domingo, abril 01, 2007
La luz penetraba mis ojos sin pudor. Me ardían y mi mano no se separaba de mi madre. Sólo su piel y la mía. El calor nos unía y aunque no sabía donde iría, no temía. Una, dos, tres y cuatro vueltas y nos sumergimos en ese mar multicolor. Las lechugas me saludaban y también las zanahorias que atadas clamaban por libertad. Yo estaba nervioso. Quizás un poco atolondrado con tanta vida.
En un local las frutillas me llamaron pudorosas y sonrientes. No me contuve y probé una de ellas. Mi madre me regañó; sin embargo, no me arrepentí. Su jugo dulce y espeso traspasó mis sentidos y casi desmayé. Me zarandearon un poco y a regañadientes proseguí el camino. Las frutillas se despidieron. Detrás de ellas unas pequeñas frambuesas decían adiós con sus granos púrpuras de sus cuerpos.
Mis brazos estaban más pesados. La bolsa de lona estaba atiborrada de limones ácidos, que ni siquiera me dirigían la palabra. Mientras los Ajíes en escabeche eran muy picantes y hablaban muchas cochinadas. Sexuales, diría yo que eran estos ajíes. Muy de andar picando la uva, que iban aburridísimas en la bolsa. Obviamente me reclamaron en un momento y tuve que separarlos: en una mano los ajíes y en la otra las uvas, que en todo caso eran bien coquetas y le andaban mostrando el hollejo a los ajíes.
En la esquina de Cumming con Andes las flores me llamaron. En todo caso sus alaridos me espantaron. Todas moribundas. El sonido de la muerte que emitían me dejó helado y prefería no observarlas más. Le recomendé a mi mamá que no comprara esos cadáveres de flores. En cambio, me compró una menta viva y coleando, que fue todo el rato relatando su historia de alta alcurnia y de fragancia. Según ella era famosa en los cinco continentes. Al parecer no se aburría y batía y batía la lengua como si recién descubriera como hablar.
Yo aún no le he contado a nadie como es hablar con frutas, vegetales, plantas y flores moribundas. Nadie entendería, y como todos creen que soy tonto, prefiero guardar el secreto. No obstante, estos seres son bien instruidos. De ellos he aprendido desde su composición nutricional, hasta sus historias que son antiquísimas. Por ejemplo los damascos están muy orgullosos de haber sido cultivados junto con los inicios de la civilización humana. Además se han aliado con el trigo y la cebada para mantener discusiones acaloradas con el tomate, el maíz y las papas, que son americanas. Se debe comentar, eso sí, que sus discusiones son bien retóricas. Al final yo termino más confundido. Y como soy tonto prefiero irme a charlar con las moras y las fresas. Sus historias son como cuentos mágicos. Ellas descienden de un fruto del bosque húmedo de chile. Me imagino esos parajes lacustre, con araucarias milenarias, alerces que se yerguen hasta el infinito en el cielo y ese silencio caótico que tienen las selvas frías de Chile. Claro está, estos bosques no son como las selvas de donde provienen el Mamao, la Guayaba, la Maracuyá y los Mangos. Allá hay más ruido que en Santiago. A mí el ruido no me agrada, así que paso largas horas en la casa encerrado viendo fotografías todo el día (no sé como leer y creo que nunca aprenderé). Cuando me aburro me preparo un batido con estas frutillas del bosque. Así imagino que viajo a través de su sabor a su mundo. Yo sólo he visto fotos de esos bosques. Sus nieves y los glaciares que cuelgan desde las montañas. En todo caso un día fui transportado por una nube chiquita hasta el lago general Cochrane, cerca de la baguala. Ahí me dejaron por un tiempo. Fue como un mes – eso sentí, aunque el tiempo en sí para mí no tiene sentido alguno – que escalé montañas, llegué hasta la cima de la cordillera. Desde ahí se ven los campos de hielo norte. Siempre los huemules me acompañaron y cuando descendía iba parando y recolectando murtilla y calafate.
Aquí en este mundo de verduras, que me trae mi mamá, no existen los calafates. Yo hasta me atrevería a decir que son como las reinas de los frutos del sur del mundo. Son chiquitas y coloradas y si comes muchas tus labios quedan de color púrpura como si estuvieses muy enfermo.
En fin mi mamá se ha cansado de mirar las frutas y verduras. Yo me voy triste. Sé que no vendré por lo menos en varios días, ¿Cuántos?, no lo sé porque no sé como contar. En la casa a penas lleguemos me tomaré un batido de frutillas, moras y frambuesas, quizás así me viene a buscar esa nubecita de nuevo. Quiero volver a los bosques, quiero caminar con los guanacos salvajes y cruzarme con un puma, quiero que un Tapaculo persiga a un Chercán y que yo esté ahí entre las ramas de los árboles colgando como el único mono de ese lugar. Soñando y durmiendo siempre hasta que vuelva nuevamente con mi madre a ese mundo de verduras y frutas, donde soy capaz de comunicarme y aprender.
Hasta la próxima…
 
posted by Vicente Moran at 12:56 a. m.
3 Comments:


At abril 11, 2007 9:01 p. m., Anonymous Anónimo

hola como estas... acabo de ller tu comentario en mi blog, he estado un poco ordenando la vida , asi k no he podrido actualizar con la fecuencia que quisiera, esta bello tu blog, y los colores las plantillas, todo bello,
espero temos encontact, pa intercambiar ideas,

atte
Caincamus

http://www.caincamus.cl.kz

 

At abril 13, 2007 12:20 a. m., Blogger Lautaro

Vicente gozador,
Puta que escribís bonito, cabro leso!
Me recordaste mi infancia. He comido calafate. :_)
Bear hug,
Lautaro

 

At abril 13, 2007 7:55 a. m., Blogger Lautaro

Vicente gozador,
Si pus, Lautaro soy yo mismo mismamente!! Es mi nombre verdadero de verdad de la vida real verdadera y no reality show :P
Gracias.
Bear hug,
Lautaro