miércoles, marzo 03, 2010


Dicen por ahí que la diferencia entre mandar una bola de almidón al sistema digestivo y cuidarlo como un bebe aséptico, es como querer que la policía especial de antiterrorismo no se meta en la zona cero, donde los terroristas están planeando una bomba de gases mortíferos que mandarán por el culo de uno. Creo que se lo escuché a un amigo, o algo así, porque entre tanta cháchara someramente beligerante de las multitudes, este amado amigo me cuentas historietas intracelulares, que dicho sea de paso, a mí no me agradan nada. A mí pues, me gusta la piel, el tacto y la metidas y sacadas de moléculas superficiales. Lo que ocurra dentro maní, y aunque sé que desencadenan una tanda de reacciones, pues bien, me pongo cómodo y espero a que todo, se me revuelva dentro de mi ser, en mi más ínfimo espacio submolecular. Sé que me puedo levantar siendo la travesti más glamorosa de la tierra, o en su efecto en el asesino en serie más maquiavélico. Aún así, todo es culpa de nuestra inteligencia visceral. Sí, porque como bien dice el reverendo del domingo, uno a veces como que “cambia”, es otro, se transforma y metamorfosea comandado por el vientre, con permiso obviamente, del bajo vientre, que sin embargo, allá por las noches de enculamiento, bien amigo se hacen.

Uno como que se enoja con el hambre y quiere destruir todo a su paso. Cuando duele la boca del estómago y el malestar toca al hipotálamo, nadie sabe como, la tristeza nos invade con una plaga maloliente de metano. Y no dejemos de lado aquellas veladas sibaritas, donde desnudos cenamos fettuccini con salsa blanca de champiñones, con postre de tiramisú y un entremés que consiste en chupar toda la piel del oponente y a veces el mal visto intercambio microbiano, cuando lengüeteamos el exquisito ojete del culo. Para mí toda, toda una exquisitez, y como dice mi madre, la flor de Alhelí debe tener su aroma sui generis, dado por supuesto, por aquellas amigas tan propia de cada uno: nuestras amadas cepas de bacterias evolucionadas a nuestro nicho, a nuestro propio ambiente. Si uno hasta podría pensar que las tripas son como el amazona, donde la evolución es como la película de acción de la semana.

Me emociona pensar en mi mucosa intestinal, en mi lámina propia y mis millones de linfocitos T αβ y γδ, que en comunión no tan conocida mantienen mis tripas estimuladas, en un estado de fiesta continua, algo así como una homeostasis de un carrete casi inflamado. Un éxtasis de tolerancia a lo infinito. De ahí debe venir mi manía de experimentar en lo sexual. Tengo esa abertura mental para recibir un Fit fucking y al día siguiente un finger fucking, sin desechar de paso los besos hinchados de la noche, porque no se olviden, que nuestro oráculo oral es también parte de esta melcocha inmunológica del sistema digestivo.

Ay sí hasta me figuro siendo pequeñito y tolerado, trandocitado como un moleculín insignificante y pasar por esa jauría de citoquinas tan violadoras, tan enrabiadamente emocionales. Si lo sé, los científicos nada entenderían de este sentimiento tan adormecedor, ese cosquilleo de pasarela que uno siente cuando mira a su interior, y lisa y llanamente se emociona y llora de tanta maravilla. No ellos sólo se autofollán con sus “formas” y “maneras”. Todo normadito y menudito, ito, ito. Y la verdad, que es lo realmente importa, se la pasan, y qué coherente lo que diré, por el culo. Ya que para nosotros los humanos normalitos, que no entendemos de esas cosas, hablamos todo el tiempo con nuestros interiores, y bien lejos estamos de la verdad, del entendimiento, ya que nosotros, “los otros” no entendemos de un puto gráfico que muestra los resultados de una separación inmunomagnética.

No sé por qué se me hace que la expresión de CD8αα me anda trayendo cachudo, con lo del Calcio, es un pollón del culo este Calcio maldito. Todo él, siempre él. Y sí queridos, sé que es importante, lo que pasa dentro. Sí, que filosófico, las profundidades siempre tienen más interés para el pseudopensador, que las cosas superficiales. Pero no nos engañemos, que también hay que saber, que sucede en los amplios lúmenes contorneados y cagados de nuestro ser.

Ay mi Dios, tú que no conoces de estas cosas, ni te la imaginas; sí ni siquiera yo, un humilde relator, sabe como mierda hacer que el intestino no me tolere las vacunas orales. Yo y mis peces, yo y mis vacas, mis perros, mis chancos. Algo tendrán que enseñar. Lástima que mis neuronas no me dan el ancho, están un poco bloqueadas y sólo el devenir de la vida dirá si alguna vez lo sabré.

Y así persecula perseculorum estaré esperando por esas vicisitudes de la vida, que a bene placito me traen bamboleándome entre creer que mis tripas tienen per se una entropomostasis, algo así como una nueva forma de caos ordenado, ya que qué aburrido seguir creyendo que, la maldita homeostasis es el estado preferido de nuestro organismo.

Así que a mi, a capita at calcem, me vinieron unas ganas negras de hacerme unos Hunam maravillosos. Quizás así logren conocer estas enigmáticas compañeras, que llegaron tarde para la repartija griega y se quedaron con las letras γδ.

RECETA:

6 ajices gigantes verdes.

6 huevos

2 cucharadas de harina

1 pisca con cariño de polvo de hornear (no se equivoque con el bicarbonato, sino deja la cagá)

¼ kilo de carne molida (compre un ¼ de posta rosada y muelala usted, para evitar que las señoras γδ se les despreactiven jajaja).

1 cebolla (no perla, sino de las bien grandes)

Un diente de Aja Chilota

Vino tinto (cualquiera, hasta tres tiritones sirve).

Aliño con amor (albahaca, comino, orégano, páprika, etc.)

PREPARACIÓN

Sobe los ajices, así con cariño, como cuando uno toma el pene de marido y le hace cariño con los dedos. Suave para que las pepas suelten la Capsaicina. Corte la corona superior de los ajices y saque todas las semillas y déjelos sin nada en el interior.

Pique la cebollas hasta que llore harto. Muela la aja y coloque todo en un sartén con aceite de palta, que es bueno para esto. Cuando la cebolla haya soltado jugo y este dorada, tírele la carne con movimiento delicado y sensual. Mejor que esté desnudo, sentirá el calor del alimento. Ay se me olvidaba tírele el chorro de vino, así como no quiere la cosa. Apague cuando esté listo y deje reposar. Luego del sorbo de vino, de la copa que usted se sirvió para cocinar, rellene los ajices con el pino, hasta que queden como dildos puntudos, como esos que venden en los sexshop.

Bata los huevos, añada la harina, los condimentos y el polvo de hornear. Pase los aji por el batido y fría en un sartén con aceite de maravilla precalentado, que suene, que suene harto cuando se fría. Deben estar no más de 5 minutos para que salgan dorados y crujientes. Si le da miedo, mejor recibir ayuda.

Luego siéntese, maravíllese con los enigmas del dolor mezclado con el sibarita que vive en usted. Y engúllalos. Le apuesto que se los comerá todos y tienen un extraño efecto, de querer comer más y más. Muy sadomaso, ya que duele el hocico y el culo como los dioses, pero la experiencia es simplemente religiosa y le apuesto, que al día siguiente entenderá mucho mejor, algunos resultados de sus experimentos, que buscan indagar, desentrañar y comprender los misterios de nuestra inmunidad digestiva.

Dedicado a mi amigo Frano.

 
posted by Vicente Moran at 11:42 p. m. 1 comments