sábado, julio 05, 2008

Las calles estaban atiborradas de personas que se dirigían afanadas a sus hogares. Todas con el tiempo corriendo delante de ellas, como si el suspiro de sus vidas se fuera por entre sus ojos que atisbaban el atardecer fosforescente de aquella ciudad oculta bajo el manto del Smog.

Santiago no está sólo roída por la lluvia ácida y los ozonos que emanan los automóviles, también sus habitantes han perdido algo de aquella comunicación laberíntica, que tanto los caracterizaba. Ahora, en cambio prefieren el frenesí de lo inmediato y quizás por aquella precisa razón Augusto necesitó entrar en aquel café de Lastarria. Ahí al menos viajaría a una de sus ciudades predilectas: Córdoba.

Primero busco detenidamente una mesa, que estuviese algo oculta, aunque iluminada por aquellas velitas aromáticas, que venden por docena en los súper-híper-horribles-mercados que existen en todo el mundo. Cuando hubo localizado la silla perfecta, dio los pasos necesarios y fue a parar solitario a su mesa electa. El camarero no tardó en llegar y en ofrecerle un delicioso café arábigo, que a suerte de primerizo, estaba en promoción junto a toda la península ibérica y el norte de África. Así que se animó y le pidió tomar su brebaje en un café virtual de Córdoba. Sí, aquella ciudad mora, que antiguamente fue la capital del califato más occidental de los árabes. Sin más el camarero tomó la orden, encendió el programa y su mesa en tiempo cero estaba situada en la Judería, con la imponente mezquita como telón de fondo. Ahí en medio de españoles gritones y japoneses con sus diminutas camaritas, comenzó a pensar en su vida con Mauricio. Toda una relación tirada al trasto de la basura, desechada como quien bota el envoltorio de un chicle. El sentimiento de rabia lo carcomía y su cerebro no lograba entrever las respuestas que buscaba a tan súbito ocaso de un amor que transcurrió en 6 idílicos años.

El café despedía un aroma profundo y su color casi de ébano reflejaba las luces tenues de las velas de los arguilas. Las luces tenues y los tules enmarcaban las paredes y las ventanas. Sin darse cuenta una lágrima rodó lentamente por su mejilla, como queriendo extraer la tristeza que lo aquejaba. La limpieza del alma atacada por tantas emociones funestas, que lo traían al borde de la locura, del grito nupcial ante el término de una vida sin objetivo. Sólo en medio de la lúgubre vorágine de las relaciones humanas.

Al levantar sus ojos empañados por el salado de sus lágrimas se encontró a un joven observándolo detenidamente. Éste se levantó de sus aposentos dirigiéndose decidido hacia la mesa de Augusto. Tomó la silla y se plantó decidido antes este hombre. Quería escuchar su historia; así al menos, para algo serviría esta maravilla de las relaciones ciber-espaciales. Aún cuando no podía tocar sus manos y sostenerlas en son de apoyo, igual traspuso sus dedos sobre el dorso del antebrazo virtual de Augusto. Sorprendido augusto le pidió que se marchara; sin embargo, Matías no estaba para desechar la posibilidad de conocer a alguien de otro lugar del mundo. Y sin más aspavientos se presentó, exigiéndole unos minutos de su vida. Augusto tomado por sorpresa le concedió unos minutos de su terrible compañía, y sin darse cuenta comenzaron el parlamento protocolar del conocimiento mutuo. Él desde chile y Matías desde España. Ambos con imágines virtuales del otro, y sintonizando sus realidades desde distintos continentes, sólo para apoyarse mutuamente.

Augusto se confesó entre sollozos sobre el término de su relación. De cómo todo había cambiado en menos de una semana, pasando del amor diario, a la soledad lapidaria de sentirse despreciado. Matías deseaba abrazarlo y como no podía estrechar entre sus brazos esa imagen virtual de Augusto de tamaño normal, le manifestó sus ganas de hacerlo feliz. Deseaba hacerlo reír y contarle sus historias tragicómicas en la madre patria.

Así fue como augusto por un momento olvidó la tempestad de su vida y se avocó a dejar que este extraño le comentara sus vivencias. Entonces se enteró de que Matías había pertenecido al grupo terrorista ETA y que lo habían echado cuando lo pillaron follando con otro integrante del grupo de la parte francesa del país vasco. Desde aquel momento se juró jamás ser parte de movimientos reivindicativos de luchas por la liberación de un ideal. Para él la libertad estaba centrada en como un país, sobre todas las cosas, respetaba las diferencias de sus integrantes. Él se sabía distinto desde chico y su familia campesina jamás entendería como este admirador de Lenin y el Che Guevara, también adorara al loco de Wilde y María Callas. Él era, por decirlo así, un guerrillero refinado. Claro está, que para los niveles de testosterona que comandan las revoluciones mundiales, un individuo con su sensibilidad no era apto para las misiones ultrasecretas, destinadas a desestabilizar al sistema mercantilista imperante. Augusto reía antes tal desfachatez y autenticidad que Matías desplegaba. La figura virtual de Matías, que estaba sentada en la silla delante de Augusto dejaba ver a un hombre tierno, de dimensiones proporcionadas y unos ojos expresivos. Augusto meditabundo pensaba como sería tocar sus labios y las orejas que puntiagudas sobresalían por el cabello desordenado de Matías.

Los cafés pasaron uno tras otro, y las horas dentro de los cibercafé en ambos países se hicieron un paraíso para estos dos contertulios que se habían conocido. Matías pasaba de su niñez a la época actual, como si el tiempo fuese una masa moldeable, cortando aquí y allá recuerdos de su vida y pegándolos para explicar por qué era como era. En la actualidad trabajaba sumergido en una biblioteca rodeado por las millones de historias que la humanidad ha ido relatando e imprimiendo en el bendito papel. Un dejo de melancolía se percibía en el timbre de su voz, cuando explicaba a Augusto el inminente arribo de los E-books. Lo único loable en todo el asunto era que ya no se cortarían árboles para hacer papel, aunque algo dentro de su cerebro le decía que de todas maneras las papeleras del mundo seguirían arrasando los bosques australes, la selva amazónica y el sur de Asia. Augusto a modo de consuelo le mostraba en su ordenador como había hecho una página de internet para enrolar a emisarios contra la construcción de las centrales hidroeléctricas, que se planeaban levantar en los parajes más prístinos del sur de Chile. Matías entusiasmado quiso ser parte del proyecto y así sin más una nueva amistad había surgido.

Durante las siguientes semanas augusto sagradamente ingresaba al mismo café y pedía sin variar lo cotidiano, que incluía el sitio en córdoba donde había conocido a Matías. Y a su vez Matías esperaba con 6 horas de diferencia el encuentro con Augusto.

De las semanas pasaron a los meses y al cabo de un año, Matías decidió viajar a Chile para encontrar a ese ser del cual ya estaba medio enamorado. Augusto nervioso lo esperó en el aeropuerto de Santiago. El vuelo llegaba a las cinco de la mañana y cuando las puertas automáticas se abrieron, Matías apareció sonriente en el marco. Era más pequeño y menudo. Su cabello estaba más largo y teñido de un rojo rabioso. Augusto tímido se quedó mirándolo como abofeteado por la impresión de tener ante él, al ser que lo había ayudado a reencontrar un sentido a la vida.
Matías extrovertido corrió a sus brazos y lo besó con impulso titánico en los labios. El rubor asomó en las mejillas de Augusto, pero éste hizo caso omiso del que dirán y lo abrazó por primera vez en su vida. Ahora sabía que era de verdad, que existía y que todas esas largas conversaciones frente al aroma del café habían ocurrido en realidad.

Camino a casa Matías no paraba de hablar sobre la impresión que le ocasionó la cordillera de los Andes, de lo majestuosa e imponente y de la blancura de la nieve. Augusto a su vez luchaba para concentrarse en el manubrio del auto; no obstante, Matías tomaba una y otra vez la mano y la depositaba en su entrepierna. Quería tocarlo cada segundo que tenía por delante.

En la noche Augusto lo invitó a salir, no a un café, ni aun restaurant, ni a una discoteca, sino a un acto terrorista. Tomaron el automóvil y raudos se dirigieron hasta una esquina donde una pequeña plazuela derruida se emplazaba ante ellos. Augusto abrió el portamaletas y en él se encontraba un sin número de herramientas de jardinería: palas, picotas, fertilizante, semillas de geranios, claveles, clarines, astromelias y bulbos de gladiolos, tulipanes, dalias. Además de macetas con rosas de diversos colores y un arbolito de raulí, que tímido emitía sus primeras hojas, con la esperanza de convertirse en aquellos formidables centenarios, que residían en los bosques silenciosos del sur de Chile.

Augusto feliz cogió la mano de Matías. La tibieza de aquella persona lo emocionó y sin más lo invitó a que empezaran a remozar aquella esquina sin vida ni color. Quedaron llenos de tierra, mas el resultado los tomó por sorpresa, ya que en tan sólo 4 horas habían resucitado el encanto de esa placita. Reposaron sus cuerpos extenuados en la banca y miraron como en medio del rombo de tierra que habían abonado estaba el raulí pequeñito emitiendo un aura de felicidad. Quería crecer y dar sombra, quería que sus raíces absorbieran los nutrientes. Quizás algún día una pareja de viejitos chochos se sentarían en una tarde estival a tomar el fresco del cénit. Y esperaba con anhelo y vehemencia que aquellos octogenarios fueran precisamente estos muchachos llamados Augusto y Matías.

…Lo que pasó entre Matías y Augusto desde ese día, sólo se puede escribir en los pensamientos de los románticos porfiados, que no dejan de creer en el amor.

PD: dedicados a aquellos que creen que el amor a veces se esfuma de sus vidas. Sin embargo, es sólo por un momento, ya que luego vuelve con mayor fuerza, para restablecer el equilibrio emocional que todos deberíamos poseer.
 
posted by Vicente Moran at 6:36 p. m. 0 comments