jueves, enero 11, 2007
Después del año nuevo, noche tan esperanzadora para tantos humanos, con mi Abuela nos prometimos hacer una visita al lugar donde la mayoría de nuestros antepasados habían nacido.
Aquella tarde adormilada, típica del desierto más despiadado de la tierra, mi Abuela manejaba nerviosa su pequeño Suzuki. Yo miraba a través del cristal de mi puerta y veía aquellas montañas con las nubes típicas del invierno boliviano – paradoja surrealista, ya que debe ser el único sitio de la tierra donde en pleno verano hay un invierno – saludándome aristocráticas como siempre desde las alturas. Al llegar nos percatamos que ya estaba totalmente enrejado aquel campamento minero con una historia de apenas un siglo; no obstante, lleno de recuerdos e incongruencias para con sus ex-pobladores.
Al traspasar las puertas férreas que se levantaban para ocultar sus historias, lo primero que se me vino a la mente fueron mis años de estudio. Me volví a encontrar con mis memorias, mis escapadas del colegio para ir a jugar con la nieve o mis esperas en la carretera “haciendo dedo” para que me llevaran a mi casa en Calama. Sin embargo, mi madre tenía su cabeza llena de imágenes perdidas en décadas de historia.
“Chile Exploration Co” lo que llegaría a ser la mina más grande del mundo fue explotada a tajo abierto por cientos de obreros traídos del sur. En su mayoría campesinos de la tercera región e indígenas atacameños, que sin entender el porqué empezaron a dinamitar las faldas de sus queridas montañas. En aquellos años los gringos se construyeron sus Chalet de extranjeros, en lo que antiguamente se llamaba “el americano”: una villa exclusiva para ellos, donde sólo cabezas doradas pululaban entre jardines y calles, que eran una burla para ese desierto lleno de colores minerales. Los trabajadores vivían en casas pequeñas en donde las comodidades más bien escaseaban. Aunque de todas maneras era mucho mejor que aquellos potreros olvidados del sur. Al menos ahí los gringos le entregaban mercadería, no pasaban hambre y tenían una “pulpería” (supermercado) lleno de abarrotes y yareta (planta endémica del altiplano) para calentar agua en las gélidas noches de invierno, cuando la temperatura bajaba hasta 10 grados bajo cero. Todo lo anterior era como vivir en el paraíso, ni siquiera importaba que los doctores gringos experimentaran o investigaran con sus guaguas y mujeres sobre enfermedades tropicales como el “Mal de Chagas”, al fin del cabo ahí se vivía mejor que en resto de un atrasadísimo y aristocrático Chile.
Mi Abuela me mostró cada una de sus casas. Entramos a la primera de ellas y estaba igual como ella la había dejado. Ahí había vivido sus primeros años, ahí en esa casa mi bisabuelo le quebró la nariz una vez que salió sin permiso a un “malón de antaño”, en esa casa había quedado embarazada con dos besos que su primer pololo le había robado. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver que ya las ventanas estaban rotas, que las puertas estaban arrancadas y que en la calle un viento del olvido envolvía lentamente cada rincón.
Mientras la visita turística iba transcurriendo mi abuela me relato los suicidios tan comunes en un principio. Aquellos que no soportaban la soledad extrema simplemente buscaban el alivio colgándose en el baño de sus casas. También estaban las escenas de despecho, las que se solucionaban con un cartucho de dinamita, el cual se hacía explotar entre el despechado y el amor no correspondido.
Y aún cuando las cosas a través de las décadas fueron cambiando, todavía en este extraño poblado se puede respirar aquella inequidad tan absurda que siempre rondó las distintas clases sociales. En un principio fueron las diferencias abismáticas entre los dueños extranjeros y los obreros, para luego pasar a las existentes entre los supervisores (los profesionales) y los trabajadores que no habían tenido la posibilidad de ir a la universidad y otros tantos, que ni siquiera a la escuela básica asistieron.
Entre medio de las ruinas estaba mi Colegio (Chuquicamata) en donde el patrón de diferenciación social se repetía. Mientras yo hijo de un humilde obrero tuve que dar pruebas y entrar junto con mis compañeros por mérito, en los primeros cursos (A, B y C) se encontraban todos los hijos de los ROL A, como se llamaba a los hijos de los jefes. En aquel entonces las ganas de quemar al colegio se me dibujó en la mente en más de una ocasión. Sin embargo, luego me percaté que no era culpa de nosotros los jóvenes, aquellas políticas segregacionistas que existían. Después de todo el proceso de convivencia, me hizo querer cada rincón de mi colegio Chuquicamata (hoy en día trasladado a Calama).
Hoy por hoy CODELCO NORTE, DIVISIÓN CHUQUICAMATA ha construido una “NUEVA CALAMA”. Todo un suburbio en las afueras de Calama, en el sector oriente de la ciudad, separando claramente a la población traída desde el campamento minero de los pobladores netos de Calama. Lo anterior me confirma que aún cuando nuestras familias vivieron la segregación, éstas lo repiten con sus nuevos vecinos Calameños. Y aún cuando se pueda entender este prejuicio infundado en familias donde la mayoría de sus integrantes no poseen una educación cívica, que los haga percatarse de la inequidad que están proclamando, no se puede justificar por ninguna razón como la empresa más grande del estado, separa dentro de estos nuevos asentamientos a los trabajadores por el cargo o la cantidad de dinero que ganan.
Antes de llegar a Santiago mi madre me comentó que los supervisores (los jefes y sus señoras) no deseaban bajar del campamento Chuquicamata, debido a que en el frontis de sus nuevas casas, en Calama, existían pobladores que no poseían ni siquiera alcantarillado. Mi madre siguió despotricando ante estos acerebrados… Yo me vine pensando en aquello en el viaje. Al parecer en todo chile seguiremos repitiendo aquel patrón de segregación tan incrustado en nuestro interior.
En el vuelo al avión se le apagó un motor. Pensé que me moriría; sin embargo, nada pasó y el avión llegó a la capital sin imprevisto. El aeropuerto estaba igual, aunque con un hotel horrible que tapa la mitad de su edificio. Mi novio estaba esperándome y seguí camino a mi casa por las inmaculadas autopistas que tapan cada barriada vergonzosa de mi país…
El adiós a Chuquicamata y su historia fue con una mezcla de dolor y placer. Atrás quedaron los recuerdos de mis antepasados, desde el bisabuelo abusador hasta mi padre que cada día aún entra en aquella fábrica de COBRE… Sus hijos no lo siguieron y cortaron la tradición. La historia termina en él cuando sea su último día de trabajo y la vida le cambie para siempre. Después de ese día sólo en mis recuerdos quedará un poblado pequeño llamado Chuquicamata; lugar donde soñé por primera vez con las letras, donde mis inspiraciones tomaron forma, y donde mi familia forjó su futuro entregando cada gota de sudor entremedio de los cerros multicolores del desierto más hermoso de la tierra…

PD: dedicado a mí querido Chuquicamata…
 
posted by Vicente Moran at 1:39 a. m.
1 Comments:


At enero 12, 2007 7:28 p. m., Blogger El Castor

Linda historia muy bien contada. Mujeres llenas de coraje las de Calama, como cantaba Víctor Manuel. Un abrazo.