Hace casi medio siglo atrás, las mujeres en general no poseían medios de control de natalidad tan asequibles como los actuales. En aquella época, en donde las mujeres eran aún (y todavía lo son en muchas sociedades) un ser humano de segunda categoría, sólo dispensables para la perpetuación de la especie; ellas pérdidas entre embarazos reiterados y cansadas de los maltratos continuos por parte de sus hombres, no veían otra salida para las gestaciones no deseadas, que practicar quizás el único medio disponible: el aborto.
Mi abuela parió 3 hijos, aunque en realidad sus hijos pudieron ser 5. Dos de ellos no alcanzaron a ver la luz, y mientras mi abuela relataba como se había practicado sus dos abortos tomándose un Milk Shake de frambuesa, yo la observaba maravillado, como en su interior no existía el mínimo ápice de remordimiento. Como hijo de una familia en extremo liberal, jamás criticaría su actuar, mas quedé sorprendido por la convicción y seguridad que ella tenía para defender su actuar.
El primer embarazo no deseado vino después del nacimiento de mi madre. Mi abuelo apenas mi nona estuvo en la casa comenzó el trabajo gustoso de buscar el siguiente hijo (macho) y como mi abuela no tuvo una lactancia profusa y mantenida, a los tres meses quedó embarazada nuevamente. Por supuesto no le dijo nada a su marido y sola partió donde la partera para que le colocara las sondas. En general no comprendí bien qué eran las sondas; sin embargo, me imaginé una especie de mangueras que mi abuela se introducía en el útero. Con ellas debía caminar y hacer fuerzas durante todo el día, lo que provocaría al cabo de cierto tiempo el desprendimiento del feto y la placenta.
En el primer aborto mi abuela me confidenció que sólo botó coágulos de sangre y ella estaba segura, que entre el despojo sangriento se fue la criatura. Al terminar se levantó de la taza del baño y tiró la cadena. Se puso el delantal y prosiguió con la paella que le estaba cocinando a mi abuelo. Éste no se percató de nada y ambos se fueron a la cama. Mi abuela le comentó que andaba con la menstruación, para que él no le hiciera el amor.
Pasado dos años mi abuela volvió a quedar embarazada y el producto fue su segunda hija – mi querida tía – y todos estaban felices con aquella guagüita gorda y de rizos dorados. Entonces cuando mi tía cumplía 8 años vino el golpe militar y mi abuelo fue forzado a escapar a Venezuela para no ser torturado y asesinado. Mi abuela quedó abandonada y pobre. Del maldito de mi abuelo jamás se supo más. Nunca volvió y mi aquejada nona se quedó con dos niñas y sin nada que comer. En ese entonces mi abuela, una mujer bella de impresionante ojos verdes, se puso a trabajar en un vivero, donde el sueldo apenas le alcanzaba para comprar pan. No obstante, los pretendientes no faltaron y fueron en cierto modo una gran ayuda. Así que tenía tres novios. A todos les entregaba amor y ellos retribuían con ayuda para con las hijas de mi abuela. Mientras aquello ocurría mi abuela se inyectaba una bomba de hormonas que evitaba la ovulación y así no temía quedar embarazada (aunque luego se enfermó de cáncer). No obstante, un día ligó con un tipo que le decían el “mono relojero”, por qué nunca me ha dicho, aunque en mis imaginaciones disparatadas yo creo que era porque no se demoraba nada en volver a calentarse y montarse a las mujeres de su vida. La cosa fue que mi queridísima abuela fornicó con él tan sólo en una ocasión y sorpresa quedó embarazada. Ella deseaba tenerlo, pero mi madre una niña de 11 años le espetó que aún no tenían nada para mantener a otro bebé. Mi abuela sintiéndose en un callejón sin salida se volvió a poner las famosas sondas. En esta ocasión llevaba como 3 meses de embarazo y cuando por fin la criatura espiró, ésta se cayó en el suelo del baño. Mi abuela con su mente bien práctica y poco dada a los ataques éticos, lo miró con esos ojos de estudiante de biología. Detalladamente me relató como era esa criatura. Estaba todo formadito, tenía patitas y manos y dedos y ojos y todo, lo miré por un instante y le conté que no podía tenerlo y lo tiré al baño para que se fuera por el alcantarillado – ella relataba todo con sus manos expresivas y moviendo sus labios finos rápidamente. – yo por otro lado no me contuve y le pregunté, que si la hemorragia había sido mayor o menor al primer caso. Ella respondió que en este aborto terminó en el hospital con una hemorragia profusa, que no paraba. El médico la interrogaba categórico. Te hiciste un aborto, a mí no me harás tonto.- decía el doctor serio y con el seño fruncido. – No si yo estaba barriendo el antejardín cundo me vino un dolor fuerte a la guata y comencé a botar mucha sangre. – mi mamá con cara de santa ingenua que nada sabia de la vida.
Antes de terminar el café y prestos a partir al Emporio la Rosa a comer esos exquisitos helados artesanales, mi abuela recuerdó el aborto de una amiga de ella. Me confidenció que en aquella ocasión ella había entrado en estado de shock. Resulta que esta amiga le había mentido con la cantidad de meses de gestación. Mi abuela pensó que estaba en el tercer mes. La partera había llegado a la casa y con medio puño dentro de la vagina de la amiga de mi abuela trataba de arrancar al feto que aferrado a la matriz materna no deseaba salir. La mujer en cuestión gritaba desbocada por el dolor. La partera al sacar la mano llena de sangre dijo que eso se estaba poniendo feo y justo en ese momento la amiga de mi abuela mandó un grito infernal. El feto cayó y se azotó con el piso de parquet. Obviamente no era de 3 meses, por lo menos tenía 5 a 6 meses. Entonces mi abuela se descontroló tomó al nonato y se lo mostraba a su amiga: asesina, mira asesina gritaba descontrolada. La amiga por su parte estaba en un charco de sangre a punto de morir. La partera había desaparecido y mi abuela en un instante de lucidez tomó a la mujer y la llevó al hospital. Al interrogarla sobre donde la había encontrado, ella respondió que era una amiga, que había ido a pedirle una taza de azúcar y que la había encontrado tirada en el suelo en un charco de sangre. Los médicos no creyeron nada y sólo procedieron a salvar a la moribunda.
Con la guagua muerta envuelta en una frazadita, mi abuela llamó al supuesto papá y le exigió que tendrían que ir al cementerio a enterrar ese angelito. Así que a media noche los dos se metieron por el río hacia el camposanto. Cavaron una minitumba y depositaron el cuerpo exánime del infortunado. Rezaron un avemaría a la rápida y se fueron muertos de miedo.
Aunque lo escuché todo en silencio y sabiendo que quizás medio Chile estaría en contra de lo que mi abuela o sus amigas han hecho, yo como su nieto me autoconvencía que hay que ser hembra para saber lo que es estar embarazada. Ellas son las que corren el riesgo, por lo general, solas y asustadas. Muchas mueren en el intento y luego son denostadas ante la sociedad como asesinas. ¡Qué la vida empieza cuando el hombre lo dice! No señores, la vida comienza cuando una mujer se encuentra preparada para dar tal paso. Ser madre en el pasado no era una opción. Las guaguas venían una tras otras y cansadas muchas mujeres morían a temprana edad.
Hoy en día existen muchos medios para evitar los embarazos no deseados, aún así son miles los abortos que se aplican de manera ilegal en nuestro país. Cientos de médicos lucran con las penurias de las adolescentes que quedan embarazadas y mientras las niñitas de clase alta pueden aplicarse un aborto en prestigiosas clínicas, las más pobres sólo tienen como opción a la arcaica “sonda”. Creo que el debate debe ser prioridad. Y hablemos, esto hay que discutirlo y asumirlo.
Así que aplaudo a mi abuela, una sobreviviente de dos aborto. Ella no estaba preparada para tener ambos hijos y su decisión fue un acto de valentía (para mí). Vamos, que los que están en contra, apliquen sus convicciones a sus familias, y no las extrapolen a todos, que eso es mierda dominante, mierda machista, mierda conservadora, mierda eclesiástica, mierda de fanáticos que quieren a toda costa taparse los ojos y los oídos, para no ver ni escuchar los gritos de estas mujeres…
PD: dedicado a todas las mujeres que se han aplicado un aborto…