viernes, febrero 12, 2010


En un futuro muy lejano el pasado contempla la extinción de la última alma. Después que el universo desplegó y liberó la verdad oculta en el centro de la creación, cientos de civilizaciones se volcaron a la búsqueda frenética del cáliz creativo, ese útero imaginario por donde emergían las nuevas almas. Únicas fórmulas matemáticas que daban origen a una entidad inconciente, en un principio y que durante cientos de años iba acumulando esa información que las moléculas estelares le iban entregando.

Las almas estaban en sus recipientes en cientos de planetas, en forma de gas, metal, carne, líquidas y por puesto en forma de plasma. Las almas pululaban los confines de los universos, transportándose por cientos de agujeros de gusanos y doblando y follando los paralelismos del tiempo.

Un caos infinito acaeció cuando les fue revelado, a todas, el secreto. Nadie podía entender la simpleza referente a la creación y cientos de libros escritos en las más diversas lenguas galácticas se tropezaban con la estupidez máxima del raciocinio y la espiritualidad. Todos con un dejo de verdad y un bulto de mentiras que sólo justificaban la barbarie a la cual están acostumbrados los seres pensantes.

Las guerras de las almas lejanas duró por lo menos un billón de billones de años. Algo así como un día para la matriz creadora de la conciencia. Durante todo ese corto tiempo las almas de diferentes etnias luchaban atrapando a sus enemigos en cuerpos “físicos” y esclavizándolos. La invención del electro-soul, del ahogamiento síquico y otras terribles torturas dejó al universo al borde del silencio.

Los malos no eran siempre malvados y los buenos no eran del todo bondadosos. La rabia como un virus poderoso había contaminado cada esencia de las distintas tribus universales y ya nada se podía hacer más que esperar que todo desapareciera.

Fue durante el quíntuple ciclo de las andrómedas, cuando las estrellas fijan sus energías en el borde acuarino del meridiano de piscis, que la última alma se encontró a si misma sola, o sea nadie más alrededor. Sentada sobre un asteroide del cinturón de Kuiper, el alma contempló el silencio de la soledad. Vislumbró ese pequeño sol que brillaba tímido ante la potencia sobrecogedora de estrellas tan inmensas como Sirio. Y se preguntó con quién o contra qué debía luchar. Se encontraba tan lejos de la matriz creadora. Ni siquiera sabía, con certeza si existía, y que más daba si ella sólo era un soldado nimio del último ejército luchador. Sabía que peleaba porque el secreto se había revelado y aunque algo de la historia había escuchado, la mayoría de los guerreros ya no sabían por que luchaban, sólo escuchaban el llamado de su tribu y a un alma superior que les confería valor y lealtad, ante el inminente triunfo de los contendores, aquellos adversarios venidos de otros lugares, con la finalidad de encerrarlos en cuerpos ínfimos. ¿y cuál era el secreto? Eso se había olvidado, allá en la ignorancia de la oscuridad.

Perdidos todos, para siempre en los recuerdos y lo etéreo de la existencia. Los relatos hablaban de una matriz por donde surgían almas de diversos tipos. Almas creativas, almas analíticas, almas emocionales, almas constructoras, almas malévolas, almas guerreras, en fin almas de todo tipo. Sin embargo, un día la matriz agotada dejó de expulsar nuevas almas. Y uno de los clanes de almas se percató que podían borrar todo lo que sabía un alma de otra tribu y así dar origen a un alma con la profundidad de sus creencias. Así fue al parecer como se desató la caza masiva de almas por todo el universo. Una guerra que dejó al descubierto el poder creativo de los clanes en cuanto a las formas de atrapar a sus adversarios.

La última alma recordaba toda la historia, y como ella luchaba junto a los suyos para cuidar los recuerdos del devastador, que los convertía en almas vacías. También sabía que su tribu poseía las mismas prácticas para con los otros grupos de almas. Todos intentaban homogeneizar sus sistema. El fin último era que todas las almas fueran analíticas, malvadas, creativas o chifladas. Que existiese un status quo anormal de las almas. No desviaciones, sin diferencias, sino una masa inmensa de lo mismo.

El alma en cuestión que quedó varada sobre el asteroide no tenía ni siquiera certeza a que clan pertenecía. Lo había olvidado también, se preguntaba cómo pudo haber olvidado a quien pertenecía. ¿era ella de las creativas, las analíticas, o de las malvadas? No lo sabía, no conocía su tipo. Era la última y por lo tanto podría pertenecer a cualquiera. Miró el horizonte ovalado del universo y allá en el fondo de ese vasto espacio estaba la respuesta a sus interrogantes; la matriz, el útero de la creación y las respuestas que necesitaba.

La solución estaba en ir tras esas verdades. Embarcarse en un viaje largo en las profundidades y oscuridades del universo. Allá en el centro encontraría lo que buscaba: el fin del relato, el fin de lo que desconocía.

La tormenta de estrellas salvajes aparecía cada 100 mil años. Nada para esta alma perdida. Así que decidió tomar una pequeña siesta hasta esperar que la tormenta llegara y se la llevara en su viaje. Durante el sueño reparador había miles de extrañas figuras resguardándola en un mundo de colores irreales. Sentía que podía ser tocada y herida. Despertó sobresaltada viendo que no tenía cuerpo, que sólo era lo que ella creía de sí: un alma solitaria y sólo eso.

El viento sopló con fuerza y los asteroides pasaban a gran velocidad al lado del alma. Algunos chocaban con los asteroides del cinturón y de ellos emergían cientos de pequeños asteroides que juguetones seguían el viaje del viento. El alma se aprontó a saltar sobre uno de ellos y cuando decidió el momento, un inmenso asteroide choco el suyo y salió volando por el espacio sin poder asirse a nada alrededor. Y creyó caer en el vacío; sin embargo, nada de aquello ocurría, estaba flotando y siendo arrastrada por una corriente misteriosa. Se dejó llevar por el torrente de piedras. Le causaba vértigo mirar hacía los lados y a su vez una risa nerviosa se apoderó de ella. Así fue como riendo iba bajando y subiendo por la corriente, estaba en la dicha hasta que más adelante pareció un agujero de gusano que la succionó, y la corriente dentro de estos túneles se torna en velocidades sobrecogedoras. Los colores, las estrellas, los flashes, las luces brillantes la dejaban atónita. Paraba en un lugar y veía su pasado y más atrás de su pasado. Venía las almas viajando entre estrellas. Veía su nacimiento. Estaba en el centro del universo, pero no pudo salir del agujero. Tenía que hacer el camino largo. Durante esa pequeña parada se percató que era de las almas simples de la vida. Un raro tipo de alma de las cuales la matriz dio a luz una pocas en su larga e indefinida existencia.

Y el viaje fue tan largo, que el alma se olvido de su objetivo. Se olvidó de si misma. Aún cuando ya estaba ad portas de llegar al centro y que todo se le revelase, no consiguió la concentración necesaria y finalmente quedó en blanco. La matriz la tomó entre sus largos tentáculos de polvo sideral. La acunó hasta que abrió su alma y sólo pudo ver en ella una semilla primogénita de su creación. El útero sonrió: todo volvía a empezar. Tomo el alma cuidadosamente soplando pausadamente un aire frío, un hálito gélido que la aceleró hasta salir disparada hacia los confines y vastedades del desconocimiento. Ahí fue salpicando cada roca, cada lava incandescente con sus semillas de vida en formas de gases, líquidos y piedras. Ahí en lugares especiales comenzó a dividirse a romper membranas, a autoamarse hasta dar origen a otra replica, a millones de clones, que mutantes dieron origen a más vidas, diversas existencias inconcientes, hasta que una de ellas miró el cielo estrellado y se preguntó de donde venía. Y el útero desde el centro del universo la miraba, a ella a la primera alma conciente, a la que después de millones de intentos, nuevamente le daba la oportunidad de llegar a ella y conocer el secreto.

FIN

 
posted by Vicente Moran at 7:59 p. m.
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