sábado, febrero 23, 2008


10:00 de la mañana. Mis 6 años han sido turbulentos. En la escuela casi me han echado tres veces por arrancarme y ser travieso. Mi padre me ha castigado y me prometió, que me dejaría en un orfanato sino cambiaba. Mejor seré bueno, ya que no podría vivir sin él. Ahora voy de la mano hacia donde mi abuela. Mi madre hace el pastel de choclo de todos los veranos. Mi abuela y mi madre nunca han sido muy amigas, aunque yo igual quiero a mi abuela. Esa señora, madre de mi papá es como un monumento a la belleza. Alta y blanca como la leche desnatada. Tiene un olor dulzón que no me gusta y es muy rica. Dueña de botillerías, pastelerías y tres prostíbulos. En las afueras de la casa los amigos borrachos de mi papá siempre hacen guardia esperando que una petaca de vino les caiga del cielo. El que más me da risa es “el loco maría”: profesor de música que se ha volcado al frasco del pisco, tras una decepción amorosa con una chiquilla de Chuquicamata. Siempre me relata historias de los planetas del universo, de las guerras del mundo y en como él combatió en la segunda guerra mundial al frente de las fuerzas aliadas. Dice que conoció a Hitler en persona y que estuvo a punto de mandarle un tiro en Berlín, ya que él era un afamado espía del FBI norteamericano. No sé si creerle, aunque en su espalda tiene miles de marcas que le dejó una granada que le explotó en un campo de batalla cerca de Córdoba en España, según él cuando Franco estaba a punto de aniquilar a los últimos desertores de su gobierno. Me relató sus horas dentro de la mezquita, que ahora es una catedral y en como se escabullo por entre las callejuelas de la Judería. Yo le escucho, porque igual me imagino esos pasajes pequeños con casas blancas y señoras viejitas preparando las macetas ante la inminente primavera. Cuando me aburro me meto en la panadería de mi abuela y los maestros me sientan en un mesón de madera gigante. Mi trabajo es colocar las aceitunas a las empanadas de pino. Sin embargo, atisbo mucho más que eso. Veo como vierten la harina a la mezcladora, la manteca, la salmuera y la levadura. Luego sale una masa que la alisan en la sobadora. Este hombre debe ser bien fuerte, con brazos musculosos y bien torneados. Toma y lanza la masa con fuerza para que pase por el rollo que la aplana, hasta que está lista. Después viene la segunda tarea, que tengo asignada. Con un gran uslero con clavos voy pasándolo sobre la masa y dejando tras de mí unos agujeritos en la masa. Viene “El Guata” y como un robot cibernético y sin equivocarse corta con las rosquillas de lata los panes que se meten al horno incandescente. A mí me da miedo eso. Siempre me imagino quemándome ahí. Un día le pregunté a mi papá como hacían ese pan batido o francés tan rico. Y me respondió, que la masa debe dejarse madurar de un día para otro, para que la levadura haga su efecto. Además de un secreto muy bien guardado de la panadería de mi abuela era, que los panaderos, incluyendo a mi padre meaban la masa antes de la medianoche. Con eso la masa subía y el pan quedaba crujiente y listo para que en la mañana se comiera con manjar o mantequilla.
 
posted by Vicente Moran at 9:54 p. m.
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