subimos y comenzamos el ascenso hasta los 4000 metros sobre el nivel mar, para llegar finalmente a mi casa, la cual estaba perdida entre acantilados. No sabía como era y eso lo dejaré para contarlo después sino se me aburren...

 
posted by Vicente Moran at 6:03 p. m. 4 comments
martes, noviembre 07, 2006
Cuando uno va entrando en los reposados años de nuestra vejez y vemos con impotencia que las décadas se suceden unas tras de otras, es cuando buscamos cofradías alternas, lugares donde nuestro espíritu pueda gozar, y por qué no, también nuestros cuerpos.
Uno de esos lugares son las saunas, pero no cualquiera sauna, sino uno donde aparentando ser heterosexual se junta la fauna gay que nuestro país ha ido incubando. Aquí llegan la mayoría de los homosexuales que vivieron otros tiempos. Algunos de ellos jamás conocieron las discotecas gay, sino más bien las casas de remolienda, en donde también a veces pululaban los jovenzuelos con caras andróginas. Así al menos podrían excusar su actuar en las bebidas alcohólicas y en la jarana de la esas noches de parranda.
Cuando decidí ir por primera vez a uno de esto saunas, que se ubican en Santiago centro, grata fue mi sorpresa al encontrarme con una comunidad compuesta principalmente por hombres adultos gay (bordeando los 50 años), la mayoría de ellos dueños de microempresas, que han prosperado a punta de esfuerzo y visión. Allí me encontraba desnudo con mis escasos 23 años cuando un amante impetuoso e inteligente me conquistó. Uno se siente como un Adonis, con sus carnes bien puestas y sus glúteos rubicundos buscando placer. Uno no siente vergüenza de nada. Todos estos señores barrigones se encuentran en otro plano de la belleza corporal. Usan miel para frotar sus cuerpos y también para untar la piel del gigoló, que está en busca de un cliente. Pero que quede claro por favor, aquí no es fría la situación, sino más bien distendida con conversaciones que van desde la política, pasando por la religión y terminando en las microeconomías de cada empresa. Entre ellos hay un respeto y una civilización primordial, y las carcajadas son necesarias para alimentar sus espíritus, que están ya entrando en la etapa senil.
Siempre está la que es loca, de las pocas que se salvaron del malvado VIH, que casi las aniquila a mediado de los 80. siempre están los más viejos, aquellos que son ejemplo de virtud y rectitud, ya que con ellos el mito de que los gays no llegan a ser viejitos deja de ser cierto. Ahí están estas reliquias de la homosexualidad, felices la mayoría. Casi ninguno tiene pareja, y al parecer disfrutan aquella soledad pícara, en compañía de esta comunidad geriátrica muy peculiar. Al fin de al cabo son todos muy fraternos y uno sin decir nada puede estar riéndose toda la tarde, mientras el vapor te saca todas las impurezas de los poros y te deja la piel como poto de guagua.
Cuando te gusta algún gigoló, estos son directos y otros más sutiles para embaucarte; en mi caso ni me miraban, ya que era una competencia para ellos. Los más bonitos y con cuerpos de hombres reales y fidedignos son los más apetecibles por estos viejos de anos lánguidos. Aunque algunos llegan con su tropa de masajistas personales. Por lo general son pendejos chicos, que rayan entre los 17 y 18 años - o sea serían unos pedófilos - no obstante, saben muy bien lo que hacen. En ningún caso son pobres niños, que están siendo ultrajados por estos viejitos (diría que es al reves). Son en la mayoría de los casos homosexuales prepúberes que se prostituyen para poder ir a la bunker o comprarse ropa de marca (quizás con este tema muchos se molestarán, pero es así la realidad). Casi todos llaman a sus clientes tíos y ellos escuchan las enredadas y elaboradas conversaciones de los viejitos. Al final todo es un recordatorio de las escuelas griegas de antaño. Están los sabios locas y las locas alumnas que aprenden como lidiar en el mundo. Que se instruyen en las artimañas de la lógica y el debate. Aquí se aprende de compleja oratoria y de cultura en general. Además hay clases individuales de sexo, que se imparten únicamente en los privados.
En mi caso mi primera clase fue muy extenuante. Comenzó con una conversación irrisoria de mis conocimientos en gramática, pasando por mis doctos avances en ciencia e investigación. Se habló un poco de epigenética y entre medio de todo eso un hombre portentoso me hacía deliciosos masajes en mis pompas. Luego pasamos por las laberínticas interpelaciones de nuestra sociedad, de nuestra etología, del psicoanálisis de Freud - aquí quedé loco, porque de Freud no sabía nada - y aquello derivó a nuestro gusto ancestral por los falos monstruosos. El que me tocó a mí, más que monstruoso en lo largo, lo era en lo ancho: una seta de proporciones, que latía incandescente ante la sangre que su dueño bombeaba. Mientras yo hablaba de mi experiencia sobre como la inconsciencia a veces comanda nuestro mundo, él lamía enloquecido mis pechos. Entonces me encendí vigorosamente. El interruptor hizo "clic" y de inmediato comencé con el show del griterío - grito como loco cuando me lamen cualquier parte del cuerpo - trataba de aplazar la penetración, porque sabía que aquello dolería...

Ay me cansé de escribir, ya es demasiado tarde. Después les termino de contar como quedé al final de aquella batalla en la Sauna...

 
posted by Vicente Moran at 4:13 p. m. 3 comments
viernes, noviembre 03, 2006
A veces me pregunto cuando perderé el último atisbo de virginidad que poseo, y ruego para que aquello nunca ocurra. Siempre en mi cabeza ha revoloteado la idea de que uno guarda un poco de virginidad. Algo así como una ingenuidad intrínseca y porfiada que no desea dejarnos. Quizás es una obsesión inherente de nuestra naturaleza. La evolución nos hizo tan mutualistas, que siempre estamos buscando la respuesta del cariño. De aquel que es un regalo de dioses, para aquellos que llegan a conocer “la entrega” como una situación casi paradojal en nuestra existencia.
Sin embargo, a medida que vamos conviviendo, nuestra personalidad va mutando. Sin darnos cuenta dejamos atrás el idealismo casi surrealista del amor y nos transmutamos en unos entes carentes del carácter necesario para conquistar y reconquistar. Puede que precisamente aquella falta de fantasía, de cuento de hadas y de idealismo imposible es lo que nos petrifica ante la capacidad de entregar el último horizonte de virginidad. Aquel que es un tesoro vulnerable y único. La marca férrea de nuestra “alma” personal, la huella indeleble de nuestra identidad y por último nuestro yo más íntimo. Para ser más claro es simplemente desdoblarse en esencia, en completa paz ante lo desconocido y el desconocido. Una aventura extrema, donde literalmente soltamos nuestro ego y lo extrapolamos – o lo dejamos a la deriva – en otro ser.
La virginidad como tal en este contexto es un flujo de emociones incontenibles, donde lo visceral y lo racional se trenzan en una disputa sobre lo que es correcto. Es aquí donde nuestro yo deja de ser. Donde finalmente alcanzamos el punto culmine de nuestra inocencia, ya que la relegamos a la confianza, que ese otro ser nos puede entregar.
Si la fluidez de la relación y la comunicación logran un grado prístino, que difiera de los egos y necesidades contemporáneas, que nuestra sociedad nos somete es cuando finalmente esa virginidad perdura y es defendida, ante aquellos que ya la han perdido.
Hoy por hoy mi virginidad está depositada en la historia de los años de mi relación. Es ahí en el lecho amoroso donde sigo siendo un inocente a merced del amor incondicional. Un humor caliente, que se cuece pues, dentro de un fuego apaciguado y eterno. Donde los vientos endemoniados no transitan. Un amor bombardeado por las influencias post-modernistas, que no obstante, se mantiene bajo el hechizo de esta virginidad.
Guardar un poco de esta inocencia o de esta “decencia” mental es casi de Perogrullo nombrarla, ya que finalmente nadie la pierde en su totalidad. Ésta sólo se atrofia a su mínima expresión, y no deja en conclusión, nada que nos haga sentirnos un poco vulnerables.

Entonces: ¿no crees que es tiempo de reencontrar aquella virginidad?, ¿de redescubrir la inocencia ante el conocimiento?, ¿de sentirse volátil y débil ante la necesidad de amar?.

Pues al final la única virginidad que nos queda, es aquella que fluye en nuestra mente. Eres tú, el que debe cultivar para así poder cosechar el amor tan anhelado. Tan sólo si lo que buscas es la necesidad de ser querido y contenido.

¡¡¡¡VIVA LA VIRGINIDAD!!!!

Pd: sé que este es el más FOME de los escritos, sin embargo, para mí es el más significativo.
 
posted by Vicente Moran at 3:23 a. m. 4 comments