martes, octubre 31, 2006
Cuando supe que había quedado en la Universidad de Concepción, jamás pensé, que no sólo iba en busca de un futuro profesional, sino también de un mundo amplio y lleno de conocimientos. Ese mundo me enamoró y desde entonces descubrí que mis potencialidades como ser humano eran inmensas. Y debutar en el acto sexual es quizás uno de los momentos más increíbles de mi vida.
En una noche lluviosa de Chillán, cuando las chimeneas estaban todas prendidas y los poetas como Gonzalo rojas se encontraban lavándose las bolas pendulantes antes de pernoctar, fue que conocí a mi príncipe azul. Yo me encontraba sentado en una plaza añosa con la iglesia de los franciscanos a mi espalda. De mis ojos corrían lágrimas ácidas llenas de rabia, y mi cara brillaba bajo la luz trémula de los faroles oxidados. Quizás ese semblante de diva trágica fue lo que cautivo al primer hombre que me contempló desnudo. Se me acercó cauteloso y su manera de abordarme fue ingeniosa preguntando, así como despistado, la hora. Le respondí que no tenía reloj y siguió su camino bajo la lluvia. Sin embargo, algo lo detuvo y se devolvió para ver que me pasaba. Los extraños tienen ese imán erótico: uno no sabe si son buenas personas o asesinos en serie y por lo tanto le dan a la situación un aire de telenovela misteriosa.
La charla fue relajada, entre frases entrecortada por mi llanto de sirena y su mirada meditabunda casi abstraída de la realidad – cuando lo que realmente pensaba era en poseerme – confiriendo a cada momento oraciones reconfortantes. Al final me tranquilicé y fue en ese momento que me invitó a caminar. En un acto osado accedí, sin más remilgos que la lluvia que arreciaba a esa hora. Ya estaba mojado, así que no reclamé más y dentro de mí una llamarada incandescente se prendió. Tal vez lo más cercano a describir aquello, puede ser el reflejo innato de los animales, que saben que deben copular.
Y caminamos y caminamos por las calles adoquinadas, saltando los riachuelos y las charcas que se formaron por la lluvia. Sin darme cuenta llegamos a la periferia de la ciudad, al límite entre lo urbano y lo rural. Más allá se oían las vacas mugir reclamando una nueva ordeña. Yo le dije que quizás deberíamos sentarnos. Él temblaba de frío y de nerviosismo y por primera vez sentí esos ojos fijos, casi rojos mirándome con deseo, con tal necesidad que yo en un acto salvaje comencé a desnudarme. Ahí en medio del campo, entre quilas y tréboles frutillas, con el olor a alfalfa, que se mezclaba con mi sudor húmedo. En ese instante las nubes dejaron un claro perfecto y la luna se asomó voyerista a contemplar mi primera vez.
Desnudo me acerqué gateando hasta su entrepierna y comencé a desabrocharle el cinturón. El tomo mi rostro y lo acercó al suyo. Olía a “flaño”, una colonia barata que venden en todas las farmacias de Chile. Su barba era tupida, de aquellas que crecen a las 8 horas y raspándome con dureza acarició su cara con la mía. Mi cara ardió, hasta quizás dolió un poco, mas no pude despegarme de ella y busque con frenesí su boca enmarcada en sus labios viriles. El beso fue húmedo, la saliva brotaba de su boca con un dulzor sorprendente y sus manos acariciaban mi cuerpo mojado, su dedo buscaba “mi virginidad”. Dolía un poco aquella intromisión táctil; no obstante, sabía que aquello era necesario. La preparación o el preámbulo para transformarse en uno, en un solo ser unidos por la carne y la energía.
Al abrir su camisa una mata de vellos pectorales me recibió y en ese momento supe que estaba a punto de dejar de ser virgen con un hombre. Éste era un hombre de verdad, en él no se escondía nada de femineidad, era todo testosterona – aún recuerdo ese olor a animal, a establo, a bosta y sus manos curtidas – y mis movimientos se hicieron prehistóricos. No me reconocía, no entendía como en un abrir y cerrar de ojos estaba con su verga metida hasta mi epiglotis, no podía comprender como sabía mamar tan bien – luego me preguntaría si estaban en mis genes o qué? – y como bajaba y subía desde el glande hasta la base, hasta encontrarme con aquella mata de vellos con un perfume exquisito. Mi lengua revoloteando entre sus pequeños pliegues de la uretra, apretando con mi mano las venas turgentes y ahogándome al no poder respirar. Durante todo ese trance no me percaté que ya me había dilatado, que 4 dedos jugueteaban en mi interior, y que mi cuerpo daba espasmos epilépticos de placer.
Mi cuerpo estaba lleno de barro. Mis piernas estaban acalambradas y mis rodillas pálidas. No me detuve y en más de una ocasión retiré las manos con ira, no quería dejar de chupar de succionar, quería que me diera su esencia y sin previo aviso mi boca se lleno de un sabor agridulce, y mientras los fluidos prostáticos se vaciaban en mi boca sentía como una energía sideral poseía a mi príncipe azul. Yo quedé revolcándome en el barro, estaba excitado hasta el infinito y quizás no hubo periodo refractario, porque sin esperar más que unos segundo me tomó de la cintura y quedé oliendo el pasto mojado, con mi trasero parado esperando su espada hirviente para que acuchillara mis entrañas (muy exagerado, pero me gusta así) y sentí el dolor más grande de la tierra. Quedé inmóvil mientras como un poseído me embestía una y otra vez sin parar, sin darme tiempo para respirar. Reaccioné cuando un golpe a mano abierta cayó en mis glúteos y después otro y otro y otro más. Tiritaba de placer, de miedo, de dolor: la mezcla perfecta para debutar ante lo que definiría mi gusto por los hombres. Con mi mano tocaba sus testículos y sentía como cada dos segundos sacaba todo su miembro, todo ese falo duro como el hierro y luego volvía a entrar con un golpe galopante, hasta la raíz de sus músculos peneanos. Al final creí estar en el paraíso. Fue un momento corto, casi imperceptible, ya que a esa edad pensaba que yo como era el poseído y él el macho, no debía acabar. Aunque uno a esa edad puede tener un clímax sin siquiera tocarse, y fue lo que me pasó. Sentí como un flujo escurría por mi uretra, mi pene estaba turgente, y en medio de esas penetradas bestiales quedé un instante en el cielo, un momento de “no pensamiento”, de meditación infinita y de nirvana.
Durante esa noche hice tres veces el amor. Durante la semana siguiente tuve fiebre hasta los 41 grados, delirando y con una pulmonía de los mil demonios. Al volver a la universidad, mi príncipe azul resultó ser un alumno de 4º año de agronomía. Un huaso macho y sin atisbos de homosexualidad. Su prometida era una bella rubia de ojos celestes. Yo lo miré con ojos de odio durante todo ese día lunes. Al anochecer me encontró camino a mi pensión. Le dije que no quería verlo. El despecho era un sentimiento que no conocía.
Por tres meses fui el amante, el patas negras, que esperaba desnudo bajo los matorrales del campo. Nos amábamos con pasión, sin pensar en el mañana. Un día se enojó porque pasaba mucho tiempo con mis amigos. Me hizo elegir entre mis amigos y él. Yo nada de tonto le dije que prefería mis amigos, porque él jamás se atrevería a ser mi amante en público, que siempre sería un gay camuflado en la clandestinidad, que va a la iglesia con su familia y su novia, esperando su turno para el sagrado sacramento.
Mi vida se volvió caótica cuando todos supieron que era gay. Él me veía desde lejos, ahora ni siquiera podía acercarse, ya que todos los hombres que se me acercaban eran tildados de maricones. Todos se equivocaron, ya que aquellos hombres que llegaron a ser mis amigos resultaron ser los hombres más heterosexuales que he visto.
De mi príncipe azul supe que se casó. Es padre de familia y me imagino que cada noche antes de acostarse junto a su beata esposa, se masturba imaginando mi boca en la suya, mi boca en sus tetillas, mi boca jugando con su prepucio y su miembro jugueteando con mi ano servicial, todo en una película lenta y sosegada del placer que puede volver a tener, pero que no se atreve a buscar….
 
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sábado, octubre 28, 2006
Han pasado exactamente 10 años desde que por primera vez hice el amor. Quizás esa oportunidad no fue mi primera vez, ya que uno siempre pierde la virginidad de manera gradual. Puede que al nacer perdamos algo de esa virginidad al tocar las manos humanas que te sacan de la matriz de tu madre. Sin embargo, la primera vez que recuerdo haber conocido parte de la pasión y amor fue con mi primo. Es bien recurrente la historia con los primos y a veces es hasta el patrón iniciador de una homosexualidad incipiente.

Fue en aquellos veranos antofagastinos, cuando en el parque japonés mi primo, mayor por 4 años, me invitó a jugar a los conejitos. Yo en ese entonces con 8 años de edad idolatraba a mi primo. Éste tenía un labio levemente levantado, era el izquierdo, y aquello me erotizaba al límite. Me gustaba y él lo sabía. El juego del conejito, era bien simple. Él era el conejo y yo la coneja. Tenía que bajarme los pantalones y él con su pichulita en miniatura me copulaba simbólicamente. Luego nos reíamos y salíamos a tirarnos por el pasto donde rodábamos juntos. Luego era en la playa, bajo un sol incandescente jugábamos a los pececitos, la lógica era la misma; no obstante, la situación era más caliente, ya que nos bajábamos los traje de baños y quedábamos piluchos sobajeándonos.

Recuerdo una vez que estábamos durmiendo en la casa de mi abuela y le dije maliciosamente, que por qué no jugábamos a los maridos. Por supuesto, yo era la señora, así que me cambiaba de cama y dormíamos abrazados como dos tórtolos. Nunca fui violado ni nada, a mi me gustaba la cosa, y creo que a temprana edad ya había perdido algo de mi virginidad, por lo menos la mental. Años después me encontré con mi primo. Ahora era un brillante padre de familia, robusto y buen mozo. Yo por otra parte era el gay de la familia. Nos miramos y me dijo: te voy a dejar a la casa. Yo le dije bueno, y mientras íbamos en el camino sentía que aún habían ganas de jugar. Yo fui el que se opuso. Sentía que ya no podía jugar a los conejitos. Menos con mi primo, su mujer casada no me lo perdonaría. Así que le di un besito antes de bajar y lo dejé con el aura encendida, con la imaginación hirviendo y la pija paradita…

Luego de aquel amor de niños, a los 12 años ocurrió mi segunda pérdida de virginidad. Fue en aquella fecha cuando un aluvión casi enterró por completo Antofagasta. Mi madre, mujer bondadosa y caritativa, se ofreció para recibir a un niño de escasos recursos para que viviera en nuestra casa por un tiempo. Cuando en el colegio llegaron los niños, el que le tocó a mi mamá tenía 14 años, era alto y se parecía a Chayanne. A mí las hormonas se me revolucionaron. El Cristian era mi nuevo ídolo y lo único que quería era estar abrazadito por él. Él se maravilló con mi familia y yo siempre lo miraba. Me impresionaban sus historias de supervivencia y sabía que debajo de esa ropa andrajosa se escondía un cuerpo de adonis de los mil demonios. A mi madre se le ocurrió la genial idea de que durmiera conmigo, ya que no teníamos más camas - yo me dije: el Cristian soñará a mi lado- y era la única solución. Cuando era de noche no podía pegar un ojo. Sentía ese cuerpo de hombre con pendejos y el pene grande a mi lado y mis fantasías se echaban a volar. Yo aún no me desarrollaba, pero si me pajeaba hace rato. En las mañanas el me abrazaba y yo me quedaba tranquilito, mientras sentía como un monstruo, que se situaba cerca de mi ano, crecía y crecía.
Así pasó un año completo. Ya se había arreglado todo en Antofagasta, él volvió a su casa y nos prometió que volvería en las vacaciones de invierno – yo rogaba para que viniera abrigarme en las frías noches del desierto – y así fue como en Julio nos vino a visitar.

Yo ya estaba más grandecito y más atrevido. Una noche le dije: Cristian porque no nos pajeamos. Y me respondió dejándome sorprendido: mejor tú mastúrbame y yo te lo haré a ti. Y desde entonces nos revolcábamos entre jadeos y sudores. Desnudos, yo siempre arriba de él y teniendo esa media cosa entre mis piernas, ya que jamás me penetró. Siempre pensaba que debía llegar virgen y pura a mi primera vez. Cuando realmente me tocó la primera vez fue algo sin igual. Lo dejaré para contarlo en el próximo capítulo de mi virginidad…
 
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martes, octubre 24, 2006
A los 13 años cuando aún las muñecas revoloteaban en su dormitorio mi madre me concibió entre peluches y cortinas rosadas. A veces es difícil imaginar, que la primera vez será tan trascendental, y que todo en la vida de un ser humano puede cambiar súbitamente.
Cuando veo las fotografías en blanco y negro de mi madre encinta, me pregunto cómo aquella niña podía ser también una mujer con pensamientos libidinosos. Sin embargo, aquella apariencia infantil, jugando al luche o al elástico cambiaría en nueve meses más. Ni siquiera las trenzas “a la chilindrina” pudieron darle más tiempo de infancia y de un día para otro su existencia sería dual.
Fue una primavera de 1977 cuando mi madre tenía exactamente 13 años con 2 meses de edad. Su fisonomía en transición fue un imán para mi padre, el cual tenía alrededor de 15 años. Ambos jovenzuelos, con apariencia de niños, tenían ya la capacidad de generar una nueva vida. De hecho no es tan difícil entender, por qué para mi padre fue tan fácil caer en la magia de la belleza de mi madre.
A veces cuando la visito hoy en día, aún guarda ese efecto magnético de atracción. La observo detenidamente, y estar con ella es como enfrentarse a una amazona de 41 años de edad, que rebosa de libertad, espíritu e ímpetu destructor (enmarcada en su aleonada cabellera dorada y enigmáticos ojos verdes). Enamoradísima de la pasión, inteligente hasta decir basta, creativa como una científica, reclamadora como un profeta, que vocifera su ideología hasta dejarte convencido.
Mi padre por su parte era de aquello jóvenes impetuosos; lástima que el tiempo lo transformó en un ser humano con los dos pies en la tierra, se puso aburrido y nunca luchó por recobrar el amor de mi madre. No obstante, sé por un recuerdo arcaico, casi visceral, que fui creado bajo el erotismo más inmenso de la tierra. Ambos siendo vírgenes y experimentando las sensaciones del amor. Ambos con lecciones rígidas sobre el cuidado que había que tomar para no ser padres a temprana edad. Mi abuela se había encargado de ser todo lo contrario a sus padres. Mientras ella creía a los 15 años que las guaguas se hacían con besos, ella enseñó a sus hijas desde pequeña como era el amor entre seres humanos y que resultaba si se yacía en la cama con un hombre. A pesar de toda esa enseñanza liberal y adelantada para la época, un día mi madre y mi padre hicieron el amor en su pieza de niña. Allí ambos se entregaron a sus impulsos desenfrenados y el resultado de aquello, es el que escribe estas palabras.
Desde el día en que mi madre supo sobre la existencia de vida en su vientre, una sonrisa llena de alegría invadió su corazón. Claro iba a ser su muñeca viva, su juguete individual, que debería cuidar y atesorar. También lloró muchas noches y aquellas lágrimas saladas jamás trajeron a mi padre de vuelta. El mar la acompañaba y mientras los días de los nueve meses pasaban junto a mi abuela y mi bisabuela, todos esperaban con ansias la llegada de la primera bisnieta, ya que no cabía la idea de que el nuevo integrante fuese un macho.
Entre las tardes apacibles de verano, estas tres mujeres se sentaban en la playa a tomar té con pasteles hechos por mi bisabuela. Conversaban sobre mi futuro nombre: mi madre quería llamarme Paz, mi bisabuela quería que fuese Luz María y a mi abuela, en cambio, le gustaba Apolinaria. Todas reían mientras tejían bellos chalequitos, carpines y mitones, todos de un rosa rabioso y femenino.
Mi madre siguió yendo a la escuela, y para aquella época estar embarazada a los 13 años era sinónimo de ignominia y deshonra. A ella, por supuesto, jamás le importó y andaba en su uniforme azul con una inmensa barriga que casi no la dejaba caminar. En las clases participaba activamente y seguía siendo la mejor alumna, la más puntuda, la más despierta y la más descarriada. Al final se convirtió en una heroína de las demás. A todas sus compañeras les relataba como se hacía el amor. Les contaba que no había que hacer el amor a tontas y locas, porque sino quedarían como ella con guata. Les recalcaba que los hombres eran unos maricones de mierda, que nada había que creerle. Y así a sus tempranos 13 años era una feminista estructurada y llena de ideas sobre como se las arreglaría para sacarme adelante.
El 23 de mayo sintió los dolores. Al salir de la casa de mi bisabuela la brisa marina le pegó de sopetón una cachetada y la despertó. Le dijo a mi abuela, que tenía miedo, que se iba a morir. El trabajo de parto se complicó y como yo venía de poto era incapaz de salir por la pequeña vagina de mi madre. Ella aunque había cumplido 14 años, no estaba apta para parir a una criatura de mi tamaño. La cesárea fue la única solución. Nací sano y salvo y cuando vociferé mi primer llanto mi madre preguntó: ¿es linda mi niña?. Y el médico medio en broma le dijo: no diga eso, no ve que tiene pirulín (tradúzcase como pene). Mi madre se puso a llorar y no me quiso ver. Le dio depresión post-parto. Pero en ese tiempo esa enfermedad eran puras mañas para mis abuelas. Mi abuela entró al dormitorio y le dijo: ya termina tu berrinche, el Vicente es muy lindo y se parece mucho a ti. Detrás de mi abuela estaba mi bisabuela conmigo en brazos, entonces me encajaron el pezón de mi madre y empecé a mamar como condenado – de ahí debe venir mi gusto por chupar cualquier cosa que me pongo en la boca – hasta que mi madre me abrazó y desde ese día jamás me soltó. A salir del hospital iba de rosado puro y quizás desde ese día ya estaba predestinado a ser uno de los gay más irreverente y extraños que hay.
Hoy en día mi madre es una hippie. Vive en un pueblito pequeño perdido en el norte. Trabaja mucho para criar a mis otros hermanos y es feliz. Su filosofía sofista es tan envolvente, que cada vez que hablo con ella no dejo de encontrarle la razón. Cuando le dije que era gay me respondió: yo sabía que eras niñita y me abrazó para acogerme como nunca.
 
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lunes, octubre 23, 2006
LA FILA DE LOS COCHEROS:
En la época de mis abuelos los preámbulos amorosos eran misteriosos y llenos de claves necesarias para conquistar a la amada. En el caso de mi abuela, ella perdió dos veces la virginidad. En la primera ocasión a los 15 años de edad, un hermoso príncipe azul la invitó al cine a matinée y le pidió a mi ingenua abuela, que se sentaran en la fila de los cocheros. Mi abuela creyendo que aquella fila poseía aquel nombre por ser de más estatus aceptó sin remilgos. Sin embargo, el nombre no provenía precisamente de la alta alcurnia, sino más bien por el sonido que provocaban los besos de los amantes, similares a los que los cocheros realizaban para chicotear a sus caballos. Mi abuela, que venía de una familia de apellido aristocrático, donde los hombres letrados brillaban y las mujeres estabas sentenciadas a casarte y nada más, recibió dos besos furtivos y a la rápida sin previo aviso. De inmediato mi abuela rompió en llantos y el joven asustado la sacó del cine para preguntarle, que le pasaba. Él que provenía de Santiago y que tenía 4 años más que mi abuela, nunca se imaginó que sería padre, y que debería hacerse cargo de los dos hijos que había engendrado con esos dos besos inocentes, los cuales habían sido depositados en los labios vírgenes de mi abuelita.
Por la cabeza de aquel joven nunca sabré lo que pasó, aunque si sé que aprovechó aquella inocencia para jugarle una buena broma a mi abuela. Lo que no se imaginó fue que a mi abuela casi le quebraron la nariz, por la bromita.
Tan distinguido y caballero fue el joven mozuelo, que en el mismo instante la tomó y la llevó a su casa, mientras mi abuela poco a poco se iba tranquilizando, ya sabía que no estaba sola en la vida y que sus futuros hijos tendrían a un padre cariñoso y trabajador. Al llegar a la casa la recibió el futuro suegro. Sentada en el living, su novio le trajo una taza de té Ceilán y fue entonces cuando el suegro preguntó qué era lo que le pasaba, por qué tenía esos bellos ojos tan lagrimosos. Y nuevamente mi abuela se puso a llorar a mares: es que voy a tener dos guaguas (lo que no sabía mi abuela era que su novio, ya le había contado a su padre del asunto), ya que su hijo me dio dos besos en el cine. Entonces, el suegro, hombre experimentado y bondadoso, le dijo que no se preocupara, que su hijo respondería y que se casarían lo antes posible.
Luego que mi abuela se tranquilizó al saber que aquel muchacho se haría cargo de sus dos retoños, se fue contenta a su casa para contarle a su hermana, que se casaría y que sería madre. En eso estaba, cuando mi bisabuela pasó por la pieza y escuchó a hurtadilla la conversación. Lo único que oyó fue: voy a tener dos hijos y me voy a casar lo antes posible. Ella se encolerizó y entró en la pieza hecha una furia, agarrando a mi abuela por las trenzas y pegándole hasta el cansancio. De paso, también a mi tía-abuela, le llegaron algunas cachetadas. Mientras las tres lloraban, mi bisabuela le preguntaba, que cómo fue posible que perdiera la virginidad a tan temprana edad, que cómo no había aprendido lo que el Cura había predicado en la iglesia, que era una puta y que había deshonrando a la familia. Entre sollozos mi abuela le relato, que ella no había querido darle los dos besos al joven, pero que él sin previo aviso le había tomado la cara y se los plantó de súbito. Al escuchar esto mi bisabuela se percató que había cometido un grave error. Se sentó junto a mi abuela y le dijo: hija no estás embarazada, así no se hacen las guagua (repito que mi abuela tenía 15 años). Le contó toda la tarde como se hacían los hijos. Mi abuela al escuchar le daba rabia y pensaba en la vergüenza que había pasado.
Décadas después, cuando mi abuela padecía de cáncer al cuello del útero, y mientras estaba internada en la clínica, se encontró de improviso con aquel joven de antaño. Junto a mi abuela estaba mi madre, una bella mujer de grandes ojos verdes y cabellera dorada arremolinada y le preguntó chistoso: ¿con cuantos besos hiciste a esta hermosura? Y mi madre cómplice le respondió: ¡cállate pesado y dame un beso! ¿cómo sabes, si quizás ahora quedo embarazada de ti?.

 
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miércoles, octubre 18, 2006
A LA RÁPIDA:
Para mi bisabuela la pérdida de la virginidad fue con una violación consumada por su propio esposo. Tenemos que situarnos en 1920, ya que hace más de 90 años que esta historia de “amor” transcurrió.
Mi bisabuela fue el engendro ilegítimo de un cocinero español, de uno de los tantos barcos que circundaban el pacífico en aquel entonces, y su madre una pobre barrendera de las calles porteñas. Al nacer se dice que era peluda y bien fea y que jamás tendría éxito en la vida. Al parecer la bruja se equivocó. Al cumplir los 14 años mi bisabuela era una latina espléndida. Sus caderas era portentosas y sus senos hechos para la lactancia, así que los pretendientes siempre pululaban para obtener su aprobación. No obstante, el destino le tenía deparada otra historia. Su madre que había barrido las calles durante tanto tiempo, le fue arrebatada a los tempranos 40 años de edad, gracias a la tuberculosis. Durante el tiempo que su madre enfermó, ella con valentía tomó el trabajo de barrendera. Al terminar sus labores corría al hospital de aquella época, para estar todo el tiempo posible junto a su amada madre. Luego partía donde sus padrinos, los dueños de una pastelería española de la ciudad. Ahí se ponía a trabajar con la cocinera hasta altas horas de la noche. Fue ahí donde aprendió las recetas que luego me enseñó en sus últimos años de existencia.
En la mañana del 14 de febrero de 1920 pasaron tantas cosas. Al levantarse a las 5 de la mañana, en la puerta de la pastelería estaba el cocinero de otra pastelería cercana a la de sus patrones. Al preguntarle que quería, éste le dijo, que sólo venía a entregarle unos dulces para que le llevara a su madre. Le dijo que la conocía y que le estimaba mucho. Su acento español la dejó desconcertada, su madre nunca le había hablado de un amigo español. Luego de terminar todo los quehaceres de la casa, y después de finalizar las lecciones de lectura, que la hija de sus padrinos le enseñaba, partió rauda al hospital. Mientras bajaba apresurada por la calle Sotomayor un hermoso joven en bicicleta casi la atropella. Ambos quedaron paralizados por el susto, pero también porque mi bisabuelo había encontrado a la mujer de su vida. Le preguntó su nombre y mi bisabuela no quiso dárselo. Así que él la siguió todo ese día.
En el transcurso del camino ella le contaba que su madre estaba muy enferma, le confeso que desearía cuidarla ella misma, sin embargo, tenía tres hermano más que cuidar y por eso había tomado tantas responsabilidades. Él, muy cortés, la dejó que entrara sola al hospital y mientras eso ocurría mi bisabuela se adentraba en los blancos pasillos con fuerte olor a yodo. Al llegar a la sala donde se encontraba su madre se percató, que ella ya no estaba en sus aposentos. En ese instante su corazón se detuvo. Su piel se puso tan blanca que una enfermera le preguntó, que qué era lo que le pasaba. Ella la interrogó sobre su madre y de los labios de la enfermera las palabras más terribles brotaron de la nada. El tiempo se hizo infinito y sólo sentía como otras mujeres la tomaban y la llevaban por otros pasillos. Bajaron por las escaleras hasta llegar a una puerta doble, donde en la parte superior estaba escrita la palabra: “Morgue”. No supo el significado, sin embargo, su interior le dijo que nada bueno le esperaba, y en efecto ahí estaba su madre: tirada en las baldosas mojadas, entre los cuerpos de otros muertos indigentes; todos aquellos, que no tenían dinero para un humilde ataúd. Por eso mi bisabuela siempre me llevaba para el día de los muertos al cementerio y dejábamos flores en la tierra. No en una tumba común y corriente, sino en un cerrito de tierra donde no había nada. Años después me contó que aquella era la fosa común, donde los restos de su difunta madre reposaban entre cientos de otros esqueletos.
Al salir del hospital mi bisabuelo aún la esperaba. Al verle la cara supo de inmediato que algo malo había pasado. No preguntó nada y sólo la abrazó para confortarla. Mi abuela se entregó al abrigo cálido de su futuro esposo y ambos se fueron caminando por la avenida Brasil. Aquella tarde mi bisabuela no fue a barrer las calles de su ciudad. El ocaso hizo brillar la espuma del océano y ambos antepasados míos sellaban así su compromiso sin decirse ninguna palabra.
Al día siguiente mi bisabuela comunicó a sus padrinos, que se casaría y que se llevaría a sus tres hermano consigo misma para criarlos. Por su parte mi bisabuelo, hijo de un ilustre ingeniero mecánico y de una afamada familia porteña comunicaba que se casaría en la tarde con la que sería su mujer (mi bisabuela). A mi tatarabuelo hombre culto y visionario le pareció bien. A mi tatarabuela que venía llegando de Alemania casi le da un ataque. Al conocer a mi bisabuela, mi tatarabuelo la miró con ojos tiernos y comprensivos y mi tatarabuela de pies a cabeza, como proclamando el pecado máximo con su mirada: como era posible que su sangre se ensuciara con aquella gitana de cuatro pelos.
Mi bisabuelo anunció que se marcharía al norte. Él deseaba empezar de cero junto a su futura esposa y sin la ayuda de su influyente familión. Mi tatarabuela le dijo que si quería eso estaba bien; no obstante, primero debería casarse por la iglesia si deseaba que ella bendijera aquella unión malograda.
El 16 de Febrero en una ceremonia en el Corazón de María mi abuela con un vestido de primera comunión prestado, que le quedaba chico como mamarracha, daba el “sí” a la unión matrimonial indisoluble. Estaba contenta y sus ojos se llenaron de lágrimas. Miró a Cristo y le pidió un poco de suerte. Esa misma noche, después del trámite del casamiento religioso no hubo fiesta, mi tatarabuela se fue a su casa y mi bisabuelo dejó a su joven esposa sola en la casa de sus padres, para salir a parrandear con sus amigos. Cuando llegó tomó a mi bisabuela con una fuerza bruta, le desgarró los vestidos y la violó. A la mañana siguiente estaba ensangrentada durmiendo en el baño. Sus mejillas se encontraban cocidas por el ácido de las lágrimas y la criada de la casa compadeciéndose, la levantó con cariño y la bañó amorosamente como una madre.
Esa misma tarde partieron para el norte. Mi bisabuela después del todo iba feliz. Nunca había salido de su ciudad y se imaginaba que el destino que le esperaba era una bella ciudad con playas hermosísimas donde iba a poder criar a sus hermanos y al primer hijo que ya estaba engendrando en su vientre. No sabía lo que le esperaba.
A los 94 años de edad mis bisabuelos celebraron sus bodas por segunda vez (para mi bisabuela era su primera vez) y el familión era gigante. Estaban todos, y por supuesto yo su primer bisnieto. La ceremonia fue en una pequeña iglesia sobre las rocas de la costa. Detrás se escuchaban las olas reventar y mientras ese sonido envolvía la atmósfera ceremonial, yo observaba las manos de mi amada bisabuela. Ella temblaba, estaba nerviosa. Decir y proferir el “sí acepto” tomaba ribetes irreales en sus labios curtidos por el tiempo. Mi bisabuelo también temblaba pero por el Parkinson, mas se erguía para parecer más alto de lo que en realidad era. Estaba orgullo de tener a su lado a una mujer de la calidad de mi bisabuela, la cual aguantó tantos maltratos y abusos por parte de él. Ni siquiera podía comprender como esa mujer iba a decir que sí de nuevo. Sin embargo, fue como se lo esperaba, mi abuela aceptó quedarse con él hasta la muerte y entonces él dejó salir un leve suspiro desde sus pulmones. Yo pude percatarme de ese alivio, conocía muy bien a ese viejo achacoso, sabía que estaba muerto de miedo, al pensar que aquella mujer podía arrepentirse a última hora.
Mi bisabuela salió de la iglesia vestida de blanco. Su traje era bellísimo, de exquisitos encajes y broderí; perlado y con bisutería recargada y finalmente con un ramo de calas blancas. A la salida le lanzaron arroz para la buena suerte. El auto llevaba cientos de tarros colgando y le esperaba un larga fiesta de celebración. La vi bailar su primer Vals, ya que nunca lo había hecho y era tan etérea, tan liviana, tan maravillosa, que aún recuerdo cuando entre los un, dos, tres, me tocó el turno de bailarlo con ella. Y mientras la llevaba casi en el aire le pregunté: ¿Cómo hiciste Celia Plaza para amar tanto a un único hombre? Y ella respondió con sabiduría: cuando encuentres al tuyo lo sabrás, y entenderás que ese secreto no hay que contarlo jamás, sino la vida sería demasiado aburrida, ¿No crees?.En el transcurso de tres años ambos murieron, y lo único que sé es que les debo un libro...
 
posted by Vicente Moran at 1:49 p. m. 4 comments
lunes, octubre 16, 2006
Eran las tres de la mañana. La llegada tan rápida y las horas tan cortas para relatarse las ideas, los sueños y las conclusiones inconclusas, que a veces el vino y el plato de guiso sólo demostraban lo débil del tiempo.
Los pensamientos se revoloteaban cuando la primera aspirada dejaba rasposa la traquea. Cuando el aroma aterciopelado de la marihuana invadía las neuronas ansiosas e inquietas. Y comenzaba el debate: de lo bello, del tacto, de los olores y la profundidad que aquellos sentidos tenían dentro del entendimiento humano. A veces no alcanzaba la velocidad, así que las bocanadas iban y venían, me percataba que mis pensamientos se hacían ágiles. Por ejemplo: pensé que el aroma tiene una historia, que hay una memoria antigua al nacer, que llegamos al mundo con los receptores precisos para interactuar con ciertos seres, para hablar y que llegamos al orgasmo sólo con ciertos olores. Dije, mientras un sorbo de Carménère bajaba por mi garganta, que lo primitivo del aroma es su propio poder. Nos esclaviza a ciertas personas, nos hace vulnerables y animales. Bajo ciertos estímulos no pensamos y sólo respondemos con reacciones básicas de huída, de calentura o ternura.
Luego que el porro se acababa quedaba en el limbo. Había dicho tantas barbaridades, tantas sorpresas y alusiones de un filosofar antiguo, arcaico como un chamán. Las luces del alba parecían rayos fugaces. Una lucha entre la noche fresca-estival y el día atolondrado y seco.
El silencio se posaba en mi espacio sináptico. Levantaba mi cuerpo liviano. Caminaba por las calles y me marchaba a mis aposentos.
Aquellas eran mis antiguas tertulias. Una reunión, donde se conversaba una planta, donde gracias al humo natural de sus hojas se podía debatir sobre los límites actuales y si deseábamos los podíamos mover a nuestra diestra o siniestra.
Creo que las retomaré...
 
posted by Vicente Moran at 10:03 p. m. 4 comments
jueves, octubre 12, 2006
SON MILLONES DE NIÑOS AFRICANOS SIN NADA QUE CAGAR Y MILLONES DE NIÑOS ESTADOUNIDENSES SIN PODER CAGAR TAMBIÉN, POR SER OBESOS...
(ARE MILLION OF AFRICAN CHILDREN WITH NOTHING TO SHIT AND MILLION OF USA CHILDREN THAT CAN NOT SHIT, BECAUSE THEY ARE FAT...)

ES UN GRUPO DE IDIOTAS DÁNDOLE PAUTAS AL TARADO DE BUSH PARA QUE COMANDE EL MUNDO...
(IS A GROUP OF IDIOTS GIVING GUIDELINES TO BUSH IN ORDER TO COMMAND THE WORLD...)

ES CHÁVEZ CAGANDO Y LIMPIANDOSE EL CULO CON UNA FOTO DE BUSH...

(IT´S CHÁVEZ SHITTING AND CLEANING HIS ASSHOLE WITH A PICTURE OF BUSH...)

SON MILLONES DE CHINOS CAPITALISTAS...
(ARE MILLIONS OF CAPITALISTS CHINISES...)

SON NIÑITOS ASIÁTICOS FABRICANDO MP4 PARA LOS GAYS DEL PLANETA...
(ARE LITTLE ASIAN CHILDREN MAKING MP4 FOR THE GAYS OF THE WORLD...)

SON JESÚS, MAHOMA, KRISHNA Y BUDA EN UNA ORGÍA CAPITALISTA...
ARE JESUS, MAHOMA, KRISHNA Y BUDA IN A CAPITALISTIC ORGY



 
posted by Vicente Moran at 6:29 p. m. 5 comments
lunes, octubre 09, 2006
A los 18 años salí del closet. Estaba en el primer año de mi carrera, en medio de la octava región y rodeado de hombres viriles, muchos de ellos de familias tradicionales, en donde la palabra homosexual era totalmente desconocida. En aquel entonces pensaba ingenuamente, que si debía ser gay siempre tendría que ser el penetrado. Y el penetrador, ridículamente seguía siendo un macho. Que erróneo fue mi raciocinio y que incrédulo fui. Así pues fue como un hombre de 4° año de mi carrera cayó rendido ante mis encantos: cuerpo marmóreo, carnes duras, ojos de miel y ano apretujado. Aquella noche de otoño, osadamente me desnudé frente a los ojos incrédulos del hombre “supuestamente” heterosexual. Me deslicé gatuna hasta sus piernas y bajé la cremallera para poder lamer compulsivamente mi primer pene de verdad. En resumidas fui muy irresponsable, porque no use condón y porque anduve un mes con este energúmeno, que lo único que hacía era follarme de noche y de día aparentaba en la iglesia ser el heterosexual más normal de la faz de la tierra.
Después de ese noviazgo tan tormentoso, me preocupé de mis estudios y de conocer a mis amigos ultra-machos de mi carrera. Para cuando les conté, que me gustaba la pirinola, ya todos me quisieron y seguí siendo la misma persona de siempre, o sea me volví loca desenfadada y me revelé ante el sistema patriarcal que domina este país conservador de mierda. Por supuesto no fue todo alegría y mi universidad me ha visto con recelo desde entonces. Simplemente no se podían imaginar como una LOCA descarrilada, que iba a bailar todos los fines de semana, que era promiscuo y sin pelos en la lengua para hablar de sexo, era también una de las más inteligente del curso (guardado recato, ya que algunos de mis compañeros son geniales). Lo único que logré fue aprender a defenderme y cambiar la manera en que mis compañeros percibían la homosexualidad. Luego nos graduamos y cada uno siguió los caminos que deseamos construirnos. Algunos trabajando y otros como yo estudiando para ser una Philosopher Doctor (que de filosofía no cacha nada).
Ayer dos antiguos amigos (uno de ellos muy lindo) me llamaron para juntarnos y tomarnos unas cervecitas. Ambos son heterosexuales, con uno de ellos hice el amor tres veces en mi vida y al final me dijo, que le gustaban más las mujeres. Yo cero rollo y somos muy amigos desde entonces (aunque por dentro siento que es más loca que yo). El otro es ultra-hétero; sin embargo, ayer en la noche quedé descolocado al comprobar que mis amigos se han abierto a investigar su propia sexualidad con personas, que ellos piensan que son buenas e independiente de su sexo. Ahora, para mí, un gay reformado, con pareja estable y monógamo fue como un balde de agua fría. ¿Por qué mierda ahora a mis amigos, a los cuales quiero como hermanos, quieren que me acueste con ellos, que los agarre a besos, que baje hasta su entrepierna, que les haga una felación como dios manda, que los deje penetrarme y que después en la mañana se replanteen toda su sexualidad?. Lamentablemente soy demasiado buenita. Si fuese una “mamba negra caliente” hubiese hecho con ellos un trío y me hubiera metido los dos penes por mi culo para hacer algo loco (dice la loca caliente). Sin embargo, soy ultra-racional en aquellas situaciones. Y me percaté ayer, que quizás mis amigos buscan estas experiencias, para tratar de entender las complejas relaciones personales, que en este siglo han surgido.
En estos tiempos a ninguno se le pasa por la cabeza casarse (matrimonio: igual a caos), sino que buscar a alguien con quien compartir una vida y ser feliz. Pero en este mundo tan impersonal y lleno de bytes es cada vez más difícil, llevar a cabo esta tarea, que antes era más fácil. Así que lo que queda son los amigos, esa familia que uno elige y que debemos cuidar llamándolos de vez en cuando o escribiéndoles una bella carta (esas de papel y que se demoran en llegar).
Ayer mi querido amigo me dejó ver su grado de evolución. Quizás con un poco de alcohol, no obstante, sin subestimar al guatón, sé que estaba en todos sus cabales y que su deseo era que lo quisiese. Y eso hice, le entregué amor, lo abracé y le dije que lo que necesitaba era un apretón corporal. Tal ves el guatón deseaba un buen atraque y su primer revolcón gay (puede que haya tenido uno con otro, no lo sé), mas se equivocó de anfitrión. Yo no podía hacer tal barbaridad. Primero porque después tendría que contarle a mi amado, que le fui infiel y la historia cambiaría para mí y tendría que ser muy gueón para querer que mi vida, tal como está, cambiase, ya que una noche con mi amigo no valdría la pena, ante todo lo que he conseguido con mi amor.
En resumidas, después de mi negativa ante el beso solicitado por mi amigo, me sentí mal. Fue terrible saber que al lado mío existía un ser humano que necesitaba cariño, que pedía a gritos amor. Así que le dije: Guatón lo que te falta a ti es que te contengan. Y mientras le decía eso, lo abracé, no dejé que sus manos se moviera y me puse en el rol de madre protectora. Y hay que ver que los hombres necesitan ser abrazados. Así que mujeres aunque sean pequeñitas abracen a sus hombres, sino irán en busca de ese abrazo en otra mina o mino y ahí quedarán sin nada que reclamar.
El guatón al final se durmió. Estaba roncando fuerte. Me levanté tratando de no hacer ruido y cuando me prestaba a marcharme, el guatón se despertó y me dijo, que no me fuera, que durmiera con él. Le contesté que no podía, porque mi ser amado me esperaba. Me acerqué a la cama y le di un beso en la frente. El guatón sonrió y me dijo que me quería. Yo también, le respondí. Salí de la pieza, entré en la otra habitación donde estaba mi otro amigo, aquel con el que había follado tres veces antes y también le dejé un beso en su frente. Baje del edificio y corrí apresurado para tomar el taxis y llegar a mi casa, a dormir con el único hombre, que tiene el poder de pedirme que lo bese.
Me quedé pensando un rato junto a mi novio, que suspiraba a cada espiración. Me decía: tienes suerte mucha suerte. Tienes a alguien que te ama y que tú amas. ¿Cuántas personas serán tan suertudas como yo?. La pregunta quedó bailando en mi mente hasta que Morfeo vino a mi encuentro y me rendí en sus brazos.

PD: durante esta semana tres amigo heterosexuales me pidieron que durmiera con ellos. Pero yo zorra vieja, leo en sus ojos la libido. Creo que les falta cariño. Pero eso no los justifica en nada. Son maricones, que no se atreven a ver que el amor no tienen nada que ver con lo que nos cuelga. Si desean incursionar háganlo. Imagínense, que si buscan en ambos bandos podrán tener más posibilidades de encontrar a la persona correcta. Es matemáticas y nada más.
 
posted by Vicente Moran at 1:56 a. m. 8 comments
miércoles, octubre 04, 2006
Jamás he querido un vestido cualquiera. Si seré la reina de la noche, tan sólo por una noche necesito verme apabullante, como un ave del paraíso, pero más marciana. Cuando me pidieron las medidas, dije: mido 1.65 altísimos y espigados centímetros. Con los tacos súmale 10 más, o sea 1.75. Mi cintura es normal, o sea de 60 y mis pechos pequeños como los de una geisha púber. Mis ancas son aptas para la maternidad, voluptuosas y bien mediterráneas. El color de mi vestido debe ser verde, porque mi piel es fresca y terrosa, como color chocolate belga, de ese que tiene pocas impurezas. Mis ojos pardos y con finas líneas de expresión como las “old divas” de los años 50. Mis pies son pequeños como de princesita y mi cabellera larga, larga como la reina de los mil años. También, me preguntaron sobre el talle de mi vagina. Ésta es pequeña. De unos 3 centímetros; soy estrecha desde pequeña, por eso aún no ha pasado ningún hombre digno de desflorar mi flor de loto. La guardo aún como buena virgen casta y piadosa.
Aquel sábado de lucha de derechos ilustrados, me subí digna al podio. Una teta se me arrancó y los flashes malvados surgieron por doquier. De mis ojos las lágrimas brotaron, ya que habían denostado mi integridad de ser humano. Mis amigas se me acercaron y me dijeron: Rose-mary no te preocupes, debemos seguir peleando, o quieres que aún te llamen “Roberto” en los tribunales.
La caravana partió. Era la tarde del sábado y mi primera participación en el día del orgullo gay de Santiago. Estaba nerviosa, después del arranque de teta iba tímida y llena de preocupaciones. Pensé que me reconocerían algunos amigos de la universidad. Sin embargo, no pasó nada. Terminé en la marcha gritando y sintiéndome realmente la reina de la noche. Me miré en un escaparate y me veía guapísima. Mona como dicen los españoles. Tan regia que desde los edificios en construcción me lanzaron cándidos piropos. Al final del desfile me bajé del camión de protesta sobre nuestros derechos. Levanté la cara digna y orgullosa y me fui caminando por la alameda hasta mi casa. Tenía que estudiar para la prueba y el ramo de “derecho romano” no es nada de fácil. A eso de la una de la mañana, mi madre me llamo y me preguntó, si había visto pasar a esos degenerados por delante de la universidad católica (mi universidad). ¡Como se atreven esos degenerados marchar frente a dios! – despotricó por el auricular dejándome sordo. Sólo la escuché y luego le dije que la quería y que tenía que dormir. El Lunes tenía prueba y había que estudiar. Guardé mi vestido en una bolsa, los taco-alto, el rimel, el rouge, las sombras y el delineador. Me bañé en la tina escuchando a la Annie Lennox: “why”, perfumé el agua con notas de canela y puse velas por doquier. Tome el pesado libro de “derecho romano” y lo abrí al azar y la primera palabra, que apareció impresa en el papel fue libertad...
 
posted by Vicente Moran at 12:16 p. m. 7 comments