viernes, noviembre 10, 2006
Hace exactamente 18 años mi madre había decidido aislarse de la vida cosmopolita de las ciudades y cambiar todo aquello por un pueblo perdido en las montañas. Para mí, que en aquel entonces era un crío de apenas 10 años, fue toda una aventura. Recuerdo que en la víspera de nuestra partida comenzamos por arreglar todas las cosas necesarias para vivir: la ropa y muchos alimentos. Mi madre solía aconsejarme, que las cosas materiales son prescindidles y que la vida de un humano estaba llena de dicha si tenía un poncho para abrigarse y un buen plato de comida cada día. Así, durante la mañana siguiente, nos embarcamos hacia nuestra nueva vida. Aquel poblado, donde iríamos a vivir, llegaba una vez al mes un viejísimo bus, que apenas andaba a 30 o 40 Km por hora, así que el viaje duraba algo así como 6 horas.


La cultura Lican Antay, a la cual pertenezco tiene un fuerte lazo con la tierra, así que entremedio de los asientos del bus, también iban los animales: corderitos, gallinas y a veces hasta llamitas recién nacidas. Además de víveres que no se encontraban en el poblado. Y a eso de las 5 de la tarde comenzaba el recorrido a través del desierto más árido del mundo y rumbo a las montañas más jóvenes de la tierra. Mi nueva casa estaba ahí entremedio de volcanes y géiseres. Donde la naturaleza comandaba cada palmo de la tierra.
Mientras íbamos subiendo yo miraba hacia el infinito por la ventana. El olor fuerte de los animales se mezclaba con el nuestro y aunque para muchos es un olor incomodo y hasta desagradable, para mí aquel aroma evoca todas mis raíces ancestrales. A medida que subíamos lentamente, la orografía del terreno iba mutando. Primero dunas extensas y una cruz perdida en la arena del desierto. Le pregunté a mi madre sobre aquella cruz y ella me contó que en aquel lugar habían dinamitado a tres hombres durante la dictadura. Me imaginé a esos hombres llorando con un cartucho de dinamita pegado al cuerpo y luego volando por los aires, muertos injustamente y desperdigados en la inmensidad del desierto.


Luego llegamos a Chiu-Chiu, el poblado más cercano a la civilización. Su silencio eterno es lo que más caracteriza a este pueblo. Su iglesia la más antigua de Chile es pequeñita y está que se cae. Es blanca como la nieve y en su interior los santos son de madera, algunos de ellos dan miedo, ya que sus rostros en sí no son muy agraciados. Mi madre me decía que nunca debía trepar por los muros de la iglesia, ya que los abuelos se enojarían y me molestarían en la noche – esos abuelos eran los antiguos atacameños, aquellos que los españoles doblegaron en la antigüedad – así que yo miraba las tumbas de los abuelos y les rendía pleitesía. En Chiu-chiu parábamos para recoger algunos pasajeros y también aprovechábamos de comer sopaipillas fritas, antes de proseguir el viaje. Cuando volvíamos a empezar el recorrido, el sol comenzaba a esconderse y las luces tornasoladas que las rocas reflejaban antes de entrar a la noche te dejaban obnubilado. Te das cuenta que todo está vivo y que aquellos colores marrones y ocres de un momento a otro se transforman en bellos morados, rosados, rojos, naranjas, verdes iridiscentes y todo es un arco iris en movimiento. La vastedad se hace tan patente, que si uno pudiese volar por los aires vería que entre medio de la nada va un pequeño e ínfimo bus traqueteando el polvoriento camino.


Antes que el sol dijera adiós pasamos por la laguna de Chiu-chiu y mi madre tan didáctica me hizo notar que era de una redondez perfecta y me preguntó por qué creía que era así. Yo no supe contestar, sólo dije que porque es así no más. Sin embargo, mi madre cargada por un surrealismo hipertrofiado me contó que aquella laguna se había formado por las lágrimas de una princesa atacameña, que se había enamorado de un español maloliente, que la había dejado encinta y que luego se había marchado. Fue tanto lo que lloró, que aquella laguna se formó sin fondo y luego se lanzó para morir ahogada en las salobres aguas de su propio llanto. Yo quedé petrificado pensando en esa pobre mujer y me la imaginé llorando día y noche hasta que la laguna se formó. Y por mucho tiempo yo creía en ese cuento, hasta que un día leí en un reportaje de Jacques Yves Cousteau que “la laguna de Chiu-chiu” era en realidad el cráter de un volcán extinto y esa era la razón de su redondez. Nadie a determinado su profundidad aún, ni siquiera este famoso oceanógrafo, que en paz descanse.
Y la noche nos abordó. No obstante, la noche como tal en los desiertos no es una oscuridad que da miedo, al contrario, quizás rivaliza en belleza con el atardecer y sólo me percaté de aquello cuando al bus se le salió una rueda y casi nos volcamos en un gran precipicio. Me desperté de súbito asustado pensando que habíamos chocado con una piedra. Gracias a la providencia nada ocurrió y tuvimos que parar para arreglar el desperfecto. Entonces aproveche de estirar los pies y me bajé un momento para caminar. Mi madre me dijo que no fuera muy lejos y que me quedara cerca, ya que las mujeres aprovecharían de hacer “Patasca” para cenar (comida típica de la cultura altiplánica: guiso a base de maíz deshidratado). El ambiente estaba fresco y hasta húmedo. En el aire se olía un aroma intenso a hierbas y con ese antecedente supe que estábamos más cerca de las montañas y que el desierto aquí daba paso a las planicies y vegas del Altiplano.


Allí a 3000 metros sobre el nivel del mar crees que el cielo se caerá encima tuyo. La noche como dije, no es obscura, sino una caverna llena de brillosos astros celestiales. Parecen millones de gemas preciosas compitiendo por ser las más refulgente. Y ahí me entretuve con los amigos que conocí en el viaje. Mirábamos las estrellas fugaces, que caían por doquier y a los astros más importantes del firmamento como venus y su brillo estático, el rojo inconfundible de martes y la fuerza de Júpiter que aunque lejos de la tierra brillaba como si estuviese al lado de nuestro planeta. Además se podía ver en su total magnitud la vía láctea y las manchas magallánicas. Un amigo me enseñó a encontrar el sur usando la cruz del sur, por cuanto quizás algún día me podía extraviar en ese inmenso desierto. También con mis amigos nos preguntábamos sobre la creación de todo ésto y nos decíamos: ¿Si la Pachamama es la madre tierra y la creadora de la vida sobre la misma, quién habrá hecho todas esas estrellas?. Yo no me tragaba eso de un Dios omnipresente y todopoderoso con la capacidad de hacer todo. Además me decía: ¿por qué tiene que ser hombre y no una mujer?. Aún cuando tenía 10 años, ya sabía que había algo extraño en todo eso. Posteriormente aprendería sobre las diferentes teorías de la creación y conocería las hipótesis más bellas que nosotros los seres humanos nos hemos formulado para entender como se originó la vida. Quizás en ese momento no sabía quienes habían sido “Justus Von Liebig” y “Hermann Helmholtz”, ambos autores de la teoría de la “Panspermia”, que colocaron el fenómeno de la creación de la vida en un contexto cósmico. Algo así como que la vida carece de la dimensión tiempo y que existe desde siempre al igual que la materia inerte. Así esta vida perpetua se fue diseminando a través de cometas y meteoritos al resto del universo. En ese momento a mis 10 años no tenía idea de estas diversas teorías, que aún nos siguen intrigando. En ese entonces sólo sentía que todo era tan grande y que mi cerebro apenas podía entender, en sus términos más básico, el origen de la vida. El microbús estuvo en funcionamiento a eso de las 10 de la noche. Todos subimos y comenzamos el ascenso hasta los 4000 metros sobre el nivel mar, para llegar finalmente a mi casa, la cual estaba perdida entre acantilados. No sabía como era y eso lo dejaré para contarlo después sino se me aburren...

 
posted by Vicente Moran at 6:03 p. m.
4 Comments:


At noviembre 10, 2006 6:38 p. m., Blogger C.-

Oye ¡¡
Qué onda?? estamos acostumbrándonos a cortarnos la historia en el peak (léase pico ja ja) no pues...nadie se aburre ¡¡¡ al contrario....yo me vuelo (conste que no fumo nada) y me dejo llevar por la historia, imaginando paisajes y princesas lloronas...tenemos una imaginación muy parecida, asi es que no me cuesta nada entrar en ese momento tan especial
un besito amigo
bye

 

At noviembre 13, 2006 1:55 p. m., Blogger C.-

Pucha amigo ¡¡ y el msn??
Tienes por allá?
Prontó estarás en la capital ja ja y ahi copucharemos y conversaremos mucho ¡¡
Eso si,te aviso que soy algo , tan solo, algo bueno pal diente...ja ja ja
en fin ánimo perrin ¡¡¡ que el sur es maravilloso ¡¡¡¡
y la vida también¡ ¡¡¡

 

At noviembre 13, 2006 4:21 p. m., Blogger gigoblog

hola como va men...ha sido muy grato encontrarme con tu blog...buenas letras ....interesante en gral...
te dejo mis saludos y te invito a pasar por mi blog http://www.caincamus.cl.kz

 

At noviembre 14, 2006 4:29 p. m., Blogger Patto

wn que lindas las fotos que pones, para que decir del relato, es bonito y me inspira muchas sensaciones,como paz,y sobre todo admiración tu relato tiene mucha magia, mística,no sé si es algo que te sucedió de verdad o un cuento, pero a juzgar por lo que leo me da la impresión que es una vivencia por que está muy bien contada con mucho detalle ¡¡estoy intrigado!! referente a mi humirde poema, en realidad no lo pudiste describir mejor, al parecer tendré que contar mi historia con Pedro y ahí si que el poema tomará mayor sentido por que fué escrito en el contexto de un momento muy especial de nuestra relación.... Saludos y espero tu próximo post...chaop