viernes, septiembre 02, 2005



Anoche tuve una pesadilla erótica. Yo era un monaguillo, uno de aquellos niños transparentes de tanta pureza, que ayudan en el servicio de la santa cena. En aquel rito el cuerpo de dios y su sangre son entregados con el fin de limpiar las impurezas acumuladas de sus feligreses. Yo me encontraba ensimismado, como volando en otro mundo fantástico, hasta que escuché desde lejos la campanilla, que anunciaba el protagonismo que yo debía cumplir a continuación.
Recuerdo que la luz penetró directo y lacerante en mis ojos. Los ángeles de yeso me atisbaban como diciendo que nada me pasaría, que ellos me cuidarían. Tome mi puesto, una vez bendecida la mesa, el párroco alzó la ostia y se la engulló. Yo, por supuesto, baje la vista, con respeto, pero también con miedo. Sabía que soñaba y me percataba que estaba en peligro.
Me encaminé hacia el altar. Tome mi sotana alba, andaba descalzo y aquello me alarmó. Mis pies estaban fríos. Recorrí desde el ala izquierda del templo y me situé junto al padre y a la fila de creyentes que buscaban la redención infinita y profunda, en aquel trozo de masa albina. Deseaban el perdón de los pecados acaecidos en sus corazones. La magia era mi aliada y así era capaz de ver el pecado en sus corazones, como un film surrealista, toda la existencia ante mis ojos: primero un viejo decrépito y seco como un árbol podrido. Violador de sus hijas y su mujer. Egoísta y lúgubre. En todos los aspectos encarnaba los pecados capitales. Su cuerpo putrefacto era testimonio vívido de sus fechorías. Luego una viejecita tierna; sin embargo, cuando levantó los ojos eran dos concavidades huecas. Sus ojos estaban secos y en ellos sólo había amargura y rencor. Su corazón era negro y la cinta de su vida mostraba a una madre cruel con sus hijos, maltratando a sus pequeños sin ningún arrepentimiento. Y así fueron pasando los desechos humanos. Plastas en descomposición en busca de alguien o algo que los lavara. En ninguno había remordimiento por los actos que cometieron, sino felicidad. Después de comer el pan de dios y su sangre, volvían a sus puestos con una mueca de paz, una mueca falsa de paz. Luego todos volverían a la maldad hasta que la nueva misa se celebrara y así repetir la escena de humildad y bondad. Literalmente eran: lobos vestidos de ovejas....

....Y las ostias se habían terminado. Aquello lleno mi cuerpo de un vacío infinito. Yo deseaba comulgar y marcharme a mi casa. Levanté la vista para ver al cura obeso. Estaba con aquella sonrisa lasciva de los eunucos, los castrati del pasado, mirando mi cuerpo sin escrúpulos y deseándolo con apremio en sus impulsos. Fue en aquel momento cuando decidí despertar; sin embargo, no pude hacer nada para abrir los ojos. Fue en ese momento cuando el último creyente, se marchaba de la catedral. Él no había comulgado, y antes de marcharse pasó junto a mí y en sus ojos transparentes sentí paz y soledad. Quise tomar sus manos, para que me sacara y me salvara de las garras de este mórbido apóstol infernal. No obstante, no fue posible y sólo divise en el fondo de su alma, que su amor estaba en manos de otro hombre y que por eso no había comulgado. Pensé entonces, que al menos uno de ellos era realmente bondadoso. Así que decidí pegarme en el rostro, en las piernas, en los brazos, intentaba gritar, o al menos correr y ver si al cruzar las puertas de la iglesia lograría despertar de esta pesadilla sin fin.
Sólo aparecí arrodillado frete al predicador y detrás de él estaba la figura patriarcal del dios que hemos inventado, mirándome con esa cara estúpida de sufrimiento, una morbosidad necesaria en las iglesias. Y fue súbito, cuando un viento fuerte me dejó desnudo. La brisa levantó mis vestidos celestiales y dejó al descubierto mi piel clara, mi espalda lisa y mis glúteos regordetes. Mi posición era opistótona; o sea, presto y entregado al sadismo salvaje del gordo seboso que me embestiría. Y de la sotana del predicador un monstruo peniano se asomó. Tenía una uretra dentada que me decía: este es el cuerpo de díos. Yo estaba anclado en el mármol frío, con mi trasero virgen esperando la penetración del falo venoso, carnívoro y lleno de ira. El maldito me caminó lento, mostrándomela, acercándomela, y en mis oídos susurraba: serás mío, te comeré y debes decirlo, sino te mataré. Cuando llegó y se arrodilló para quedar a la altura de mi cuerpo. Pronuncio la maldita frase: el cuerpo de cristo.... Y justo en ese momento cuando la penetración era inminente desperté sudando, mojado y gritando: ameeeeeeennnnnnnnnnnnn .......

No pude dormir toda la noche, aún cuando nunca me ha pasado esto, debe haber sido esa noticia del obispo argentino, que lo grabaron teniendo relaciones con un chico, o quizás fue la historia del amigo de mi madre, que era la pareja del obispo de Calama, o aquellos seminaristas que luchan por ser célibes, pero igual llegan a los chat gays en busca de sexo-express. En todo caso hay que dejar claro, que no todos son malos, pero si tengo alguna vez un hijo me costaría confiar en un hombre que se obliga a no follar, con el fin de buscar la iluminación, la paz, y el amor pleno. Creo que lo más cerca en que uno está del cielo, es cuando llegas al clímax espiritual (por ejemplo cuando rezas o cantas algún mantra) o al orgasmo sexual (con o sin eyaculación).

PD: ojala nunca sueñen esto.
 
posted by Vicente Moran at 10:07 p. m.
1 Comments:


At septiembre 03, 2005 2:49 p. m., Blogger .:: blackbird ::.

Fue un sueño medio "almodovariano"
Me imagino que viste "La Mala Educación"?

Cuando comencé a leer tu relato se me vino de inmediato la cabeza la película, y todo es bastante indeseable. Hasta medio diabólico.

Cariños
C.