martes, junio 12, 2007

09 de Junio de la hija a la madre

Madre del alma mía, gracias por sus bellas palabras y sus buenos deseos. Como le comenté por fono la otra vez, la inspiración no ha sido compañera ni guía mía en el último tiempo. El exceso de pega por fin de mes, el frío, la soledad, el poco tiempo, el cuestionamiento constante, el duelo en elaboración, la distancia con los seres queridos, la etapa del proceso, la vida y las circunstancias, han provocado en mi una suerte de estado transitorio-paranoide-esquizoide-vulnerado-evitativo-internalizante grotesco, que me hace pensar tonteras, sentir wueas y hacer estupideces por lo que me deja poco tiempo para sentarme a escribir.
Lo lamento, el fin de semana pasado fui una hija ingrata y aunque sé que merezco las mil penas del infierno por tan inapropiada conducta, le escribo como perra con la cola entre las piernas y paso a relatarle que fue lo que me ocurrió, sin apegarme a los detalles ni a las circunstancias.
Mientras caminaba por la capital, me enredé en un sin número de sensaciones que me guiaron por un sendero rústico, por una estrepitosa vía plagada de tentaciones envueltas en sacrificio y cansancio. Continué el camino, paso a paso me fui topando con diferentes alternativas al camino original hasta que di con la que consideré para mí, una oscura y solitaria vía tapizada con encanto y recubierta con lujuria. A cada momento, en la medida que fui avanzando por tal vía, encontré nuevos cuentos que hablaban de sensaciones táctiles junto a susurros recurrentes...
Introduje mi ser en la habitación, en seguida ella me llenó de un olor violento, ciertamente viscoso por esencia. Caminé reservado, dando cuenta en mi interior de cada uno de los detalles que era capaz de percibir a cada paso que daba, una sensación de humedad y frío recorrió mi espalda, tal como lo haría la lengua de algún amante detallista y preciso en alguno de sus mejores momentos.
Varios minutos después mientras cruzaba el umbral de la última puerta que me separaba de la escena esperada, sentí como mi corazón palpitó taquicárdico y todo mi cuerpo se dispuso a las nuevas sensaciones que ya en ese entonces, eran predecibles. Un brazo velludo que terminaba en una mano firme y segura se posicionó en el mío, frágil, cándido e indefenso en ese momento de tragedia placentera, para acercarme aún más al cuadro plástico que se erigía ante mi, con toda la potencia masculina retratada de diferentes formas.
Mi cuerpo temeroso carecía cada vez más de ropajes y telas que lo cubrieran del pudor y lo separaran de aquella escena macabra -de ese espectáculo que junto con ser bizarro, daba cuenta de importantes cuotas de perversión - a la vez que yo me iba preparando para la nueva experiencia. Usted sabe, hay que hacer algún trabajillo mental para disfrutar el miembro enhiesto a concho, como corresponde, al fin y al cabo, una nació para eso.
Le mando mil besos rapiditos y mariconcitos mientras corro a protegerme del frío que amenaza mi cuerpo mujeril. Lo que pasó después se lo cuento luego cuando termine de ocurrir, porque ahora estoy sólo haciendo una pausa y escribo chasconamente sonriente mientras nuestros cuerpos descansan agitados...
Besos.

De la Madre a la Hija.

Por su puesto que no hay que ser tonta para entender esa cazuela de cuerpos sudados, en el cual se vio envuelta. Pobrecita de mi hija, me la imagino tan púber y vulnerable, en compañía de aquel hombre de experiencia tan profunda. Espero haya puesto en marcha todos los truquillos y encantos, que yo le he impartido desde el día en que supe que estabas dentro mío. A todo esto jamás te he contado como fuiste concebida y he aquí la historia.
Verano del año 2002. El sol de Atacama blandía sus rayos incandescentes sobre mi cuerpo rosado de mujer propensa a las divagaciones estrogénicas. Ahí me encontraba en compañía de su abuela llorando día tras día por aquel amor malagradecido, que dejó destrozado mi corazoncito de pichona relamida. Ahí estaba tirada como estropajo, rechazada y con el pelo andrajoso y apelmazado. Mi madre pacientemente me acariciaba la nuca, ambas contemplando el horizonte y esperando a que esa bola roja se perdiera en el ocaso. Así pase dos semanas de enero, en donde adelgacé estrepitosamente, hasta el punto que la vagina se me achico, las tetas quedaron como dos pasas mustias mirando hacia el suelo y con los pezones resquebrajados y secos. Estaba fea y eso me daba rabia. Mis caderas paquidérmicas habían dado paso a unas ancas más bien escuálidas no aptas para la cópula. Fue entonces que aquel hombre atroz llamó arrepentido a mi madre pidiendo permiso para visitarme. En ese momento yo me encontraba bordando un enjambre de flores, la mayoría de ella inventadas por mis locuras de mujer destruida en y por el amor.
Cuando mi madre me contó que este ser horrendo (su padre) me visitaría mi corazón comenzó a saltar renovado y con una fuerza erótica desenfrenada. Sabía que en dos días no podría recuperar esa belleza tan exótica, de india atacameña que me caracteriza. Así que recurrí a los hechizos de mi madre, la cual me embetunó en un ungüento, que aún hoy no sé que es. Lo importante fue que quedé con la piel de porcelana, flaca como perra, pero suave como cerámica china. Y así esperé vestida de señorita famélica, con cara de bambi malherido, los labios cual carmín y las pestañas encumbradas enmarcando un semblante trágico y dulce.
El hombre llegó a eso de las tres de la tarde, con esa sonrisa que conquistaba hasta la más virgen de todas. Por su puesto yo lo era 100%, nunca había sabido del miembro viril y sólo había recibido las instrucciones matriarcales de nuestra descendencia de mujeres fuertes como gallinas colloncas. Recuerdo que ese día fue espléndido: reímos y paseamos por el parque, jugando y saltando como dos liebres en primavera. Yo le repetía arrastrada que lo amaba, que jamás amaría a nadie más en la vida, que él era el hombre de mi vida, que yo sería una mujer desdichada y apestada si él no accedía a desflorar mi anivagina. Sin embargo, él impertérrito no dio su brazo a torcer y me rechazó como tantas veces en el pasado. Por dentro mi corazón se resquebrajaba poco a poco y yo no entendía como un hombre podía ser tan ciego y no ver que yo era la mujer de su vida, la “femme mortelle” que lo haría ver estrellas.
Al caer la noche decidimos ir donde un amigo mío. Oscar es mi hermano de la vida, su tío-tía que algún día conocerá. Ahí estábamos bebiendo alcohol, en una tertulia que sabía iba a ser la última junto a su padre real. Nos seudo-emborrachamos y mientras el brebaje hacía su trabajo, nuestras miradas se entrecruzaban una y otra vez, hasta que decidimos marcharnos. Mientras íbamos en el taxi un aroma mujeril de anivagina húmeda comencé a expeler. Creo que mis feromonas hicieron clic en el órgano Vómero-nasal de este hombre innombrable ahora. Al llegar fuimos a nuestra habitación con el corazón exultante, las energías a flor de piel y nuestros sexos prestos para la acción. Y ocurrió. Empezamos con cariños inocentes de amigos, y yo mujer audaz y sin remilgos retiré de una vez las mantas para descubrir el miembro viril del hombre, el cuál debo decir, no era lo que yo esperaba en cuanto a tamaño. No obstante, estaba enamorada y deseaba que aquel Pene de boquita acuática penetrara mi aniutero para quedar preñada de usted. Fue en eso que el hombre decidió colocarse un condón y mi plan de quedar encinta se fue a las paila. Yo lo dejé que me cabalgara con condón sintiendo sus pulsaciones y su presión sanguínea dentro de mí. El dolor fue poco, ya que mis intensos ejercicios de geisha me habían preparado para eso. Estaba hecha para entregar placer, también para vivirlo y quedar embarazada.
El hombre no quiso terminar dentro de mí, así que le susurré a los oídos que a mí me encantaría beber su leche, ese elixir blanquecino vivo. El hombre sintiéndose un semental de categoría, dejó en mis manos su viril hombría y yo lo mamé como sólo nosotras las mujeres utópicas sabemos hacerlo. En apenas dos minutos mi boca se inundó de una leche espesa y agridulce, como las gomitas “loops” – no sé si se acuerda hija de esos dulces – me paré con la boca llena y un hilillo fino de líquido seminal resbalando por la comisura de mis labios acorazonados, entonces baje al baño y ahí mirándome al espejo me dije: quedarás preñada y serás una madre soltera, porque tú eres una mujer marítima y de madera con ansias de maternidad. Entonces escupí el semen y me lo metí por mi anivagina hasta mi aniutero, contraje el esfínter y de la pura felicidad ovulé.
Así fue como la concebí sin amor, sin permiso, a escondidas en un baño y con el rímel corrido por el llanto de dicha. El embarazo fue hermoso, sólo tenía miedo que saliera hombrecito y que se pareciera a él, pero gracias a la santísima virgen del socorro perpetuo nació bella como la madre y más mujer que yo. Quedé un poquito gordita, pero jamás desarmada, algo así como el cuerpo de una mujer madura presta para encontrar al amor de su vida. Muchos me confundían con Sofía Loren, por mis pechos abundantes y redondos.
Por un tiempo anduve divagando por la vida, usted junto a mí, jamás te deje sola. Tuve mis encuentros furtivos, mas nunca dejé que te dieras cuenta, para no entregarte un mal ejemplo de mujer fácil, sólo que muchas cosas que hice fueron para sacarte adelante y que fueras una sicóloga de éxito (media orate, pero exitosa y glamorosa). Aunque las historias de mis amoríos post-concepción son para otra carta de madre a hija. Sólo le confidencio que después de tanto trajinar, después de pasar hambre juntas y usar la misma ropa, todo con el fin de entregarle a usted lo mejor, finalmente encontré al hombre que se merecía ser su padre. Y sé que está feliz con el ser humano, que tengo al lado mío, pues al final de cuentas esta historia terminó como en los mejores cuentos de Ada. En donde yo, la princesa, encuentra a su príncipe azul y es feliz hasta el día de hoy. Y este cuento no ha terminado, porque sigue transcurriendo…
 
posted by Vicente Moran at 6:10 p. m.
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