martes, febrero 01, 2005
¿Cómo perdemos nuestro espíritu?. ¿Querrá un ente supremo que perdamos nuestro espíritu?. ¿Existirá tal espíritu?.
Espíritu: Del latín soplo. Sustancia incorpórea(¿cómo algo incorpóreo puede tener sustancia?), soplo vital, alma, tendencias propias y características, ánimo, brío, etc. Por lo visto muchos no han podido concordar en lo que realmente es el espíritu. Por lo tanto cualquier significado vagamente coherente debe ser aceptado. Cada concepción del universo que tienen las distintas culturas debiese ser tomado en cuenta. Lo anterior nos lleva a una encrucijada sin salida. Son millones y millones las neuronas humanas que crean un concepto particular de lo que es el espíritu. Algunas se reúnen en ideas más concretas; creando tendencias y finalmente religiones. Otras, en cambio, sólo son puntos de vistas particulares de lo que es estar vivo, y tener, por supuesto, conciencia de ello.
Muchos dicen haber extraviado la espiritualidad, o sea “peder la calidad de lo espiritual”, que es relativo al espíritu. Perdemos la espiritualidad por adversidad endógena y otras veces por el azar. Por lo tanto si somos feos, de raza negra, sin estudios y discriminados; luego el espíritu no sirve, sino que para preguntarse el por qué de la desdicha. Luego, si estamos en una incursión en las montañas y un ser querido cae a un precipicio, algunos dejan el espíritu por dolor o por injusticia. En cambio a otros se les revela la providencia de la grandiosidad del omnipresente.
Aún así, el espíritu queda en ascuas. Tal levedad del significado nos irrita. El vacío creacionista, con toda su arrogancia enloquece de tal manera, que la lucha interna por encontrar la sumisión es inevitable.
Las corrientes intelectuales chocan con su propio raciocinio. Simplemente el espíritu es el enemigo más grande de la razón. Y aunque no quisiéramos pensar aquello, ¿cómo podríamos matrimoniarlos?. Juntar en un cerebro el concepto de lo concreto y lo abstracto, la ciencia exacta y las conjeturas – aquellas que comienzan con un: YO CREO – improbables de la imaginación, que son irrefutables fuentes creadoras. Es precisamente con el “YO CREO” que comienzan todas las preguntas, que llevan finalmente a una hipótesis por aclarar. Lo que demuestra que la ciencia y la razón, de primogénito se apoyan en su espiritualidad de creer fehacientemente lo que piensan de un proceso.
Pocos son los que se fijan en nuestras fantasías, aquellas que hemos creado, ilustrado, y últimamente llevadas a la “realidad” en celuloide o software. Son simplemente fantasía, por ejemplo: un unicornio, una sirena, un gnomo, el demonio, los santos, Dios. Otras fueron en el pasado una fantasía: el teléfono, los notebook, los celulares, las naves espaciales, el hombre en la luna, la globalización; sin embargo, ahora son reales. He ahí la coyuntura, como la ciencia vuelve a la fantasía en algo tangible, de fabricación en serie y vendible. Aquel codo donde lo irreal y la ciencia se tocan.
Por otra parte al espíritu debemos relegarlo a una mera acción humana. Ese afán titánico por comprenderlo y saberlo todo – eso sí, siempre imaginado, creyendo en algo aún no posible – hasta el más mínimo detalle. La ciencia sin espíritu, en sí no es posible. Necesita de aquella ráfaga de ímpetu de fuerza “sobrehumana” para lograr resultados. El espíritu se va cuando fracasamos, vuelve cuando acertamos, explota cuando triunfamos.
Además el mundo de hoy es la fantasía del cromañón errante, que caminaba por las estepas torpemente, con sus cuchillo de piedra y una idea divinamente vaga de lo que llegaría a ser.
Hoy existen los que creen en las famosas y grandes culturas que se conectaban con la naturaleza: los mayas, los toltecas, los incas, y los egipcios. No obstante, la opinión de los mismos hacia las religiones actuales es de indiferencia y total ignominia. Aquella falta de respeto a las no pocas concepciones de lo divino, es lo que nos mantiene separados viviendo realidades distintas. No cabe duda, que aquella afrenta eterna se debe a la política del descarte y lo comprobable. Debemos terminar con el absolutismo, porque los números construyen mucho más que sus propios signos. El conocimiento nace y se desvanece en el ser. Queda escrito en la roca, en pergaminos, y hoy en día codificado entre “ceros” y “unos”. Todo lo que sabemos y hemos creado está al borde de caer y desaparecer. La extinción no sólo abarca a los entes vivos, sino también a sus creaciones. Por lo tanto no deberíamos mirar en menos el uso de una herramienta creada por los orangutanes y transmitida su enseñanza, a través de generaciones. Ha sido su espíritu de supervivencia lo que los ha salvado hasta ahora. Saber cuales son sus metas y anhelo son aún un misterio. Resulta denigrante, saber que no respetamos las visiones cosmopolitas de nuestros coterráneos, más ahora, que somos una gran aldea. Nos burlamos de la maravilla de la oración y de su poder de curación, comprobado científicamente, especialmente, para aquello, que piensan que es una verdadera estupidez.
Los resultados son evidentes. Una cultura sin espíritu es inviable, sin espiritualidad nos vamos al carajo, nos aniquilamos y simplemente desaparecemos (que dicho sea de paso quizás sería mejor). Debemos atisbar los oscuros recovecos que ha abierto el pensamiento de la razón, el único medio que se nos procuran para juzgar y discurrir; dejando de lado, el uso fructífero del espíritu como ente de discernimiento.
El espíritu perdido, de muchos que creen tenerlo, es una pandemia generalizada. Ya no nos detenemos a pensar si tenemos la suerte de poseerlo, y más importante aún, percatarnos de que está ahí dentro de nosotros. Caminar e indagar es el camino correcto – no el único por cierto – también está la fórmula del ensayo y error, que también nos lleva a respuestas, y que para algunos es la única ruta conocida (incluyéndome) que existe para confrontarnos con lo inevitable: de que existe en sí un ser interno, etéreo, que no sé ve, que muchas veces le gustaría hacer y decir muchas cosas, pero que calla. Sabemos de nuestra terquedad, de lo necios y arrogantes que somos. Aún así no damos nuestro brazo a torcer.
El espíritu perdido, no es sólo la sensación de vacío, es además la pérdida inexorable de creer en lo imposible. Perder el espíritu es la muerte emocional de un ser vivo. En el caso de la especie humana habrían, entonces, millones de muertos vivientes. Maquinas de aniquilación, seres paradójicamente (y sin saberlo) con un espíritu maligno y amargado (jajajajaja la maldad).
Para finalizar habría que decir, que el fuego espiritual no tiene relación directa con una religión. Quizás la función de las mismas es precisamente, hacer sentir al ser humano un ente más, dentro de este gran universo. Además contener la avaricia del ser humano es bastante agotador.
Las religiones siguen viendo en el conocimiento un arma de doble filo. La ocultan de las masas para manipular desde allí, y valga la redundancia, su propia avaricia. La religiones son iglesias de carne, creadas por seres humanos tan vivos como cualquier otro. No hay nada de supremo en ellos, sino el recuerdo de frases hermosas y doctrinas que nos ayudan a una mejor convivencia con los demás.
Hoy en día la internet nos entrega la cultura en oleadas. Lo hermoso y espiritual anda en la web. Así como también todo el lado oscuro del ser humano. O sea en resumidas, todo lo que es nuestro espíritu: tus matices, sus colores, sus guerras internas, sus preguntas estúpidas. Simplemente falta que madure y crea que es mejor la bondad que la maldad.

“Sentado en la playa él recogía unos granos de arena. Escurren por mi mano y caen. Queda uno en su palma. Brilla con el sol y lo acerco para ver sus átomos. Y los mira atolondrado, porque sus electrones orbitales dibujan con su haz energético la palabra espíritu”.


Dedicado a Carlos.


 
posted by Vicente Moran at 11:43 p. m.
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