domingo, junio 06, 2010





El silencio de la sala. El latido de su corazón imperceptible y su gata dormilona descansando en el hombro protector. La imagen de una tarde crepuscular con los libros entarimados y mezclados al azar. Ahí en medio de ese microcosmo íntimo Carlos indagaba por la pureza de su amor hacia José. Mirando su espalda, sin que él sintiera esos ojos sobre su alma divagante. Inquieto Carlos tiraba los libros de amores, odios y pasiones. Aquellos de leyendas y duendes tenían menos fortuna y sus hojas rajadas no entregaban la clave de aquel amor idílico, de grito y posesión. Menos aún los libros de autoayuda y las amigas, que interminables aparecían en la vida de Carlos. Todas esas mujeres despechadas, histéricas y desahuciadas del amor. En resumidas, viudas antes de casarse. Como fantasmas vivos, que lloran el desamor como única novela lírica de sus pasmadas vidas. Carlos buscaba enrabiado y su novio impávido, absorto en el ciberespacio. Carlos gritando mudo la desesperación del cariño y José como beato de su apuesto y sensual MAC.

Dicen algunos eruditos de Eros: “cuando las nubes se alzan en llamas, cual infierno de vaho, debes tú mortal necesitado atacar y atrapar la pasión…” y sigue con una oratoria de placer: …”atacando a mansarda habéis de doblegar vuestras armas por aquel a quien tanto deseas, con los ojos marchitos de las lágrimas de pureza, la primera de ellas tened que darla de bebed al príncipe de vuestro corazón – pobre quien ose ataros – y de aquel acto de amor puro nacerá lo que habéis estado buscando: el amor pasional por siempre. Fín. Sin embargo, lo que se lee como la receta magistral, como la alquimia exacta y científicamente comprobada, en la práctica es una gran pelotudez. Y así Carlos pasó del hechizo mágico a la gula tranquilizadora del chocolate. Sacando una caja de exquisitos bombones patagónicos, se puso lacónico a recordar las sonrisas y auxilios de su novio José ante la inmensidad de esos parajes australes. A cada mordida el elixir fantástico, que mezcla el cacao con la saliva, lo volvía loco y caliente. Nuevamente miraba las orejas de José y se imaginaba así mismo como un Carancho de las montañas, un águila pescadora o un cernícalo indefenso, que con su pico mortífero arranca las carnes sabrosas de su hombre.

Los años transcurren, fluyen, aunque el verbo no sea el indicado, los años terminan y comienzan. La belleza de José y Carlos cambia. Y si fuésemos un tercer espectador en la esquina de su minúscula casita, ellos parecerían precisamente lo más romántico que hemos visto. Dos muchachos junto a sus gatos (a falta de hijos por las leyes). Uno comiendo chocolate y buscando hiperquinético un segundo de romance, mientras el otro imbuido en su notebook, no se percata que está siendo cuidado y atesorado por el Carlos. Si pudiésemos hacer un racconto los atisbaríamos enamorados de los ojos, del andar y el pulular de cada uno. Las sonrisas en los parques y esa desnudez material de no poseer nada que entregar, más que el cuerpo con el cual nacieron. Ese racconto se acercaría hasta ser un flash-back repentino de la semana pasada cuando uno de ellos sentía su corazón inquieto por falta de amor. Hasta que nuevamente esa energía enigmática los reuniría en su andar misterioso.

Volveríamos al pequeño apartamento y como diminutos ácaros del polvo contemplaríamos el atardecer de esta pareja. Nos concentraríamos en pasar 15 minutos con ellos, en ese silencio de templo. Con Carlos cansado de buscar en los libros la respuesta a la gran pregunta: ¿Cómo mantener la Pasión? Levantándose y rascándose la cabeza para aclarar las ideas se acerca a José y lo abraza por detrás. Le mete la mano por debajo de la polera y acaricia el estómago peludo de José. Mientras él le devuelve un beso tierno de quinceañero. Le muestra una foto donde ambos salen juntos, José sobre Carlos jugando a los caballitos. Y en el fondo las montañas.

Carlos se sienta y piensa en esa extraña sensación que queda cuando no sabes por qué estás ahí con otro ser humano. ¿por qué se acompañan? ¿por qué desean estar juntos en esa salita tan pequeña y compartir así sus segundos?

De fondo Callas lanza un grito en el segundo acto de Turandot y Carlos despierta de su sueño. El vive con un hombre hace años. Un hombre que no tiene nada de perfecto, y que aún así adora. Y de súbito se percata que aquella tarde junto a José es lo más romántico. La escena perfecta de una película donde al final las personas suspiran, gritan y sólo desean besarse. Ahí en silencio José y Carlos son el final predilecto de lo que nosotros los seres humanos llamamos “ROMANTICISMO”.

Que más queremos si los finales de Romero y Julieta, Hamlet y el Quijote son un sueño de lo cotidiano, una fantasía de lo que realmente ocurre en nuestras vidas.

Y repito de majadero: Carlos junto a José viviendo sus segundos de vida en compañía. ¡Qué más romántico que aquella imagen placentera de dos hombres amándose con la locura sosegada, de quienes creen que el amor a veces se les escapa de entre las manos utópicas del corazón!

 
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jueves, junio 03, 2010


















Habría que escribir durante días para describir cada detalle del confín del mundo. Cada segundo cuenta para que minuciosamente las flores y las aves puedan hablar. Quisiera abrirle los hocicos a los guanacos y sacarles esas leyendas rumeadas durante siglos. Y sin querer me quedaría petrificado bajo el azul fosforescente de los témpanos, que silenciosos adornan el horizontes, como extraños residentes de este mundo.

Las torres del Paine están mudas, bicolores y eternas. Detienen los vientos, las nubes las acarician y dejan su cristalino y frío rocío brillando en sus cumbres. Nadie puede tocar el azul de sus paredes, salvo cuando la laguna amarga, cual espejo deja tranquila que se refleje en sus agrias aguas. Y metes los dedos generando ondas eternas y dándole a la montaña una ondulante vida, un movimiento incesante y pasajero.

El Cóndor grita desde sus dominios soñando con la presa. ¿seré yo? No lo creo aunque, sólo llama con sus sonidos a los suyos. El viento avisa y todos raudos se guarecen ante la inminente nevazón. El frío, las cuchillas de gélido aire, que prístino lacera los pulmones. Te agachas como un Alacalufe experto y te cubres con los restos del cuero de un guanaco. Miras de reojo y atisbas las plumas de nieve que brillantes pasan fugases ante mis ojos. Pides a esa energía gigante que te deje vivir, que te deje ver las estrellas y repentinamente todo se va y la luna inunda con sus rayos plateados las pampas y los bosques de lenga. Un puma taciturno y con insomnio diurno mira fijo el horizonte, mientras sus crías se entregan al juego con un zorrillo, que oculto tiene un buen regalo para ellos.

El hielo me despide. Miro ese hielo colgando de las cumbre, ese hielo irreal. Nunca he visto hielo como ese. No es como un cubo de hielo del refrigerador, ni menos como el hielo que se forma en las lagunas cuando se congelan: el hielo de los campos congelados del sur del mundo son celestes, azules, verdes y cuando el sol se esconde son rojos, rosados, naranjas.

Las torres del Paine es un lugar mágico en la tierra, un lugar que no tiene parangón en las crónicas mágicas de cientos de escritores. Quizás si ellos se dieran un paseo por este lugar, la descripción de lo que es fantástico para ellos, cambiaría para siempre.

Vicente, viaje a la Patagonia 2010.

 
posted by Vicente Moran at 9:20 p. m. 0 comments