viernes, enero 22, 2010
En la pútrida vía nocturna santiaguina Gilberto se mueve como una ameba en busca de un remilgado cariño. Su rostro rotoso, su poca agraciada fisonomía de sumo sudamericano, espanta a todo aquel que por los grados etílicos llega a posar, por mera casualidad, sus ojos sobre aquel esperpento de ser humano.

Aún así, nuestro amigo cada noche cumple con el rito póstumo de acicalarse como un gato roído, que quiere lustrar su pelaje pulguiento, para así lograr algo de brillo cuando, y valga la redundancia, todos los gatos son negros. Enarbolado empieza por ese baño caliente, que remoja las callosidades de la vega y el duro trabajo de campo que desempeñó de pequeño allá en “Ají putas parió”.

El shampoo debe ser de manzanilla – su madre remojaba las hierbas en agua hirviendo - para volver esas mechas de clavo un poquito más tornasoladas; el jabón olor a flores silvestres, que lucha con el olor a esmegma casi inherente a su persona. Maldice cada día su glande con olor a congrio pasado. Mira al techo de su baño y le pregunta a su Dios, porque mierda tiene el pene tan hediondo. Se seca suavemente todas las partes, para luego con paciencia escarbarse el ojo de pescado que tiene en el pies, que crece y crece; con la única posibilidad de salvación de cortarse la mitad de la planta. La vergüenza en mayor, y por eso no quiere ir a un podólogo que lo ayude.

Cuando termina se pone las mismas ropas de cada día. Un pantalón a rayas de la fatídica marca Zara, una camisa negra que le queda estrecha dejando entrever su sobrepeso marcado, y finalmente unas zapatillas carísimas compradas en “Zooconcept” que desentonan con todo lo anterior. Y él maravilloso, como si fuese el más guapo modelo de “Dolce”. Sonríe al espejo diciéndole y diciéndose que quizás esta noche triunfe. Sale alegre a parrandear por la avenida brasil, sube por Huérfanos hasta José Miguel de la Barra y pulula enredado entre los bares putigay del barrio Lastarria y Forestal. Gilberto está en su elemento pavoneándose sonriéndole a todo aquel que por despiste se atreva a mirarlo. Es como un ave del paraíso pintada por Dalí después de una tonelada de heroína.

La noche es como espejismo de lo que es realmente la belleza. Es el secreto de las sombras y el título de la canción, que dice que realmente no eres tan bello. La noche mentirosa deja que seas una lentejuela más del travestido ideológico gay y Gilberto orgulloso se pasea hasta que son las 10:00 de la noche para volver, dormir y levantarse como una doncella lozana pronta a trabajar en su ardua labor de conserje del mismo edificio donde millones de hombres uterinos se despiertan a las 6 de la mañana para comenzar su ardua tarea de evacuar los intestinos de todo residuo de comida, metano y semen. Todas ellas remojadas en aguas de colonias varias, se embetunan con Vichy o Biotherm, y finalmente después de 20 minutos, que toma que cada pelo llegué a su lugar, sorben 10 ml de café y parten cual modelos de pasarela a sus respectivos trabajos. Todos no reconocen en Gilberto a ese demonio vestido de ángel de la noche anterior. Todos comentan lo feo que es, pero a su vez lo conveniente de tener a tan buena persona en consejería, y que lo único que no hay que hacer es mirarlo directo a los ojos, ya que la fealdad se pega.

La noche vuelve a caer y Gilberto retoma su rutina. Nuevamente saca energía de quién sabe donde, y vuelve a tratar de tapar su fealdad con todo aquello que pueda hacerlo conseguir yacer, por lo menos una vez en su vida con alguno de aquellos bellos muchachos del Santiago gay central. Y así tener más de una memoria al momento de masturbarse, porque las imágines de infancia, con la gallina y el perro, lo tienen francamente aburrido….

 
posted by Vicente Moran at 12:03 a. m. 0 comments